Cuentan que el joven Benito Mussolini quería ser Octavio Augusto, emular a Escipión y convertirse en Trajano. Su obsesión por el imperio romano era enfermiza ya desde su época de plumilla en el periódico Il Popolo d’Italia, cuando estuvo en nómina de los servicios británicos del MI5 durante la I Guerra Mundial. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de la importancia de controlar las calles para dominar la narrativa: Benito, supuestamente, se gastó una parte de las cien libras semanales que le pagaban los ingleses en organizar grupos de camorristas para atizar a los que se manifestaban por la paz o a favor de las potencias centrales. El resto de la guita la dilapidó con sus amantes, por supuesto. Quizás fue entonces cuando comprendió que para conseguir el poder y llevar a cabo sus sueños húmedos de César colonialista necesitaba un enemigo —lo encontró en el comunismo— y una fuerza de choque —sus camisas negras—. Algo parecido barruntó, después del Tratado de Versalles, un pintor austriaco fracasado que había luchado en las trincheras del frente belga. Hitler también se compró el mismo kit del fascista: recuperar el pasado imperial —en su caso, más que la aspiración de conquistar territorios africanos estaba la de ser el dueño de todo lugar de la vieja Europa con reminiscencias arias—, tener su guardia pretoriana —las Sturmabteilung (SA), las camisas pardas— y luchar contra el bolchevismo, los judíos y los enemigos que habían humillado a Alemania tras la Primera Guerra Mundial —contra todo el mundo, vaya—. Ambos le añadieron al guiso resultante unos trajes molones, mogollón de banderitas y una ideología de baratillo —entendible por todos para poder transmitirla a la velocidad de la luz—. Tantos años después, el fascismo resurge con fuerza; en Europa lo hace en las urnas y en Estados Unidos ya ha llegado a los lugares del poder. Pero en este país parece que todavía quieren ir un paso más allá. A las puertas de la que debería ser la última legislatura de Donald Trump —en EE UU desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt sólo pueden ser presidentes en dos mandatos, consecutivos o no—, el triunfo de un movimiento antidemocrático es cada vez más real. Esta hipótesis ha sido recreada últimamente en varias películas: Civil War (2024), que plantea de forma abierta la posibilidad de un enfrentamiento bélico, y Anniversary (2025), que ha alcanzado gran popularidad después de su estreno en Amazon Prime. La premisa en ambas producciones es la misma, aunque el guion discurre por caminos distintos, la polarización del país obliga a solucionar las diferencias con el uso de la fuerza y la supresión de los derechos democráticos.
Afirman que Hitler no era tan mal pintor, pero que tampoco era bueno; uno del montón. Quizás habría podido ganarse la vida vendiendo acuarelas en las calles de Viena, pero el futuro führer no sabía vivir con la amarga frustración que genera el fracaso en el alma de un artista. También Mussolini podría haberse conformado con ser un periodista influyente, pero él quería ser el rey de Eritrea, el dictador de Libia y el mandamás de Somalia. La protagonista de Anniversary, Liz Nettles (interpretada por Phoebe Dynevor), también guarda un gran parecido con estos dos personajes históricos. Alguien a quien no le tocaba ser líder acaba siéndolo. Un personaje marginal, sin orígenes relevantes —pura meritocracia fascista—, que consigue transformar su país con una receta infalible: los partidos políticos nos han llevado al desastre, la democracia ya no nos sirve, acabemos con todo, nos merecemos un nuevo renacer. Una idea sencilla repetida hasta la saciedad se convierte en axioma irrefutable. ¿Y cómo consigue una joven sin padrinos políticos llevar a su país hacia el totalitarismo? Liz publica un libro, The Change, que se convierte en el vehículo para esa Alt-Right estadounidense que aspira a conseguir una utopía blanca (Whitopia); y en la herramienta para que una compañía (Cumbeland Corporation) imponga el poder de la empresa privada sobre la de los poderes políticos. La película Anniversary comienza en el ámbito privado, a través de la desintegración de una familia, asistimos a la de un país; éste es uno de los grandes atractivos del film y también su principal defecto, la dramaturgia nos impide tener una visión más global de cómo ese “Cambio” está convirtiendo la democracia en una dictadura en los Estados Unidos. Afortunadamente, los guionistas desarrollan una hábil configuración de los personajes que nos permite, aunque sea de forma metafórica, imaginar cómo reaccionarían los diferentes grupos sociales e identitarios representados en la película ante el fin de los derechos civiles. Tanto el nazismo como el fascismo tuvieron claro cuáles deberían ser los primeros pasos: acabar con los partidos políticos —Mussolini los liquidó en 1926, Hitler hizo lo propio siete años más tarde y en Anniversary los partidarios del Cambio abogan por: “Un mundo sin partidos políticos”—; dotar al movimiento de una doctrina política —el Duce se sirvió de Gabriele D’Annunzio y su Carta de Carnaro, el dictador alemán aprovechó su estancia en prisión para escribir Mi lucha y Liz dedicó sus años de universidad para gestar The Change—;y tener unos símbolos reconocibles —la esvástica en Alemania, el saludo romano en Italia y una nueva bandera (con las estrellas en el medio) para el renacido Estados Unidos de la película—. El mismo guion, compartido por los gobernantes que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial, fácil de imitar y replicar, que en Anniversary ya no suena a ciencia ficción ni a distopía, todo es identificable y hasta los actores de ese imaginario totalitarismo estadounidense son reconocibles.
Sostienen que la democracia está en peligro en Europa y razones no les faltan. Porque, al igual que los seguidores de “El cambio” en la ficción y de la Alt-Right estadounidense en la realidad, los ultraderechistas del viejo continente buscan servirse del sistema democrático para pulverizarlo. Un partido político que tiene como principal propuesta política expulsar a los emigrantes no tiene ambiciones democráticas, sino totalitarias, porque sus objetivos están enfrentados al derecho de los estados, a sus organismos jurídicos y legislativos, y para lograrlos necesita no tener oposición de ningún tipo. Liz Nettles es un personaje de ficción, también lo parecían Mussolini y Hitler, pero su modelo es fácilmente escalable en cualquier nación de Europa, incluida España. La cuestión más importante es saber cómo hemos llegado hasta aquí para encontrar el antídoto eficaz contra este fascismo populista que aspira a derribar los muros de nuestra democracia. Todos estos movimientos de ultraderecha cimentan su ideología en el anhelo de un tiempo pasado glorioso, que en la mayoría de los casos no existió —o no de la manera que ellos cuentan—, pero, sobre todo, en ser el baluarte contra una imposición ideológica. Terminar el artículo señalando al wokismo sería demasiado fácil y maniqueo. Prefiero hacerlo con unas preguntas —para los que hayan visto la película y para los que se animen a hacerlo— sobre el personaje interpretado por Diane Lane, Ellen Taylor, una reconocida profesora universitaria de clase media alta y con un buen nivel cultural, y la forma en la que se relacionó con su alumna Liz Nettles en la universidad. ¿Es más democrática la postura de Liz debatiendo las ideas de Ellen o la de esta última al negar la posibilidad de un resquicio en su ideología progresista? Si Ellen hubiera posibilitado el diálogo, ¿habría Liz pensado en un movimiento totalitarista? ¿Qué favoreció la escritura de El cambio? ¿La educación tradicional de Liz o el afán de Ellen por adoctrinar a sus estudiantes? Todas las respuestas son válidas, y ninguna parece servirnos para intentar entender por qué caminamos hacia el desastre con tanta insistencia.

