Opinión

El perro, la patita y su ama la mentira

MADRID, 09/09/2026.- El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la primera sesión de control del Congreso del curso político, este miércoles. EFE/ J.J. Guillén
Pedro Sánchez, interviene durante la primera sesión de control del Congreso del curso político, este miércoles.
EFE/ J.J. Guillén
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Apareció ayer Sánchez en el hemiciclo con ese rasgo característico tan suyo de hacer que no pasa nada, que estamos mejor que nunca justo cuando mayor es el caos. Y para él es así, pues se mueve como roedor en la cloaca, con esa frialdad y esa distancia sobre las cosas, como si no tuvieran nada que ver con él. Al final su delirio se sustenta en eso: se presenta no solo como el presidente que está salvando a España, sino como el que seguirá gobernándola tras las próximas elecciones, mientras a la vez salta y rehúye cualquier atisbo de autocrítica sobre su gestión. ¿Lo del Informe PISA? Cosa de las comunidades autónomas gobernadas por el PP. ¿Lo de Ceuta? Cosa del Rey que lleva 20 años sin aparecer por allí. O de Vivas, al que ya se atreven a acusar de deslealtad. ¿La corrupción? Cosa de los fachas con toga que quieren dar un golpe de Estado. ¿Los presupuestos? ¿La incapacidad para sacar una sola ley relevante? ¿Los informes bananeros del ministerio del Interior sobre los tertulianos? Pues hombre, la máquina del fango, el comodín perfecto para enmascarar cualquier embuste.

Y todo así, ese es el plan de Gobierno y de legislatura que lleva imperando desde que decidió paralizar España para mantenerse en el poder. Porque las circunstancias han cambiado, los escándalos se suceden, pero el plan sigue siendo el mismo del primer día: el muro. Es a lo único que ha sido fiel, a esa declaración de intenciones que lanzó en su investidura: la resistencia personal a través de la división. Desde los albores de esta pantomima, desde que puso a su rabioso consigliere, Óscar Puente, a darle la réplica al ganador de las elecciones ha seguido una línea muy clara, la de hablarle únicamente a sus adeptos, consiguiendo así que se convirtieran en fanáticos, talibanes cómplices de todas sus tropelías. No en vano, solo hay que ver como en un momento tan excepcional como el que atraviesa el país, cuáles han sido los únicos sitios a los que ha ido a que le entrevisten. La SER, con Aimar Bretos, la secuestrada Televisión Española, con Jesús Cintora y Esther Palomera, y próximamente hará lo propio con Wyoming, quizás el mejor escenario para cerrar la hilarante y antidemocrática tournée, por lo surrealista de la situación.

Nos hemos acostumbrado a que un presidente del Gobierno contra las cuerdas, sin capacidad de gestionar y legislar, solo responda las preguntas de los medios de comunicación con los que se siente cómodos. Hemos aceptado que es perfectamente democrática la censura que sobrevuela la Moncloa, que ni siquiera en momentos límites dé ruedas de prensa en la que permita que todos los periodistas cumplan con la función más esencial de su profesión: la de fiscalizar al poder. De la misma manera que nos está empezando a parecer normal que un ministro como Puente, haciendo gala de sus formas pandilleras, señale y cuestione alegremente y con total impunidad a una jueza.

Sánchez replicó hábilmente en el Congreso al señor de Bedman, es decir, a Santiago Abascal, que lo llamó perro. Le dijo que él, al menos, era un perro sin amo, no como el líder de Vox, que mueve la colita de los que ponen aranceles y organizan genocidios. La verdad es que la respuesta fue un punto, pero eso de que no tiene amo habría que matizarlo. Es cierto que no tiene amo, pero tiene ama: la mentira. A ella es a la que se ha encomendado desde sus inicios, sin faltar ni un solo día a su cita. Desde la ley de amnistía hasta Ceuta, la ley de nietos o cualquiera de las demás circunstancias que copan hoy la industria de la actualidad (Redondo dixit). Sánchez es un siervo de la falsedad, por eso la practica con un descaro insolente. Como cuando la semana pasada quiso cambiar el paso en el Congreso diciendo que el Gobierno había llamado a consultas a la embajadora marroquí, para que minutos después toda la opinión pública supiera que ese día que él acababa de señalar la delegada alauita ni siquiera se encontraba en España. Es todo tan flagrante que asusta, desde lo minúsculo, como cuando dijo ayer en TVE que había ganado las últimas elecciones, que es mentira, hasta lo mayúsculo, como todo lo que oculta a los españoles con el tema del ataque a la integridad territorial sin atacante.

El morador de la Moncloa cada vez es más previsible, ahora anda testando globos sonda, buscando el escándalo que retire el foco de Ceuta y haga caer de las escaletas la crisis de la ciudad autónomas. Ni la ley de nietos ni lo del informe de chichinabo de Interior le ha servido. Sigue jugueteando con la fantasía republicana, de hecho, ayer dijo en la entrevista en Mañaneros 360 que la Segunda República fue el mejor momento de España. Suelta las trufas para tratar de vigorizar a ese público fanático al que se sigue dirigiendo, uno que ya estaba hasta cansado de comprarle la mercancía podrida que estaba vendiendo. Pedro sigue fiel a su ama, la mentira, la que mantiene ese universo paralelo al que se ha ido a vivir. Y en el que aspira que se mude bastante gente antes de que le obliguen a poner las urnas. El suelo ya va por 100, veremos en cuánto se queda. Él sigue ladrando, con la correa amarrada al muro. Sacando la patita. Pero Ceuta sigue viva, y cada vez hay menos gente con ganas de acercarse a acariciarla. Pronto Sánchez será un perro que no tenga quien le ladre.

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