Opinión

Hombre y mujer los creó

Tradwives - Sociedad
Dibujo que representa a una 'tradwife'.
Wikimedia Commons
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Mientras TikTok, de manera lenta pero implacable, se llena de vídeos de jóvenes que reivindican el modelo tradwife con vestidos mas o menos vaporosos, tartas recién horneadas, bebés impecables y una felicidad doméstica que recuerda sospechosamente a las sempiternas portadas de ciertas revistas del corazón, mientras se analiza la coherencia o no de esas mismas muchachas y si son o no productos, si son o no fieles por un quítame allá esas pajas con su entrenador personal, continúa el debate de siempre sobre si vemos en ello una reacción contra el feminismo o el inevitable, avasallador avance de la ultraderecha y se deja de lado la colonización religiosa que conlleva y la realidad en la que prospera.

Al fin y al cabo, el movimiento tradwife nació, sobre todo en Estados Unidos y en determinados entornos protestantes y mormones, sobre un fundamento religioso. Sus defensoras no hablan únicamente de tradición, sino que reintroducen un orden, un mundo creado por Dios con un diseño divino (no hay que explicar quién se dedica a qué: la expresión descalzas y embarazadas en la cocina parece ser parte deseable de ese orden) y en el que la felicidad depende de vivir conforme a Su voluntad. La sumisión a la ley natural no sería una renuncia, sino un camino hacia la plenitud.

Ese discurso hoy, aquí, en este momento, apenas encuentra eco en una sociedad secularizada como la española y en la que muchas abuelas que vivieron de acuerdo a un orden similar, si bien católico, siguen vivas y con la indicación directa e irrenunciable de que sus hijas y sus nietas no dependan nunca, en ningún caso, de un hombre, que no sean como ellas. Aunque lo veremos cada vez más extendido entre los nuevos movimientos cristianos que están invadiendo España, casi nadie llega al fenómeno desde San Pablo o desde la doctrina del complementarismo evangélico, esa corriente que sostiene que hombres y mujeres poseen igual dignidad, pero funciones diferentes establecidas por Dios. Sin embargo, el fenómeno en sí despierta interés, se edulcora, se filtra entre resquicios. Y eso debería hacernos pensar no en un movimiento en el que, de pronto, millones de mujeres quieran regresar a los años cincuenta, sino en la razón por la que esas mujeres están tan cansadas que sus hijas toman nota de que así no merece vivir.

Durante décadas se prometió que la incorporación masiva al mercado laboral traería consigo un reparto más equilibrado de las tareas domésticas y de los cuidados. Como todas las promesas demasiado bellas para ser verdad, eso en parte ocurrió y en parte no. La realidad cotidiana de muchas familias se parece más a una doble jornada permanente en la que se trabaja fuera como si no hubiera hijos y se llega a casa como si no hubiera trabajo. La conciliación se ha convertido en una palabra hermosa, quizás demasiado usada, que rara vez cabe en un horario real.

‘Tradwife’.
Shutterstock

Si las cocinas perfectas en color pastel de TikTok funcionan como una fantasía no lo hacen porque representen un pasado mejor, sino porque lanzan los cantos de sirena de una vida más pausada, sin prisas, con tiempo para cocinar a fuego lento, tiempo para largas conversaciones y juego con los niños, tiempo para ver cómo anochece al otro lado de la ventana. El problema es que esa imagen también es una ficción. No solo porque esa visión idílica del ángel del hogar nunca existió, y se ha teñido de tules rosas desde el presente, sino porque la que nos ofrecen estas incansables mujeres perfectas deja pequeñita cualquier aventura de Marvel.

Las tradwives más famosas monetizan millones de visitas, cuentan con equipos de producción y viven de convertir su vida doméstica en un producto audiovisual. La cocina de los años cincuenta es, en realidad, un plató del siglo XXI, pero pese a esas fantasías tampoco conviene engañarse sobre nuestro propio modelo. Mientras discutimos si una mujer debe quedarse en casa o desarrollar una carrera profesional, olvidamos quién está sosteniendo hoy buena parte del trabajo doméstico, que no hemos eliminado, sino externalizado. Alguien cocina, limpia, cuida de los mayores o recoge a los niños del colegio, y sí, siguen siendo mujeres, generalmente inmigrantes y con salarios mucho más bajos.

No hemos resuelto el problema. Nos hemos limitado a desplazarlo. Y aunque tanto las tradwives como sus detractoras se llenan la boca con la libertad de las mujeres para elegir cómo quieren que sea su vida, la conversación nunca gira alrededor del tiempo, el recurso realmente escaso. No es tanto que nos falte libertad como que no nos llegan las horas. Si una mujer trabaja ocho horas fuera, dedica dos al transporte, tres al cuidado y una a la casa, la discusión sobra. El problema no es qué ideal defendemos, sino que ninguno soporta una agenda de catorce horas. Que hay que comprar ese tiempo a precio de oro. Y que, por lo que sea, nadie quiere ser y nadie está interesado en la vida de una tradwife pobre.

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