El marido belga de una amiga se asombraba siempre de la afición que tenemos los españoles a hablar del tiempo. Cuando hace frío, porque hace frio; cuando hace calor, porque hace calor. De hecho, hay personas que no se conforman con ver la información meteorológica de una cadena televisiva concreta, sino que suelen ver la de varios canales. Otra amiga, por ejemplo, solía comprar el Calendario Zaragozano, una especie de cuadernito que, supuestamente, anticipaba qué tiempo iba a hacer todo el año, pero nunca entendí cómo funcionaba, la verdad.
He de admitir que el tema es muy socorrido, por ejemplo, cuando nos montamos en un taxi, o coincidimos en el ascensor con un vecino al que no conocemos mucho.
Como no quiero ser de peor condición que nuestros compatriotas, me voy a lanzar a comentar también algunas de las cosas que estamos oyendo ante esta nueva ola de tórridas temperaturas. El teniente de alcalde de Barcelona, Albert Batlle, ha recomendado, por ejemplo, a los barceloneses que vayan a sitios privados que tengan aire acondicionado. Y, para convencernos del peso de su argumento, ha añadido: “Yo tenía una tía que pasaba el verano en El Corte Inglés”. Y es que, ¿quién no se ha refugiado en un centro comercial en un día intempestivo? Sobre todo, quienes tienen niños. A Batlle le ha faltado añadir los típicos consejos de “no hacer deporte en las horas centrales del día” y “beber mucha agua”, con las que nos ilustran siempre las televisiones en esta época del año (que sustituyen a la de “lleven siempre cadenas” de la época invernal).
El consejo del señor Battle puede parecer un poco ridículo, pero es de lo más sensato si lo comparamos con el llamamiento que ha hecho el Ayuntamiento de la ciudad alemana de Leipzig, que ha pedido ayuda a sus vecinos para eliminar el fundido de las juntas de los raíles del tranvía de la ciudad, que se derritió a causa del calor. ¿Cómo? De la manera más simple: cogiendo ropa vieja, calzado resistente, guantes y espátulas y poniéndose a la faena. ¿Se imaginan la que le caería al político de turno de nuestro país al que se le ocurriera proponer algo así?
En Francia están tirando de mantas térmicas y de papel de aluminio, sí, han leído bien, de papel de aluminio, para intentar que el calor no entre en las casas. En España nos ponemos muy gallitos con eso de que sabemos afrontar el calor, pero, cuando llega el invierno, nuestros socios europeos nos dan bastantes lecciones, que aquí la alegría va por barrios, y acuérdense de la que se lio en Madrid con la Filomena. Aunque para liada, la que viví en Berlín un día del mes de julio en el que comenzó a llover y, en un ratito, cayeron casi cuarenta litros por metro cuadrado. Mis sandalias veraniegas no daban abasto para achicar toda el agua que anegaba mis pies. Lo peor, sin embargo, fue tener que coger poco después un vuelo a Varsovia. Las turbulencias fueron tales que, un desconocido que volaba junto a una amiga en el asiento de atrás del mío, la cogió por el antebrazo sin mediar palabra, y así estuvo todo el viaje. Cuando el avión aterrizó, se limitó a retirar su mano y a bajar como si nada del aparato, sin un “gracias” de por medio, sin un “adiós”, y sin ni siquiera hablar del tiempo. En eso supimos que no era español, claro.

