Opinión

Las muertas

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El escritor Jorge Ibargüengoitia falleció en la catástrofe aérea del vuelo 11 de Avianca que se estrelló cerca de Mejorada del Campo en 1983. Se dirigía a un congreso literario y, de cierta manera atroz, parecía la muerte desmesurada y absurda a la que alguien como él hubiera accedido. Dejaba, aún relativamente joven, una carrera única caracterizada por una crítica certera a la corrupción y la hipocresía que atravesaba en aquellos momentos todos los estratos de su país, México, y que lejos de envejecer se ha convertido en una metáfora de la desvergüenza contemporánea.

Eran aquellos los gloriosos años del boom latinoamericano, pero Ibargüengoitia observaba con una mirada desgastada y lúcida los afanes de la literatura por transformar la realidad en una enorme narración fundacional y mítica. Es más, Ibargüengoitia, anclado en una irreverencia desmoralizante, mostraba por hache y por be su endémica desconfianza hacia la grandeza. Tras haber quedado en España empequeñecido por la mucha mayor longevidad de García Márquez y Vargas Llosa (*quien sobrevive, gana*, decía Camilo José Cela,) un número creciente de espectadores maravillados lo ha descubierto por la adaptación que Luis Estrada ha tejido con mimo, medios y tiempo sobre su novela Las Muertas.

Las muertas nace de un caso real que estremeció México en 1964: el de las hermanas González Valenzuela, conocidas como las Poquianchis, propietarias de varios burdeles en Guanajuato y Jalisco, y que fueron acusadas de explotación de mujeres y de numerosos asesinatos; con esta trama, tan sórdida como pueden serlo mil historias más de miseria moral y humana, el autor escribió su novela en 1977. Pero el interés que ha despertado Las muertas bebe de nuestras obsesiones contemporáneas: la violencia contra las mujeres, la explotación sexual, la omnipresente corrupción policial y judicial, el sensacionalismo periodístico, la fascinación pública por el crimen y esa zona moral turbia en la que víctimas y verdugos no encajan con claridad en las categorías que les reservamos.

Ibargüengoitia se detuvo con especial habilidad en presentar una disonancia cognitiva que que hoy nos incomoda hasta la cancelación: en esta historia las grandes criminales son mujeres y buena parte de sus víctimas también. En ningún momento nos ofrece el consuelo de una lectura elemental sobre hombres violentos y mujeres víctimas. Hay, eso sí, un buen puñado de mártires. Las Baladro ejercen poder sobre otras mujeres dentro de un sistema construido, protegido y consumido mayoritariamente por hombres, y la naturalidad, incluso el humor con el que capítulo a capítulo se nos presenta la cotidianidad de esas prácticas nos obliga a distinguir entre quién ejecuta la violencia y qué estructura permite que esa violencia prospere.

Las Baladro son explotadoras y criminales que se autojustifican tan bien o tan mal como lo hace todo delincuente, pero a su alrededor prospera un ecosistema que hace posible su negocio: celestinas, policías, militares, políticos, clientes, funcionarios, hombres que compran mujeres, mujeres que venden a otras mujeres, leyes de honor, una agresividad sin cuestionamiento y una sociedad ansiosa de todo beneficio, de toda bajeza, que tolera y disfruta del prostíbulo mientras se escandaliza cuando toca hacerlo. A diferencia de las insaciables meretrices de ojos de cobre de García Márquez, o de los altivas e indomables trozos de carne en que las convierte Vargas Llosa, las mujeres prostituidas de Ibargüengoitia, niñas a menudo, no se presentan como casos excepcionales, cuando no como trabajadoras voluntarias. No, en estas muertas no acabamos de saber por dónde aparecerá el monstruo porque en esta historia, como en la realidad, el monstruo nunca camina completamente solo.

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