Opinión

“Gastar para ganar”, ese absurdo eslogan que no cabe en la cultura

Philip Seymour Hoffman como Truman Capote
Philip Seymour Hoffman como Truman Capote
Sony Pictures Classics
Actualizado: h

Últimamente estoy un poco aburrido de los de mi generación. Cuando llegas a cierto momento de la vida —primero, segundo, postre y chupito pagados—, en contra de lo que pueda parecer, a muchos educados en el mantra Paladas de mierda+ pasilleo = dinero + idiotización capitalista= Gran Total: ÉXITO, pues ya estaría, en lugar de mirar más allá, a lo que realmente nos trasciende como tribu, siguen interesándote —si cabe, con más fuerza— las cosas más prosaicas, tangibles, finitas y estúpidas. Y eso, inevitablemente, lleva en muchos casos a una conversación inane e insípida, preñada de lugares comunes y con tu mente en modo blackout, reducida como los platos de Amazónico. Basta con pasarse cualquier día por un museo, o por las inexistentes colas en los cines y teatros o, si eres capaz de localizar dónde hay una, por una librería: difícilmente verás a un pequeño burgués con blazer Big Four o camisa Family Office por esos lares, que no se ubican desde luego en la calle Jorge Juan. Y no juegues a la condescendencia madura contra lo naif y pueril del “es que no se tiene tiempo entre semana”, porque para pasillear entre las junglas de cristal a partir de las 19 horas siempre lo hay. Y si en eso te han educado, pues chico, mala suerte, la tuya en concreto, por no saber descodificar. El caso es que, últimamente, me ha dado por hacer un crossover generacional, por circunstancias de la vida y del trabajo, y me he dejado caer por entre la muchachada de los inmediatamente anteriores, los treinta y largos.

Y la verdad es que me enriquece bastante, porque en muchas cosas se asemejan a nosotros, pero parecen más libres y menos competitivos entre ellos. ¿Por qué iban a competir? ¿Por las miajas en la barba para parecer un hidalgo? No están dispuestos a ello: la penitencia será, pues, el soniquete constante de Johnny Rotten y sus chicos, aquello de “there’s no future, no future for you, no future for me”.

Uno de los últimos cafés intergeneracionales me lo he tomado con una “miembra” (a ella no le gustaría nada feminizar el sustantivo) de esta quinta, una heterodoxa y valiente (es autónoma) periodista especializada en cultura, moda y estilo de vida. La tríada mágica de la espuma de la vida. Charlábamos, cómo no, de la precariedad de la profesión, asunto que las crónicas ya glosaban en tiempos del Café Gijón y del poco valor añadido que ofrecen los textos elaborados por periodistas, y muy especialmente, lo que se paga por pieza a los colaboradores.

Lo hacíamos a colación de un vídeo que circula por Instagram en el que un periodista freelance se queja amargamente del estado de la profesión y señala a algunos medios que, o no pagan por las piezas publicadas, o pagan tan poco que da hasta vergüenza decirlo. De ahí la charla derivó al tema del año, la IA, respecto de un artículo reciente que publiqué sobre cómo esta consume y corroe el trabajo periodístico (además de muchos otros), con su voracidad pantagruélica para tragar toda jurisprudencia y así gobernarnos a todos.

—¿Y qué podemos hacer? —me preguntaba ella ¿a mí?, un recién llegado a la profesión, con un ligero retraso de 27 años.

Joaquin Phoenix en ‘Her’
Warner Bros.

Realmente no lo sé muy bien, como nadie, pero desde mi distancia desintoxicada exijo, como periodista, esto es, alguien al que se presupone con el don de la palabra escrita, tratar de humillar con ella a la IA, la pluma y la espada, ya sabes: pertinencia, hondura, poesía y sentido gramatical; eso como mínimo. Con la maleta de luces básica, acudiremos al asalto a rescatar los restos del naufragio de ese Nuevo Periodismo inventado por Truman Capote y Tom Wolfe, lo pondremos en pie como un catafalco seglar y nos atreveremos a narrar en primera persona, sirviéndonos de los pinceles de nuestra prima mayor, la literatura, con audacia, con humor, con humanidad, eso que la IA aún no puede ser, pese a que ponga todo su músculo algorítmico en ello. Ser muchas almas al mismo tiempo es no ser nadie: que se lo pregunten al pobre Joaquin Phoenix en Her, enamorado hasta las trancas de una inteligencia artificial llamada Scarlett Johansson y correspondida por los 21 gramos de otros 8.316 humanos.

La cultura, la creatividad, el arte: gastar para ganar en términos empresariales, o lo que es lo mismo: “Show me the money!!!!!!!!”, ¿verdad, Jerry Maguire?

En España, y esto es así, la I+D cultural es casi un chiste y se busca el rendimiento prospectivo económico a muy corto plazo, comercial de pito y flauta. Mal voy, entonces: el periodismo y el cine, que son mis dos ocupaciones esenciales, no proporcionan ni de lejos el retorno expeditivo que se exige. Además, la amortización en el cine es arriesgada y en la mayoría de los casos requiere una gran inversión inicial. El periodismo, mal que nos pese a todos los que andamos por aquí, no ofrece ningún valor añadido. El algoritmo ha arrasado cualquier sensibilidad, igualándonos a todos por abajo, como les gusta a los asamblearios abajo firmantes.

Cualquier forma de creación elevada, y el periodismo lo es, lo tiene muy difícil dentro de las coordenadas del resultado inmediato sobre las que pivota la actividad económica. Si quiere jugar en la misma liga de los comerciales, preventas, consultores y abogados, perdemos seguro en su prosaico ecosistema. Aquí sí se necesitaría una I+D, pero en el alma, para esponjarla, para elevarla con la grasa de la cultura y así, quizá, un día alguien lea una crónica o vea una película, porque quien la ha escrito, dirigido o producido tiene una sensibilidad que le atraviesa y le tensiona.

Mientras tanto, estamos bien jodidos.

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