Realmente ha sido un descubrimiento grande el enorme Papa que tenemos en este viaje a España. Previamente poco sabíamos de él, apenas que había vuelto a los apartamentos pontificios, a ponerse la ropita de Papa de toda la vida, a hablar de la liturgia. Yo me temía, la verdad, que fuese un tibio o una persona que fuese a pasar sin pena ni gloria.
Pero al ver la enorme encíclica sobre la inteligencia artificial que nos ha entregado y cómo ha puesto firme a Donald Trump, me di cuenta de que era otra cosa. Y ahora en España he podido darle un profundo contenido a la personalidad interesantísima de Robert Prevost. Tenemos cosas muy importantes (enseguida comentaré también lo que ha ocurrido en España, cómo ha reaccionado la gente), pero ha sido muy valiente al condenar las mafias de inmigración. Me ha recordado a Juan Pablo II, cuando condenó la mafia siciliana.

También ha tenido una intervención intelectual de una talla extraordinaria en el Congreso de los Diputados, porque ¿qué haces en una caja de fieras donde suelen despedazarse los unos a los otros, especialmente en los últimos tiempos, y donde las ideas son antagónicas?
Si le dices a uno que la migración hay que acogerla, y a otro que el aborto es inmisericorde, o a uno que hay que respetar los tratados internacionales, y que la eutanasia es inadecuada… se te forma un follón extraordinario.

Supo sortearlo muy bien partiendo de la Escuela del derecho internacional y de la gran aportación española a la historia, donde el país más poderoso del mundo se autolimitó, le puso límites al poder y dijo que no se podía hacer de todo: que el ser humano es igual en dignidad, que los hombres son hijos de Dios y que, por lo tanto, el derecho tenía que protegerlos por encima de la fuerza del Estado.
Y ese ha sido el mensaje principal: que las leyes pueden ser injustas, pero que los derechos están por encima de las leyes. Hay a quien no le ha gustado, pero eso le ha permitido dar a derecha y a izquierda, y realmente el aplauso unánime de los congresistas y de los diputados ha sido una alegría para el alma en un momento de tanta polarización social.
Ha hablado conmovedoramente a los jóvenes del sufrimiento y el perdón. Recuerdo en particular a esa muchacha cuyo padre intentó matar a su madre, se interpuso un joven y este fue asesinado. Cómo le ha dicho el Papa que el perdón es una cuestión de progreso, que es un proceso que no se debe exigir a sí misma, y que desde luego perdonar no significa estar a gusto con el otro ni convertirse en su amiguito. A veces es, sencillamente, rezar por el otro y desear que cambie.
Hubo un momento -y sería otro acercamiento a la visita del Papa- muy conmovedor. Cuando celebramos con él la misa del Corpus Christi, se hizo la procesión y él se puso delante de la custodia y de la Hostia Santa como se ponía Juan Pablo II a rezar. ¿Recordáis cuando Juan Pablo II se reclinaba, el mundo desaparecía y él estaba a solas con su Dios?
Esto ha ocurrido con León XIV delante de la forma consagrada en este Corpus Christi. Eran él y Jesús, Jesús y él, y avanzaba entre la multitud y en ese momento no miraba a nadie. Era conmovedor ver ese silencio y ese amor entre los dos.

Finalmente diría que una frase que me ha llamado la atención del Papa es que las cosas no hay que hacerlas de cara al cielo, o no solo; que hay que hacerlo aquí, que la promesa es aquí, ¡el ciento por uno!, y que el aquí, el ahora y el instante es lo que tenemos para vivir, que Dios se hace presente en el instante.
Y desde este punto de vista ha reaccionado la sociedad española, algo que a mí, la verdad, me ha sorprendido muchísimo. La gente ha empezado a “salir del armario”, encabezados por Antonio Banderas, que hizo un discurso absolutamente conmovedor en el que confesó que estaba “hechizado por Dios” (esas fueron las palabras que utilizó). Muchos otros han ido avanzando: Christian Gálvez, convertido gracias a la influencia de su mujer; Mario Vaquerizo, que dijo como un niño que realmente esto era lo que él había aprendido desde la infancia y que desea para todos empatía, amor y un trato más humano.
Ha empezado a acudir muchísima gente famosa y no famosa, y hemos visto el Paseo de la Castellana con 1.200.000 personas en Madrid. Yo percibo que el anticlericalismo que viví en mi juventud está absolutamente desapareciendo, que ahora la gente respeta que tú seas lo que seas y que si eres cristiano, bienvenido sea.
Y por supuesto, me gustaría dar aquí las gracias a los artistas, porque la belleza es lo que nos señala el horizonte: el arte de Sara Baras, el cante de Niña Pastori y, por encima de todo, la inauguración de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia, que ha conseguido poner verdaderamente Barcelona en el mapa del mundo y un orgullo para toda España.
Qué belleza la Escolanía cantando, qué belleza la orquesta, qué maravilloso espectáculo de luces, qué buen gusto y, ciertamente, qué guinda a la visita del Papa. Acabamos con Canarias: allí los inmigrantes nos han enseñado muchas cosas que todavía tenemos que aprender.

