Cuenta la historia, leyenda para unos, hechos para otros, que el Hijo de Dios se adentró en una ciudad con sus amigos y al entrar se encontró con el funeral del hijo único de una mujer que lloraba amargamente. Lleno de compasión se acercó a ella y le dijo: “Mujer, no llores”.
En otra ocasión, con la llegada del día de fiesta, la plaza principal del pueblo se llenó de vida y bullicio frente al templo. Y entre la multitud que se encontraba, sus ojos se detuvieron en la última persona de todo el escalafón social: una anciana humilde que echó unas monedillas al cesto del templo.
Esta nueva mirada de Dios sobre la realidad, el mundo y sus gentes, marcó un giro radical de 180°, en los ámbitos social, cultural, político, laboral, familiar, económico… Dice Tom Holland en su libro Dominio, una nueva historia del cristianismo: “A los dioses, los pobres les importaban un comino. Pensar otra cosa era propio de ‘cabezas huecas'”.
El hecho de que Pablo de Tarso llamase “hermano querido” a Onésimo -un esclavo fugitivo de Colosas que, tras huir de su amo llamado Filemón, conoció a Pablo mientras se encontraba prisionero en Roma- es ejemplificativo de cómo el cristianismo ha cambiado y cambia la faz de la tierra.
Con esa amistad imposible entre un fariseo pura raza y un esclavo (también pura raza), ambos sellaron el comienzo del fin de la esclavitud y el nacimiento de un mundo más humano. Era posible hacerse amigo de los fracasados y los más vulnerables, entablar con ellos una relación, interceder por ellos y ayudarles a salir adelante. De aquellos polvos estos lodos, un Estado también llamado Social.
La amistad. Justo esto es lo que hace tan subversivo y perturbador al cristianismo. ¿Qué tenía Pablo que ganar haciéndose amigo de un esclavo e intercediendo por él? Por aquí se podría medir perfectamente el rasero de tantos que sólo tienen amigos afortunados y que le valen para sus propósitos. La amistad con pobres y vulnerables, con inferiores. Tal vez sea este el termómetro de la credibilidad o no de una Iglesia que quiere ser seguidora de un Dios que, siendo infinitamente superior, se “abajó” haciéndose amigo del hombre, de dos hermanos pescadores a los que llamó a vivir consigo.
Dice Juan Esteban Constaín en su interesantísimo libro El hijo del hombre: “Esa es otra tradición historiográfica que nadie ha podido abolir ni corregir: el sesgo maniqueo, la obsesión binaria de dividir el mundo y el pasado, para siempre, entre héroes y villanos, buenos y malos sin beneficio de inventario”. ¿Qué hace entonces un libro de historia como el Evangelio hablando continuamente de villanos y pobres vulnerables? Aún hoy la historia –desde los grupos más pequeños hasta de las grandes civilizaciones– la siguen escribiendo los vencedores. “Nadie quiere estar del lado de los fracasados”, como bien anota el inteligente Fabrice Hadjadj en su maravilloso libro Tenga usted éxito en su muerte, anti-método para vivir.
Constaín de nuevo: “Eso es el cristianismo, lo demás es literatura, y advierto que estoy hablando de la religión cristiana y no de sus consecuencias políticas ni de la forma perversa en que ese mensaje de amor y unidad, la homonoia, la comunión, pudo haber sido manipulado o distorsionado después por sus voceros o sus intérpretes o sus beneficiarios”.
Hace un par de viernes, yendo a Cañada Real sector seis de la droga a dar de cenar a las gentes de por allí –actividad que hacemos en Bocatas desde hace ya 30 años–, hubo una trifulca entre una de nuestras voluntarias jóvenes y un gitanillo, Izan, con fama de ser el más malote de toda la Cañada. Un viernes después apareció el chaval a pedirle perdón por haberla maltratado. Lo hizo con una ingenuidad y una ternura que nos quedamos anonadados. Ese gesto fue tan verdadero y humano que casi justificaba la trifulca, pues sin ella nos habríamos perdido aquel espectáculo.
Toda esta semana hemos visto cómo el Papa, el gran jefe de la tribu, en su viaje por España, abrazaba y ensalzaba a todo tipo de personas vulnerables y sufrientes. Hoy como hace 2000 años. Exactamente igual. Cuenta la leyenda que el Hijo de Dios les decía a sus discípulos: “Pero qué torpes y necios sois para creer”.
Sigue habiendo una profesión que continúa siendo la más bonita y humana de este mundo: los empatizadores por el sufrimiento del prójimo. Gracias Santidad por estar de nuevo al pie del cañón. Como dice el salmista: “Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis”

