Opinión

Los socios de Sánchez: malditos pelmazos

Pedro Sánchez, durante la clausura del Congreso del Espacio 2026, este miércoles, en Madrid.
Pedro Sánchez, durante la clausura del Congreso del Espacio 2026, este miércoles, en Madrid.
EFE/ Sergio Pérez
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Acierta el PP en rechazar la moción de censura que demanda Vox contra Pedro Sánchez en plena escandalera zapateril. Los votos no dan, en efecto, y, mientras tecleo, todos los socios del Gobierno, sin excepción, prefieren mantener a un Ejecutivo que, como un zombi, camina sin rumbo, hediondo y voraz, antes que propiciar un cambio que, en caso de producirse, se atisba exento de misterio: hoy por hoy, ya sea gracias a una moción, ya sea tras un adelanto electoral harto improbable –mas no imposible: la imputación del expresidente socialista lo cambia todo–, Alberto Núñez Feijóo sólo arribará a la Moncloa con el apoyo, interno o externo, de Santiago Abascal y de sus cruzados.

Los socios de Sánchez son un maldito pelmazo. No soporto a estos caniches desdentados, tendentes al ladrido penetrante, irritante y cansino, cuyas sobreactuaciones son cercenadas en cuanto sus mayores, es decir, el presidente del Gobierno o uno de sus validos políticos y/o mediáticos, se hartan, enrollan el periódico y les golpean en el hocico, como a mascotas malcriadas que, a la hora de la verdad, saben quién manda; quién, como le toquen las pelotas, les puede mandar a dormir fuera de la casa, donde llueve y hace frío.

Me congratula que Sumar, Podemos, Compromís, PNV y derivados se enfrenten a un horizonte electoral tan oscuro y profundo como la fosa de las Marianas. No porque sean de izquierdas, de derechas o mediopensionistas: como a todos ellos, la ideología me la trae al pairo. Lo que me irrita es su histrionismo hueco e impostado. Su nula capacidad de sorprender. Que les pierda, de un modo tan barato y obsceno, el instinto de conservación: el juez José Luis Calama imputa a Zetapé por los presuntos delitos de tráfico de influencias y blanqueo de capitales y, como un coro uniforme de psitaciformes, al unísono claman LOFER, LOFER –lawfare, quiere decirse–. El servilismo se paga, mientras que su ausencia aporta beneficios. Que pregunten a la peña de Adelante Andalucía.

Cabe reconocer que, si bien se parecen, no todos los socios son iguales. Hay ligeros matices que les diferencian. Vale, sí: todos, sin atisbo de duda, acabarán apoyando a Sánchez pase lo que pase, pero algunos, al menos, se reconcilian hasta cierto punto –no de obra, sí de palabra– con la realidad, mientras que otros miran hacia otro lado, como la diputada del “partido más inmoral” (Pérez-Reverte), Maribel Vaquero: “Nos mantenemos a la espera. Vamos a ver cómo se desarrollan los hechos”. No conviene arriesgar la Lehendakaritza, que Bildu ronda muy cerquita.

El escepticismo ha brotado en la cofradía de los Semper Fidelis. Enrique Santiago, diputado, secretario general del PCE y asesor jurídico de las FARC, consideró que el auto de Calama “no huele bien”; la secretaria general del partido en el que manda Pablo Iglesias, Ione Belarra, señaló, con razón, que “al Gobierno se le está poniendo muy cuesta arriba, porque, de confirmarse toda la información, es evidente que esto no se puede hacer sin el Gobierno de España”; el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, pasó de atribuir el martes la imputación al lawfare, a Manos Limpias y a Iker Jiménez, a llorar como un galán de telenovela desengañado en la sesión de control: “Si esto es verdad, es una mierda; si es mentira, es una mierda aún mayor”; la diputada de Compromís, Àgueda Micó, ya no ve “tan claro que haya lawfare”, y así. En fin, mucho ruido y lo que sigue. Cualquier bodrio cinematográfico de Eduardo Casanova da menos pereza que ellos.