A Donald Trump sólo le ha hecho falta publicar un mensaje a través de su red social para dar por terminada la guerra. “El acuerdo está listo. ¡Enhorabuena a todos!”. El conflicto en Oriente Medio que comenzó el 28 de febrero parece terminarse con un memorando en el que todavía los puntos que más polémica generan continúan sin resolverse. A partir de ahora comienza un periodo de hasta 60 días en el que ambas administraciones, Washington y Teherán, deberán llegar a un acuerdo sobre cuestiones tan delicadas como la reapertura del minadísimo Estrecho de Ormuz o el programa nuclear iraní.
Tampoco ha quedado claro qué pasará con el Líbano y si Israel está incluido o no en el acuerdo. Mientras las partes lanzan mensajes contradictorios, las bolsas se recuperan y los vecinos del Golfo respiran algo más aliviados. Para Lena Georgeault, directora del grado en Relaciones Internacionales en la Universidad de Villanueva, “Trump ha cantado victoria demasiado pronto y Washington no ha sido capaz de imponer sus prioridades”.
Está claro que nadie ha salido ganando de este conflicto, pero “si hacemos balance”, analiza la experta, “Estados Unidos lo único que obtiene es la reapertura de un estrecho cuyo cierre fue consecuencia de la propia guerra”. Una baza magnífica para los ayatolás capaces, desde el 28 de febrero, de poner en jaque la economía mundial.

Sobre el memorando
-El memorando habla de que el Estrecho de Ormuz se reabrirá “bajo los acuerdos iraníes”. ¿Qué significa eso en la práctica? ¿Ha conseguido Teherán imponer un sistema de peaje o de coordinación con Omán?
-Trump cantó victoria demasiado pronto al afirmar que el Estrecho de Ormuz se reabrirá sin peajes. De hecho, el primer ministro paquistaní ni siquiera mencionó el estrecho en su anuncio inicial, mientras que Irán habla de una reapertura en un plazo de 30 días bajo “arreglos iraníes”. Esa formulación no significa necesariamente que Teherán vaya a imponer un peaje formal, pero sí introduce una ambigüedad importante sobre la gestión del tránsito y los llamados “servicios marítimos”. Y este punto es fundamental. El mundo entero está pendiente de la reanudación del tráfico en Ormuz y de la bajada del precio del petróleo. Irán ha demostrado que puede convertir el estrecho en un instrumento de presión con efectos globales.
-Irán habría logrado dejar fuera del pacto su programa de misiles balísticos y su apoyo a grupos militantes de la región. ¿Es eso un éxito diplomático de Teherán o una señal de que Washington ya no considera esas cuestiones una prioridad?
-Es que Washington no ha sido capaz de imponer sus prioridades. Irán sale debilitado militar y económicamente, pero, si hacemos el balance, Estados Unidos no tiene mucho más que celebrar. Tan sólo obtiene la reapertura de un estrecho cuyo cierre fue consecuencia de la propia guerra, y quizá en condiciones peores que las anteriores. Tampoco ha logrado el derrumbe del régimen ni el fin de los programas nuclear y balístico ni mucho menos el desarme de los proxies iraníes. Trump no ha conseguido ninguno de sus objetivos de guerra. Y no sólo eso, sino que la guerra ha evidenciado la dificultad de Washington para proteger a sus aliados del Golfo. Eso tendrá consecuencias, porque en las relaciones internacionales la debilidad no se perdona.

Sobre los puntos débiles del acuerdo
-El memorando contempla que Irán diluirá su uranio enriquecido al 60%, pero Teherán no lo ha confirmado públicamente. ¿Hay garantías reales de que se cumpla?
-Teherán ha mencionado la posibilidad de diluir o transformar el uranio en su propio territorio. Es decir, está dispuesto a avanzar en ese proceso, pero sin perder el control sobre él. Mientras tanto, Trump esquiva el tema, tratándolo como una mera conversación técnica pendiente. En realidad, el acuerdo nuclear es una cuestión profundamente política que podría modificar el orden internacional. Obama ha expresado dudas de que se vaya a cerrar un pacto sustancialmente distinto del que su Administración negoció en 2015, y del que Trump salió por considerarlo demasiado débil en materia de inspecciones y ajeno al programa balístico iraní. Pero ahí sigue el problema. No hay motivo para pensar que Teherán vaya a ser más conciliador después de la guerra que antes.
-El acuerdo establece el fin de las hostilidades “en todos los frentes, incluido Líbano”, pero Netanyahu ya ha dicho que no se siente vinculado por esa cláusula. ¿Puede Israel hacer descarrilar este proceso desde fuera de la mesa de negociación?
-El bombardeo israelí de Beirut del pasado domingo casi torpedeó el acuerdo con Irán, hasta el punto de provocar una llamada muy dura de Trump a Netanyahu. Fue otra manifestación de la clara divergencia de intereses entre Estados Unidos e Israel en torno al frente libanés. Washington lleva dos meses mediando en las negociaciones entre Líbano e Israel para conseguir conjuntamente el desarme de Hizbulá y un despliegue satisfactorio del ejército libanés dentro de sus propias fronteras. Pero Beirut carece de voluntad política y de capacidad para ejercer un control efectivo de su territorio frente a la milicia chií, e Israel no querrá retirarse mientras esa amenaza subsista. Y es que Hizbulá sigue activo e innovando para mantener la presión. De hecho, ha desconcertado a Israel con drones de fibra óptica capaces de evadir sus sistemas de interferencia electrónica.

Sobre la viabilidad del acuerdo
-¿Estamos ante un acuerdo sólido o ante un alto el fuego igual de frágil que los que hemos visto hasta ahora?
-No es la primera vez que Pakistán anuncia un acuerdo, pero esta vez hay señales especialmente positivas. Se ha anunciado una fecha para la firma, hay un alto el fuego inmediato y, además, Irán ha renunciado a responder al bombardeo israelí en Beirut. Sobre todo, los beligerantes han abandonado sus posiciones maximalistas iniciales, lo que demuestra que están dispuestos a profundizar en las negociaciones.
Ahora bien, esto no pone fin a la crisis. Quedan por cerrar los detalles del acuerdo, y el diablo siempre está en los detalles. Además, el conflicto ha reordenado las cartas del equilibrio regional y global. Irán ha confirmado el poder que le da su capacidad de amenazar Ormuz, y EE. UU. no ha sido capaz de imponerle su voluntad. Teniendo en cuenta esto, es legítimo preguntarse para qué servirán los millones de dólares que Teherán reclama en reparaciones: ¿para aliviar a una población agotada por la asfixia económica y la falta de libertades, o para rearmar a las milicias afines, reforzar a los Guardianes de la Revolución y reconstituir su arsenal? Al final, nadie sale claramente ganador de este conflicto. Pero quien menos tiene que celebrar es, una vez más, el pueblo iraní.

