Opinión

De la moción a la gestión de las emociones

MADRID, 31/05/2026.- El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante su participación en la clausura del 27ª Congreso de JSE, este domingo en Madrid. EFE/Daniel González
Pedro Sánchez, durante su participación en la clausura del 27ª Congreso de JSE, este domingo en Madrid.
EFE/Daniel González
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Del archiconocido precepto de no distraer al adversario cuando se está equivocando, podríamos adoptar otra nueva frase inspirada en la actualidad: no enredarse en errores del pasado que ayuden a que el foco deje de apuntar a lo mollar para diluirse en ensoñaciones. El partido de Sánchez lleva semanas inmerso en una espiral de escándalos de la que no va a poder salir, la salida a flote de los entresijos de la cloaca de la mediocridad que se montó desde Ferraz para tratar de desestabilizar los procesos judiciales ha elevado el punto de no retorno de la formación socialista. Esa pieza del puzle de la indignidad parece que es en la que confluyen todas las demás corruptelas que se investigan. Es como una pieza de dominó que activase el mecanismo para que las demás fichas que estaban a pique de caerse terminen de desestabilizarse.

La precipitación de indicios que apuntan a pesos pesados y la obscenidad que relata todo lo que vamos conociendo, ha hecho que la indignación crezca y que una corriente de opinión vuelva a poner sobre la mesa la famosa moción de censura como solución de todos los males. Los que proponen esta posibilidad solo pueden encasillarse en tres grupos. O el de la derecha desnortada, que ya no piensa, que solo padece y quiere que todo esto acabe lo antes posible, olvidando que las prisas y la improvisación son la mejor manera de darle alas al rey de la resistencia. O el de la ultraderecha vocera, que no se juega nada, que solo quiere caos y ruido, y azuza y presiona para que Feijóo, preso de la ansiedad, equivoque su estrategia y así ellos puedan sacar rédito. O el de la izquierda sincronizada, a la que le interesa meter al partido que ganó las anteriores elecciones y que les puede desalojar en las mismas arenas movedizas en las que llevan ellos una legislatura atrapados, para así poder equiparar sus destinos y, de paso, desviar la atención de su calvario judicial a un marco favorable para ellos. Porque en este esquema parlamentario endiablado, la realidad sigue siendo la misma que hace dos años: los números no dan.

Sánchez mantiene el poder sobre el pilar de la extorsión de sus socios. Lo único que ha cambiado es que el presidente, ya débil de por sí, ahora está peor aún. No obstante, hay que tener claro que el no armó una mayoría parlamentaria para gobernar, sino para sobrevivir. Y la ató bien fuerte con una red de favores y cesiones inéditas, dándoles lo que nadie más les puede ofrecer, lo que el propio Sánchez del pasado dijo que jamás les ofrecería. Ensambló sus destinos al suyo para que, llegado justo este punto de no retorno, todos se vieran ante la siguiente tesitura: o perder los privilegios o perder la coherencia discursiva.

Y claro, ante ese Rubicón es ante el que están todos sus aliados. Los que están a su izquierda ensayan la farsa de la sorpresa y la decepción mientras engullen las líneas rojas por mantener el sillón, además de ampararse tras la trinchera de que si no vendrá el diabólico reaccionarismo. Y el PNV y Junts tratan de escenificar una separación irreal, un estoy sin estar, para rebajar los costes de la factura que supone dar cancha a este despropósito. Los de Aitor Esteban, a los que se les cae todo el relato, pues le dieron el poder a Sánchez en 2018 a lomos de la corrupción pepera, no se mueven porque gobiernan con ellos en el País Vasco, y porque andan temblando, viendo a Bildu pisándole cada vez más cerca los talones. Y los de Junts, con el prófugo a la cabeza, no decantan la balanza porque tienen claro que con el PP no les va a ir bien. Porque no pueden someterse al chantaje al que Sánchez se ha sometido.

Lo que suenan son cantos de sirena, y en Génova deben trabajar por desactivarlos y centrar el foco en lo realmente importante: la agonía de un gobierno impotente, incapaz de gobernar, acorralado por los fantasmas que todos estos años han ido circulando por las moquetas del poder. Porque Feijóo no puede permitirse pasar por debajo de la mesa del futbolín como ha hecho Sánchez. Tiene que construir un proyecto que ilusione, que prometa traer la decencia y la estabilidad a un país que deje de ser una red de intereses y de bicocas. Y eso empieza por hacer, como hizo el martes, pedagogía y explicarles a los españoles que para cerrar una etapa tan oscura no sirven los atajos. Porque, además, no los hay. Mientras los hechos y los juzgados terminan de apuntalar la tumba del sanchismo debe empezar a formar un Gobierno paralelo, en la sombra, que trabaje desde ya en una agenda que transmita que el día cero después de las elecciones hay un equipo serio, coherente y preparado para entrar a gobernar. Gran parte de la base electoral de los populares están hartos y desesperados, pero hay que tratarlos como adultos, no crearles unas expectativas que ahora mismo no se pueden cumplir.

Sí, Sánchez tiene el botón para convocar las elecciones. En lo que se puede trabajar es en que llegue lo más achicharrado posible a las urnas, con un partido enfrente que tenga un proyecto ilusionante. Esa es la mejor manera de retratar al morador de La Moncloa y a sus socios, que a este paso van a dejar un solar en el que tardará años en volver a crecer la hierba.