“Óscar ya está en el Puente de mando”, comentan en broma algunos miembros del Gobierno. Óscar Puente ya se percibe el heredero, se siente el incuestionable delfín en el caso de que Sánchez no logre salir airoso de las urnas del año próximo. El “number One” casi lo bendijo con ocasión de los recientes ataques al Rey. Puente escribió en Twitter lo de ‘república ya’ y se desparramó en una suerte de calificativos injuriosos contra Felipe VI por aparecer en una fotografía con un polémico periodista. “Ignominia, intolerable, ofensivo”, deslizó sin sordina el titular de Transportes, en una agresión verbal a la Corona sin precedentes por parte de un miembro del Ejecutivo.
Sánchez, lejos de modular esta inaudita afrenta que se pensó un rapto de incontinencia por parte de un político muy acostumbrado al insulto, abundó en ese camino en su comparecencia en la SER, en la que no tuvo empacho en restregarle al monarca que ‘en veinte años’ no había acudido ni una sola vez a Ceuta y Melilla, mientras que él es el jefe de Gobierno que más veces se ha desplazado a las provincias autónomas.

Un bofetón que sonó desmedido incluso en círculos del PSOE, que lo entendieron como un intento desesperado de desviar la atención ante la catarata de críticas que le llueven desde todo el planeta por la ineficacia y hasta connivencia con la avalancha humana que asoló la paz en Ceuta hace ya más de un mes.
Sánchez, evidentemente, había dado el visto bueno a las palabras de Puente, tan estruendosas. No iba por libre el dóberman favorito de la familia socialista. En contra de lo que algunos suponen, el presidente mantiene una estrecha relación con el titular de Transportes, con quien conversa frecuentemente y a quien se refiere siempre en términos cariñosos. De ahí la broma del ‘Puente de mando’, porque incluso en estos momentos de zozobra e inquietud en el partido del Gobierno, nadie duda de su influencia en el círculo presidencial más estrecho.

Evidentemente, la tensión entre Moncloa y Zarzuela no es de ahora, pero alcanzó un momento particularmente crítico en la visita a Paiporta, cuando los Reyes aguantaron valientemente a pie de calle todo tipo de gritos, reproches y una densa lluvia de barro de los vecinos castigados por la Dana. El presidente del Gobierno salió corriendo y desde entonces es el ‘galgo de Paiporta’ para buena parte del decir popular. Huyó, no dio la cara, evitó consolar a la gente, algo que le dejó tocado. No por aparecer como un tipo insensible y sin empatía sino por que se le colgó el sanbenito de cobardón.
Tiene celos del monarca, señalan en algunos ámbitos del partido. Se siente inferior, como le pasaba a Aznar con Juan Carlos. Le jibariza la agenda, lo envía en visitas oficiales al extranjero sin la obligada compañía de un ministro de jornada, le ningunea en actos públicos y evita comparecer a su lado para no sufrir el efecto eclipse. Esto es, cuando aparece el Rey, el presidente se evapora.
Por eso quiso dejar bien claro que Felipe VI irá a Ceuta cuando corresponda y no lo hará en solitario, como en su día hizo el Rey emérito. Será un viaje que se concretará cuando a Sánchez le convenga, apuntan en su entorno. Si en el plano institucional los vínculos están muy deteriorados, en el personal parece que no hay feeling. Sánchez es un tipo árido, receloso, desconfiado, sin muchos amigos. Ve en el Rey a un rival y comenta, en privado, que doña Letizia es algo intensa. Cotilleos de salón, ya se sabe.

