Opinión

Corazón, fuego y espuela

CATIA LA MAR (VENEZUELA), 25/06/2026.- Residentes caminan entre los escombros de una de las viviendas dañadas por los terremotos, en la localidad de Catia La Mar, en el estado costero de La Guaira (Venezuela) este jueves. EFE/ Ronald Pena R.
Víctimas del terremoto caminan entre los escombros de una de las viviendas dañadas en Catia La Mar, en La Guaira (Venezuela)
Efe
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Hace dos días amanecíamos con la estremecedora noticia, de que la naturaleza decidió manifestarse con movimientos gemelos inusuales de tierra en Venezuela.

Esos movimientos no solo generaron caos momentáneo, sino que atacaron directamente al corazón de un pueblo de por sí, maltratado desde hace muchos años.

La arquitectura no resistió, el suelo tampoco y los escombros transformaron el lugar en una zona arrasada.

Es imposible que el corazón no se encoja al imaginar lo sucedido, es imposible que la sensibilidad y empatía no aflore, pero también es imposible que la rabia y el enfado no manifiesten presencia.

Una mala suerte de deja vu apreció en la memoria de muchos venezolanos y del resto del mundo recordado lo sucedido a finales de 1999 en Vargas, cuando las montañas de este estado cedieron y acabaron sepultando diferentes poblaciones.

Un testimonio de una ciudadana venezolana en el día de ayer rezaba que “el pueblo tiene ímpetu y está haciendo lo posible”, a la vez que recordaba el hecho de que la dictadura venezolana decidió no hacer nada tras la tragedia de Vargas. Una mala suerte de recuerdo que el venezolano espera que no se repita, que no se repita la incapacidad, que no se repita el abandono.

El número de víctimas no deja de crecer en un país al que se le ha esquilmado durante más de treinta años. Un país en el que su gobierno ha hecho desaparecer la clase media dividiendo la población entre una élite y el resto. Uno de los vergeles mayores del conteniente que hoy se enfrenta a una tragedia casi sin herramientas, y con el sabor de que siempre acaba perdiendo el pueblo.

Muchos son los desaparecidos y las víctimas, y me atrevo a decir que el mundo entero clama porque muchos sean los encontrados y rescatados a salvo.

Los testimonios rompen el alma, desde un padre derrotado diciendo que nada hay que reconstruir para él, que sus hijas y su mujer están bajo todo el edificio, hasta un niño atrapado con su padre que le dice un “no llores papá”.

La ayuda internacional ha comenzado a llegar, desde El Salvador, España, Estados Unidos, … y mucha más que llegará, pero solo espero que tras estas horas vitales, y cuando las esperanzas se minimicen, sigamos estando en el acompañamiento de una reconstrucción integral necesaria.

Una reconstrucción de historias, de vidas, de derechos, de lugares y también de democracia.

Los venezolanos no se merecían esto, la naturaleza no avisa. Pero estos golpes se aguantan peor en un país con un sistema sanitario vaciado, sin insumos ni materiales, en el que los ciudadanos hace mucho que casi no consiguen medicinas, o que sus hospitales no están avituallados. ¿Quién se ha quedado toda esa riqueza?

Esta semana en un juzgado español escuchábamos un testimonio del expresidente del gobierno en el que decía que – aludiendo a otro nombre de la presunta trama- Fajardo había detectado potencial económico de negocio en el país, en Venezuela. Un potencial de negocio vetado a los “no enchufados” del régimen, o del venezolano común al parecer.

En ocasiones las tragedias sacan lo mejor de cada uno y en otras ocasiones no.

Corazón, fuego y espuela, es lo que lleva el pueblo venezolano dentro, un pueblo que no necesita más fotos ni más vejaciones, un pueblo que necesita ahora mismo ayuda y comprensión. Un pueblo que necesita que sus gobernantes dejen sus postureos y fotos y se arremanguen por sus ciudadanos. Es ahora el momento.

Testimonios de estos días recuerdan como por una pequeña manifestación el gobierno ponía al ejército en la calle para amedrentar a la ciudadanía. Pues bien, ahora es cuando el ejército ha de salir a la calle, pero en este momento para colocarse en el lugar correcto de la historia. Es el momento de ayudar.

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