El eco de la multitud se desvanece de a poco en la explanada de Los Llanos, pero en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife la emoción sigue suspendida en el aire. Al fondo, suspendidos sobre el malecón con las aguas del Atlántico al fondo, tres cayucos descansancomo un recordatorio silencioso de la tragedia que León XIV ha venido a denunciar. De un vistazo rápido, esa imagen resume el dolor del mundo. Pero basta girar la cabeza hacia el asfalto para toparse de bruces con la esperanza. Allí, sentados en sus sillas de ruedas, exhaustos pero radiantes, Ana Violeta Silva y su marido, Juan Jesús, todavía intentan procesar el huracán emocional que acaba de arrollarlos.
“Siento un orgullo y una emoción inmensa al estar aquí. Ha sido una experiencia cargada de luz”, confiesa Ana Violeta a la sombra de su gorra humedecida. Observa los cayucos a lo lejos y, casi por inercia, conecta el drama del mar con las palabras que el Santo Padre lleva días sembrando en las islas: “Nosotros, los canarios, también fuimos emigrantes en Sudamérica y allí nos brindaron un hogar; por eso, nuestra obligación moral es hacer siempre el bien y acoger al que llega buscando cobijo”.
Ana Violeta es palmera, pero lleva más de dos décadas viviendo en el Centro de Discapacidad de El Sauzal, en Tenerife, junto a Juan Jesús. Ambos comparten un horizonte —soñar con un retiro en La Palma cuando sean aún más mayores— y una vida marcada por la enfermedad. Ella padece Atrofia Muscular Espinal (AME); él, una ataxia sin nombre. “Afortunadamente, nuestro desgaste actual se debe más al paso de los años que a la propia enfermedad. Pese a todo, nos mantenemos firmes”, relata restándole hierro a la adversidad.

La suya es una historia de renuncias valientes y encuentros providenciales. Cuando alcanzó la mayoría de edad, Ana Violeta tomó una decisión que cambiaría su destino. “En mi casa estaba rodeada de todo el amor del mundo: mis padres, mi gente, mis sobrinos, que son como mis niños… Sin embargo, entendí que mis sobrinos y mi hermana debían emprender su propio camino, y yo no podía convertirme en un freno para sus vidas. Quería que volaran libres”, explica. Fue entonces cuando una trabajadora social le ofreció una plaza en el recién inaugurado centro de El Sauzal. Decidió dar el paso, y en esas instalaciones lleva ya veinticuatro años.
Allí descubrió que el amor no entiende de barreras físicas, echando por tierra sus propios pronósticos. “Un sobrino solía preguntarme por qué no me casaba. La verdad es que nunca pensé en tener pareja; ya me parecía un reto suficiente lidiar conmigo misma y mis dificultades”, recuerda con una sonrisa. “Pero al llegar al centro me encontré con Juan Jesús. Su mirada era tan profunda y hermosa que me cautivó desde el primer instante, y aún la conserva intacta. Así, lo que empezó como una gran amistad se ha convertido en un matrimonio que este agosto celebrará dos décadas de amor”. Hoy comparten su propia habitación en el centro; su “rinconcito”, como ella lo define.
La fe siempre ha sido el pilar de su casa, una herencia matriarcal que ha pasado de su abuela a su madre y a su hermana. Sin embargo, asistir a la misa multitudinaria del Papa no figuraba en sus planes iniciales. La logística en silla de ruedas asusta y desgasta. “Si te soy sincera, no habría asistido si no fuera por mi sobrino Bernabé. En mi situación, lo más cómodo era seguir la visita desde casa a través de la pantalla”, confiesa. “Él lleva años animándome; me insistió cuando el Papa fue a Brasil o a Madrid y él hizo el viaje, y yo le respondía que eran trayectos imposibles para mí. Pero, en cuanto supo que venía a Tenerife, fue tajante: ‘De esta no te escapas'”.
A través de Frater, la fraternidad cristiana de personas con discapacidad, Bernabé movió cielo y tierra hasta conseguir instalarlos en el recinto portuario. Pese al justificado pudor ante las masificaciones, Ana Violeta aplaude la accesibilidad de Santa Cruz y el despliegue humano de la organización: “Pese a las previsibles dificultades logísticas, el trato ha sido excepcional. Las voluntarias no nos han dejado solos ni un instante, refrescándonos e hidratándonos sin descanso”.

No estuvieron en primera fila, pero no hizo falta. El papamóvil trazó su recorrido frente a ellos y, en esa fracción de segundo, la fatiga acumulada se evaporó para dejar paso a una epifanía personal que Ana narra con un hilo de voz. “Al ver pasar al Papa, se me hizo un nudo en la garganta. Sentí la inmensa emoción de la meta alcanzada. Entendí entonces el sentido de tanto cansancio: estábamos cumpliendo el sueño que Bernabé anhelaba para nosotros”, suspira mientras recuerda el momento. “Él es nuestro ángel, la razón misma de nuestra alegría. Crie a mis sobrinos junto a mi hermana y, para mí, son los hijos que la vida me regaló”.
El rastro de León XIV por España ha tatuado en ella una convicción que rebasa lo puramente devocional; ha encontrado un mensaje aterrizado, directo y curativo. “Me gustaría abrazarle y darle las gracias por todas las enseñanzas que nos ha regalado estos días. Sus mensajes te invitan a una reflexión profunda, hablando del perdón y de la vida cotidiana con una cercanía abrumadora. Nos ha evangelizado nuevamente; ha renovado nuestro espíritu”.
Esa renovación ya reverbera en su círculo más próximo. Ana desgrana cómo su amiga, a la que considera “su segunda hermana” y que los asistió preparando minuciosamente las sillas para esquivar las abrasadoras temperaturas del mediodía, escuchaba ensimismada el desglose que Violeta hacía de la homilía papal. Cuando terminó de asegurar los anclajes de la silla, la mujer la miró fijamente y le confió una revelación íntima: “Yo no soy creyente, pero al escucharte hablar de esa forma, siento que voy a empezar a creer”.

Ana Violeta está absolutamente convencida del calado histórico de lo que acaba de presenciar. “Ha pronunciado unos discursos que encajan a la perfección en nuestros desafíos diarios, hasta el punto de que mis allegados no católicos están fascinados escuchándole”. Y lanza un pronóstico meridiano sobre este pontificado: “Sin duda, va a ser el Papa que logre unir a la Iglesia; su apabullante sencillez hace que su voz nos alcance a todos”.
Minutos antes de emprender el camino de vuelta, con la gorra aún empapada para desafiar el asfalto hirviente del muelle, esta mujer palmera, agotada pero contenta, explica el milagro silencioso con el que regresa a casa: “A mí, personalmente, me ha cambiado la vida. Me ha ayudado a contemplar mi propia realidad desde otra perspectiva, a honrar mis raíces y, sobre todo, a recuperar la alegría verdadera”.

