El panorama político alemán se ha enfrentado a un punto de inflexión histórico. Este domingo, las elecciones regionales en Sajonia-Anhalt han roto un tabú democrático que ha sostenido a la República Federal desde la posguerra. Todas las encuestas previas al escrutinio habían coincidido en un diagnóstico alarmante para los partidos tradicionales: la formación de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ha arrasado en las elecciones con un 44% de los votos.
No se trata de un éxito electoral más; una victoria de este calibre redibuja el mapa político del este del país, y que activará todas las alarmas en Berlín. Más de siete décadas después del ascenso de Adolf Hitler en 1933, el fantasma de la ultraderecha vuelve a estar a las puertas de gobernar un Land. El avance es generalizado en el antiguo bloque oriental del país, con la mirada puesta ya en las citas electorales del 20 de septiembre en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental.

De momento, es en Sajonia-Anhalt donde la AfD —muy por delante de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) del canciller Friedrich Merz— tiene posibilidades reales de alcanzar la mayoría absoluta de los escaños, beneficiándose de un sistema electoral que excluye a las fuerzas que no superen el umbral del 5%.
El ascenso de la AfD representa una ruptura profunda con la identidad política de la Alemania moderna. El temor no es infundado: el partido está catalogado formalmente como extremista por los servicios de seguridad debido a sus postulados orientados a erosionar el orden democrático y limitar libertades fundamentales. Su retórica, que incluye la controvertida “remigración” —la expulsión de ciudadanos alemanes de origen extranjero—, convive con la presencia de militantes que no ocultan su simpatía por el Tercer Reich.

El impacto institucional recuerda el asalto al Bundesrat. En el complejo sistema federal alemán, los Länder gozan de una autonomía y unas competencias sustancialmente mayores que las comunidades autónomas españolas. Por ello, la caída de Sajonia-Anhalt en manos de la AfD tendría repercusiones inmediatas en la política nacional a través del Bundesrat, la Cámara Alta del Parlamento.
Dado que el visto bueno de las regiones es imprescindible para aprobar la mitad de las leyes federales, la ultraderecha ganaría una plataforma de oro para bloquear o ralentizar el programa reformista del canciller Merz. Para colmo de males para la coalición gubernamental, la presidencia rotatoria del Bundesrat recae actualmente en Sajonia-Anhalt. Esto abre la posibilidad real de que Ulrich Siegmund, el joven y mediático cabeza de lista de la AfD de 35 años, pueda convertirse formalmente en la tercera autoridad del Estado alemán.
Siegmund ya ha adelantado su agenda para la región: una batalla cultural abierta que incluye la prohibición de la bandera arcoíris en los centros escolares y una revisión de los programas de historia para rebajar lo que consideran una “cultura de la culpa” excesiva respecto a los crímenes del nazismo.

El ala radical del partido no oculta sus intenciones: desde la revisión de las subvenciones a los memoriales de los campos de concentración hasta el acceso a información clasificada de los servicios de inteligencia. Esto último enciende las alertas en la OTAN y la Unión Europea, dada la conocida postura prorrusa del partido en pleno desafío geopolítico con Moscú.
Las raíces del descontento radican en la brecha invisible ¿Cómo ha logrado la AfD capitalizar este nivel de apoyo? La respuesta se encuentra en las profundas heridas mal cicatrizadas de la reunificación. En su campaña, Siegmund ha sabido explotar hábilmente la Ostalgia —la nostalgia por ciertos aspectos de la antigua Alemania Oriental (RDA)—, transformándola en un combustible político basado en el agravio.
Para muchos votantes del Este, persiste la dolorosa sensación de ser tratados como ciudadanos de segunda clase frente a unos compatriotas occidentales percibidos como privilegiados. El éxito de la ultraderecha se nutre del vacío demográfico y la frustración socioeconómica de los años 90 y 2000, un periodo marcado por el éxodo masivo de jóvenes cualificados hacia el oeste. Quienes se quedaron arrastran un sentimiento crónico de invisibilidad. A diferencia de otros movimientos de la derecha populista europea —como el Rassemblement National en Francia o los Fratelli d’Italia—, que han moderado sus discursos o purgado sus filas para alcanzar el poder, la AfD ha hecho el camino inverso.

Nacido en 2013 como un partido euroescéptico opuesto a los rescates de la eurozona, AfD se radicalizó tras la crisis migratoria de 2015, abriendo sus puertas al entrismo de facciones neonazis y elementos radicales sin ningún tipo de complejo.Hoy, la AfD no busca la moderación; defiende abiertamente la salida del euro y de la UE.
Alemania se asoma así a un escenario de gobernabilidad altamente inflamable. Con el cordón sanitario tradicional gravemente agrietado y la derecha moderada bajo una presión insoportable para evitar el bloqueo institucional, el país entra en un territorio desconocido y polarizado. Las elecciones de este domingo en Sajonia-Anhalt son solo el primer acto de un drama político cuya segunda parte se escribirá en Berlín el próximo 20 de septiembre.