En los círculos gubernamentales son conscientes de que el tirón de la Corona es muy potente, que Felipe VI arrolla a Sánchez en todos los sondeos y que la Institución se encuentra en uno de los momentos mejor valorados por la opinión pública desde la Transición.
Pero de ahí a que se plantee una reedición del ‘Pacto de San Sebastián’ republicano, una plataforma al estilo frentepopular con toda la izquierda más los partidos nacionalistas para las próximas elecciones hay un enorme trecho. Cierto que en algunos ambiente políticos y periodísticos madrileños se habla de esta posibilidad con insistencia. Las encuestas anuncian una derrota incuestionable del PSOE así como enormes dificultades para que pueda reeditarse el actual gobierno de coalición progresista. Tampoco PNV y Junts están ahora mismo demasiado felices con las actuaciones del Gobierno. Y Puigdemont sigue a la espera de su amnistía y su retorno.
En el Gobierno se da la legislatura por terminada, según comentan algunas fuentes muy fiables. Las tramitaciones legislativas en el Congreso son un suplicio. Las negociaciones resultan agotadoras, los socios exigen sin pausa ante la debilidad creciente del Ejecutivo y apenas hay posibilidad de sacar algo en limpio. El PSOE carece de mayoría parlamentaria, sus apoyos se han esfumado. Demasiados titulares en los medios con el enunciado de que ‘el PSOE se queda solo’.

Esto se acabó. Se respira un ambiente muy raro en Moncloa, se palpa una enorme inquietud ante la sensación de fin de etapa, agravada por la evolución de los acontecimientos en Ceuta. La dramática situación de la ciudad autónoma se aletarga, se encripta, se cronifica. Nadie puede siquiera imaginar cuándo se convocará a las urnas. Ni siquiera si el presidente ha tomado la decisión, comentan las fuentes mencionadas. Ahora mismo, con una caída socialista en todos los estudios demoscópicos, sería un suicidio. La gran duda es si se convocará a las urnas antes o después de las municipales y autonómicas de mayo. Miles de alcaldes, concejales, consejeros regionales, sillones, sueldos públicos, están en el aire. Una sensación de general inquietud, rayando con la angustia, se ha adueñado del esqueleto de la formación, que ve su horizonte laboral en peligro.
La campaña, dejan claro en estos círculos, no se adentrará en planteamientos ideológicos extremos. La monarquía queda al margen. Será el argumento de Puente cuando le toque dar el paso al frente y convertirse en el cabeza de cartel del PSOE. Para entonces, la Corona será casi la última institución que no haya sido colonizada o dinamitada por ocho años de sanchismo. Los cimientos de nuestro Estado de Derecho, los puntales básicos del edificio constitucional se encuentran en una situación impensable en una democracia. El sanchismo ha tomado al asalto la judicatura, la abogacía del Estado, la Fiscalía General, el Constitucional, el CIS, la tele pública, los órganos controladores como la CNMV, la CNMC, ahora se ensañan con la UCO, la UDEF, el CNI, y demás unidades de investigación que pueden plantearle algún problema a Sánchez tanto por la corrupción, esa ciénaga en la que chapotean buena parte de los estamentos del partido y del Gobierno, como por actuaciones tan inquietantes como la extraña previsión y respuesta a la ofensiva de Marruecos en la provincia española del Estrecho. “Los ególatras locos por el poder están más capacitados para ocuparlo que para ejercerlo”, decía el Exodus del Antiguo Testamento. Sánchez no es un buen gobernante. No sabe gestionar, lo suyo es la propaganda y el relato. De ahí que sus asesores sean gente de marketing. Ivan Redondo primero. Diego Rubio ahora. No le preocupa demasiado la prosperidad de la población ni la felicidad de sus gentes. El frío distanciamiento con el que se ha referido estos días a la gente de Ceuta es una muestra palpable de su sensibilidad cero hacia quienes lo pasan mal, quienes sufren. No ha vuelto a pisar Valencia. Ni ha puesto de nuevo el pie en Adamuz.

Es un espécimen especial que, una vez abandone su trono monclovita, habrá dejado un país laminado, un territorio abrasado que resultará muy difícil reconstruir. Dos años le auguran a Feijóo. Y luego emergerá Puente en escena, como una primadonna con su verbo erizado de puñales y su cerebro desbordado de un rencor oscuro, casi negro, para rematar la ‘operación república’, para enviar al Rey al mismo sendero por el que se exilió su bisabuelo, para pulverizar el último gran logro alcanzado por los españoles, ese milagro mundialmente reconocido que supuso la restauración del 78 que nos llevó a la democracia de todos, ese milagro mundialmente reconocido, el periodo más próspero, dinamizador y feliz de nuestra reciente historia.

