El 4 de julio de 1776 fue aprobada la Declaración de Independencia en Filadelfia. El acto tuvo lugar en el Pennsylvania State House, un edificio que con el tiempo sería rebautizado como el Independence Hall. Este acontecimiento marcó los primeros pasos de Estados Unidos de América como nación. El documento fue suscrito por los delegados procedentes de las Trece Colonias, los territorios británicos establecidos entre los siglos XVII y XVIII a lo largo de la costa atlántica de Norteamérica. Así pues, aquel 4 de julio de hace justo 250 años conllevó la ruptura definitiva de los vínculos políticos existentes a ambos lados del océano. Así quedó dispuesto en la parte final del texto: “estas Colonias Unidas, son y por derecho deben ser, Estados libres e independientes”.
La Declaración comienza con un preámbulo en el que se plasma una justificación universal acerca de las razones por las que un territorio en un determinado momento debe aspirar a su independencia. Posteriormente, enuncia uno de los principios más influyentes del constitucionalismo moderno: “todos los hombres son creados iguales y están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Esta afirmación trajo consigo un auténtico cambio de paradigma: a partir de ese momento –y convirtiéndose en un referente para el resto del mundo– se proclamó que los hombres eran titulares de derechos inalienables. En otras palabras, los hombres pasaban a tener derechos por el mero hecho de serlo.
El salto cualitativo de aquel momento fue innegable, aunque las mujeres quedaron excluidas de esta ecuación. La igualdad proclamada no alcanzaba, por tanto, a toda la población. Ese mismo principio reveló una dimensión selectiva –e, incluso, hipócrita– al silenciar la esclavitud. Thomas Jefferson había incluido una referencia en el borrador inicial, no para abolirla –él mismo fue propietario de un número indecente de esclavos–, sino para atribuir a Jorge III la responsabilidad del comercio esclavista en las colonias estadounidenses e instigar a los esclavos a “levantarse en armas”. Sin embargo, el pasaje fue suprimido para garantizar el consenso entre las colonias, dejando intacta una institución que acabaría enfrentando a la población. La Declaración proclamó, por tanto, principios universales de enorme trascendencia, aunque –desde el mismo momento de su aprobación– fueron aplicados de manera profundamente desigual.
Acto seguido, sin perder un ápice de ritmo ni de ímpetu, los redactores afirmaron que el poder político derivaba del consentimiento de los gobernados, sosteniendo que frente a los “abusos y usurpaciones” cometidos por un gobierno emana el derecho –e, incluso, el deber– de derrocarlo. Fue una aseveración revolucionaria en la que se consagró el derecho de resistencia frente a cualquier régimen que ejerciera el poder despóticamente. Finalmente, el texto incorporó un listado de agravios atribuidos al rey Jorge III que justificaban de manera concreta la inexorable y definitiva separación entre los colonos y la metrópoli.
Este magno suceso no ocurrió de la noche a la mañana. Fue, no obstante, en el Segundo Congreso Continental cuando los acontecimientos se aceleraron. La primera sesión tuvo lugar el 10 de mayo de 1775. Para entonces, ya se habían producido los primeros enfrentamientos armados. En las primeras reuniones, se aprobó la Petición de la Rama de Olivo mediante la cual los colonos expresaron su descontento con las medidas británicas sin renunciar a su lealtad al monarca. El rey, sin embargo, jamás llegó a leer la nota. Las posturas no hicieron sino radicalizarse, especialmente cuando Jorge III declaró que las Trece Colonias se encontraban en estado de rebelión. La deriva independentista parecía haber emprendido un camino de no retorno.
En un momento dado, se encomendó la redacción de la Declaración a cinco figuras clave: Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman y Robert R. Livingston. No obstante, fueron especialmente Jefferson y Adams quienes dejaron su impronta. El primero era un joven intelectual, reservado y un tanto excéntrico; el segundo, un hombre de acción dedicado a la política y sociable. La combinación de ambos resultó decisiva. Adams confió a Jefferson la redacción del borrador y éste lo completó en apenas unas semanas. El 28 de junio de 1776, el Comité de los Cinco presentó el texto ante el Segundo Congreso.
El 1 de julio comenzaron las votaciones. Cada una de las Trece Colonias disponía de un único voto, aunque la falta de unanimidad –con Pensilvania y Carolina del Sur en contra, Nueva York absteniéndose y Delaware dividida– obligó a posponer la decisión. Al día siguiente, tras modificarse algunas posiciones, ninguna colonia se opuso a la independencia y la resolución quedó aprobada. Convencido de la trascendencia del momento, Adams escribió a su esposa asegurándole que aquella fecha sería celebrada. Aunque erró por dos días, acertó en el fondo de su pronóstico, puesto que la fiesta nacional acabaría siendo el 4 de julio, coincidiendo con la fecha de aprobación del texto definitivo por parte del Congreso.
La Declaración tuvo varias “vidas”. Así, por ejemplo, John Dunlap produjo –durante la noche del 4 de julio– alrededor de doscientos copias que constituyeron las primeras versiones del texto. Mary Katherine Goddard publicó una nueva edición en la que incluyó los nombres de los firmantes. Especial relevancia reviste el documento atribuido a Timothy Matlack, un experimentado calígrafo que transcribió la Declaración en un gran pergamino. Este documento, convertido con el tiempo en el más célebre, presenta algunas diferencias con respecto a los otros. Entre ellas destaca la reiterada capitalización del pronombre “We” (“Nosotros”) en la parte final del texto.
Sin saber a ciencia cierta qué pretendía Matlack, esta aparentemente sencilla alteración acabó adquiriendo un enorme valor simbólico. Ese «Nosotros» resultó ser un cambio espléndido que situó al pueblo –o, mejor dicho, a la parte legitimada para ello– en el centro de la ardua y desafiante tarea de fundar un nuevo Estado sobre principios políticos inéditos. La osadía y la determinación de aquella empresa –obra de hombres tan distintos entre sí como decididos– fueron decisivas a la hora de construir una nación que transformaría profundamente la historia política y constitucional de Occidente.
Doscientos cincuenta años después, ese legado continúa interpelando a las generaciones presentes, exactamente como Adams esperaba: “¡Posteridad! ¡Nunca sabrás cuánto le costó a la generación presente preservar su libertad! Espero que hagas un buen uso de ella”. Tras el complejo proceso de consolidación estatal que afrontó inicialmente Estados Unidos, esas palabras conservan hoy toda su vigencia y merecen ser recordadas en cada aniversario de la Declaración. Quizá en ellas resida la verdadera grandeza de aquel 4 de julio: haber concebido la libertad no sólo como una conquista de su tiempo, sino también como una responsabilidad para quienes habrían de heredarla.

