El 1 de mayo de 2016, Tess Asplund se quedó sola frente a una columna de unos 300 neonazis que avanzaba por las calles de Borlänge, una localidad del centro de Suecia. Levantó el puño, sostuvo la mirada de quienes encabezaban la marcha y, durante unos segundos, bloqueó su camino. La imagen dio la vuelta al mundo y convirtió a aquella activista antirracista en un símbolo.
Diez años después, Suecia acude este domingo a las urnas después de una década en la que la extrema derecha ha dejado de ocupar los márgenes de la política nacional. Los Demócratas de Suecia, una formación con raíces en ambientes neonazis, aspiran de nuevo a convertirse en la segunda fuerza más votada y su influencia sobre el Gobierno saliente ya ha contribuido a transformar algunas de las políticas más reconocibles del país.
Para Asplund, aquel puño levantado sirve ahora también para medir la distancia entre la Suecia de entonces y la actual. “Hace diez años, la gente decía: ‘No nos gusta la extrema derecha, los Demócratas de Suecia, despreciamos a los nazis’. Y ahora se han normalizado. Es como: ¿qué ha pasado?”, lamentaba recientemente en una entrevista con The Guardian.

Un gesto que no estaba preparado
Asplund no había planeado convertirse en protagonista de aquella manifestación. Nacida en Cali, Colombia, y adoptada con siete meses por una familia sueca, llevaba décadas vinculada al activismo contra el racismo cuando viajó a Borlänge para participar en las protestas contra una marcha del Movimiento de Resistencia Nórdico.
Cuando vio avanzar a sus militantes uniformados, abandonó el grupo de manifestantes y se colocó delante. “Fue un impulso, no lo pensé”, explicó entonces. La policía terminó retirándola de la calzada.
Su fotografía fue comparada rápidamente con otra imagen grabada en la memoria colectiva sueca: la de una mujer golpeando con su bolso a un neonazi en Växjö en 1985. En ambos casos, una mujer aparentemente vulnerable aparecía enfrentándose físicamente a la extrema derecha.
La repercusión tuvo, sin embargo, una cara menos visible. Asplund recibió amenazas de muerte y ataques, mientras desconocidos la reconocían por la calle para agradecerle lo que había hecho.
De los márgenes a condicionar el poder
El país que vota este domingo es políticamente muy distinto. Los Demócratas de Suecia fueron la segunda fuerza en las elecciones de 2022 y, aunque permanecieron fuera del Ejecutivo, su apoyo resultó fundamental para sostener al Gobierno minoritario de Ulf Kristersson.

La inmigración ha ocupado durante estos años un lugar central en el debate político. Suecia, que durante décadas cultivó una imagen internacional vinculada a la acogida y al Estado del bienestar, ha endurecido notablemente sus políticas migratorias. El propio Kristersson llegó a abrir este año la puerta a que los Demócratas de Suecia pudieran entrar formalmente en un futuro Gobierno.
Es precisamente esa normalización lo que inquieta a Asplund. La activista considera que el Movimiento de Resistencia Nórdico tiene hoy menos necesidad de ocupar las calles porque parte del discurso que hace una década pertenecía a los extremos ha encontrado espacio dentro de la política institucional.
“Ya no es la Suecia segura que conocía, no es la Suecia a la que estoy acostumbrada”, asegura.
La Suecia de Palme frente a la nueva Suecia
Asplund recurre a Olof Palme, el histórico primer ministro socialdemócrata asesinado en 1986, para describir la magnitud del cambio. La Suecia asociada a Palme construyó buena parte de su identidad contemporánea alrededor de un amplio Estado del bienestar, una política exterior internacionalista y una actitud favorable hacia los refugiados.
“Si Olof Palme estuviera vivo hoy, se revolvería en su tumba”, sostiene la activista.
Asplund insiste, pese a todo, en que esa transformación no representa a toda la sociedad. Recuerda que siguen siendo muchos los suecos que defienden los derechos humanos y combaten el racismo. Las urnas decidirán este domingo qué bloque gobernará el país, pero también volverán a medir hasta dónde ha llegado una fuerza política que hace no tanto tiempo permanecía aislada.
Hace una década, una mujer levantó el puño frente a cientos de neonazis y Suecia convirtió aquella fotografía en un símbolo de resistencia. Hoy, mientras el país elige su próximo Gobierno, la pregunta que rodea aquella imagen es cuánto ha cambiado Suecia.

