Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero del año 2025, el orden multilateral establecido se está viendo fuertemente sacudido. Esta afirmación se ve corroborada cuando se advierte el tono particularmente agresivo que emplea el citado dirigente a la hora de referirse e, incluso, aproximarse a la Organización del Atlántico Norte (OTAN). A modo de ejemplo, cabe recordar que hace no muchas semanas el mandatario norteamericano solicitó ayuda a quienes la integran. Su objetivo era que ejercieran la presión correspondiente para que pudiera reabrirse el canal de Ormuz, bloqueado por Irán desde que fue invadido por Estados Unidos e Israel a finales del mes de febrero. Sin embargo, al advertir que sus socios no estaban dispuestos a cooperar con él, no dudó en calificarles de “cobardes”.
Los ataques y las críticas hacia la OTAN y sus miembros no sólo han sido una constante, sino que además han ido in crescendo. En el contexto bélico anteriormente referido, Donald Trump indicaba a comienzos del mes de abril que esta alianza militar transatlántica no estaba cuando se la necesitó y “no estará si la volvemos a necesitar”. Mostraba, de este modo, un evidente hartazgo hacia una entidad que no está dispuesta a actuar conforme a sus intereses. En una línea muy similar, afirmó que la OTAN se erige como un “tigre de papel” al que Vladimir Putin no tiene ningún miedo. A través de estos y otros comentarios, se ha hecho patente el profundo desagrado que le genera dicha organización.
No obstante, esta inquina ya era claramente perceptible antes de que se desatara el conflicto bélico con Irán. En este sentido, cabe recordar la decepción que reflejó Donald Trump cuando la OTAN no se mostró favorable a que su país se hiciera con Groenlandia. Conviene aquí hacer un inciso: dicho territorio no sólo pertenece a Dinamarca, sino que además (y esto es lo más peliagudo) este último forma parte de la propia alianza. Consecuentemente, Estados Unidos pretendía hacerse con la isla más grande del Ártico sin importarle lo más mínimo que ese espacio –descubierto por Erik el Rojo siglos atrás– posee un estatus jurídico y político claramente definido. Todo ello provocó un profundo malestar entre los líderes europeos que observaron con estupor cómo su aliado tradicional amenazaba con apropiarse de un territorio vinculado a uno de los Estados miembros que forman parte de la citada organización.

Aquel episodio no constituyó tanto un punto de inflexión como la manifestación visible de un malestar latente que contribuyó a que las partes escoraran sus posiciones aún más. El océano Atlántico parecía entonces albergar nuevas grietas –cada vez más insalvables– de desconfianza y alejamiento. En definitiva, tras el “incidente” en torno a Groenlandia, las relaciones entre ambas orillas se han ido deteriorando de forma significativa. El propio Donald Trump lo reconoció poco después cuando, en una rueda de prensa, evocó lo ocurrido y situó en ese episodio el origen de su enfrentamiento con la OTAN. Con un tono burlón y ante la negativa de sus aliados a atender su petición, optó por zanjar el asunto con un lacónico “bye bye”, escenificando así una suerte de despedida dirigida al conjunto de la organización y a sus Estados miembros. Sin embargo, este desencuentro ha operado más bien como catalizador de una deriva que ya se encontraba en curso.
Y, ante un escenario internacional convulso en el que parece no haber rumbo fijo, los meses han pasado de manera virulenta. A merced de las corrientes, la OTAN se ha situado en el centro de la tormenta. En este contexto, cabe mencionar el revuelo que se generó cuando Donald Trump reclamó a sus socios un mayor compromiso financiero con la organización bajo la amenaza de quedarse fuera de la misma. En paralelo, algunos países –como España– vetaron el uso de las bases militares estadounidenses ubicadas en su propio territorio. Asimismo, desde hace un tiempo, han comenzado a percibirse señales de cautela en ámbitos tradicionalmente sensibles como la cooperación en inteligencia; en este ámbito, algunos aliados han introducido ajustes en el intercambio de información ante el temor de que pudiera ser utilizada con fines controvertidos. Así ocurrió el año pasado en el Caribe cuando ciertos datos dejaron de compartirse para evitar su eventual uso por parte de Estados Unidos en acciones contra Venezuela.
Este clima de desconfianza se ha visto reforzado a través decisiones unilaterales implementadas también por Washington. Así, por ejemplo, en alguna ocasión puntual, ha dejado de procurar información vital a Ucrania. Además, el inicio de la incursión militar llevada a cabo contra Irán sorprendió a sus aliados de la OTAN que, según parece, no fueron avisados. Se advierte, por tanto, que los Estados miembros no sólo no están coordinados a la hora de llevar a cabo determinadas operaciones militares, sino que han llegado a suspender intercambios informativos en escenarios clave. La tensión transatlántica parece, por tanto, el resultado de una acumulación de desencuentros que, sin romper formalmente la alianza, han ido erosionando uno de sus pilares fundamentales: la confianza mutua.
Y, como guinda del pastel, la Casa Blanca ha anunciado que retirará 5.000 soldados norteamericanos emplazados en Alemania; esta maniobra fue mencionada ya durante el primer mandato de Donald Trump, pero ahora parece que –en un plazo de entre seis y doce meses– se materializará la salida de una parte relativamente pequeña de las tropas ubicadas en el país germano. Según parece, este repliegue representa aproximadamente el 14 % del contingente existente. En términos cuantitativos, la medida no parece muy relevante. Asimismo, es preciso subrayar que la OTAN surgió como respuesta a un mundo fraccionado. A la luz de ambas circunstancias, cabría considerar –no sin cierta lógica– que ha llegado el momento de pasar página y que la reubicación de las tropas puede tener cierto sentido. Sin embargo, la medida posee per se una carga simbólica y estratégica nada desdeñable al proyectar una imagen de desmovilización que alimenta la percepción de distanciamiento entre Washington y sus aliados europeos.
Al margen de la discusión anterior, es preciso señalar que la directriz en cuestión fue emitida por la Casa Blanca tras los controvertidos comentarios del canciller alemán, quien señaló que Irán estaba humillando a Estados Unidos en las negociaciones de paz en curso. ¿Consecuencia o coincidencia? Algunos expertos especulan con lo primero; no obstante, en línea con lo expuesto, me inclino a pensar que, para el actual mandatario norteamericano, esta medida no responde a una pataleta improvisada, sino al resultado de una decisión previamente tomada; de un rumbo deliberadamente escogido. Pero, por supuesto, cualquier excusa es buena para desligarse un poco más de un proyecto que ya no encaja con los intereses de Washington.
Veremos qué sucede en los próximos meses. Sin una luz clara en el horizonte, lo único que cabe pensar es que con Donald Trump todo –y nada– puede suceder. Sea como fuere, lo que sí resulta innegable es que el mundo de 1949 –cuando comienza a operar la OTAN– y el actual no son, ni mucho menos, el mismo. Las prioridades, los conflictos y los intereses han variado. Las potencias que ocuparon entonces un lugar destacado en el tablero geopolítico no son ahora exactamente las mismas y las que continúan han asumido o están asumiendo nuevos roles. Las tensiones actuales responden, además, a dinámicas distintas y a equilibrios más complejos. Así pues, puede ser que lo que ha venido sucediendo desde hace un tiempo no quede relegado a una mera nota al pie de los libros de historia, sino que termine erigiéndose no sólo como una consecuencia lógica, sino como el último estertor de una realidad que hace tiempo dejó de existir, abriendo paso a un horizonte todavía incierto y difícil de descifrar.
