Opinión

Marjane Satrapi y las voces silenciadas de Irán

La historietista y pintora Marjane Satrapi, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
La historietista y pintora Marjane Satrapi, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
EFE/ Paco Paredes
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La reciente muerte de Marjane Satrapi a los 56 años ha conmocionado a quienes conocen su obra. La artista franco-iraní es la autora de Persépolis, testimonio imborrable de la Revolución Islámica de 1979 vista con los ojos de una niña, que fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias. Se lo regalé a mi nieta por Navidad, por cierto. Su muerte llega en un momento en que el Gobierno de Irán continúa reprimiendo con violencia a su propia población, mientras buena parte de la izquierda occidental permanece extrañamente callada. Persépolis no es solo una novela gráfica. Es un relato autobiográfico crudo y honesto que muestra cómo una familia realmente progresista y culta de Teherán ve desmoronarse su mundo. La pequeña Marjane asiste atónita al triunfo de los islamistas, al cierre de las universidades, a la imposición obligatoria del velo y al estallido de la guerra con Irak.

Con humor negro y una sensibilidad extraordinaria, Satrapi retrata el cambio profundo que experimenta su país: de una sociedad en modernización a un régimen teocrático que reprime la disidencia, ejecuta opositores y controla hasta el último detalle de la vida privada. El libro, adaptado luego al cine con gran éxito, se convirtió en referencia global precisamente porque humaniza el drama iraní sin necesidad de discursos grandilocuentes. Satrapi encarnó en su vida y obra lo que significa crecer bajo la represión política y la guerra. Exiliada en Europa, nunca dejó de denunciar el fanatismo que destruyó las esperanzas de una generación. Su voz se une a la de otras mujeres valientes que, dentro y fuera de Irán, han pagado un precio altísimo por exigir libertad.

Viñeta de 'Persépolis'
Viñeta del cómic ‘Persépolis’, de Marjane Satrapi

Hoy, mientras el régimen iraní masacra manifestantes, ejecuta presos políticos y ahoga cualquier atisbo de disidencia, su ausencia recuerda que las voces críticas contra el islamismo político han sido sistemáticamente ignoradas o minimizadas en muchos círculos occidentales. Causas internacionales que permiten señalar a Israel o a Estados Unidos como culpables principales movilizan multitudes, hashtags y portadas. Sin embargo, cuando las víctimas son iraníes —mujeres que se quitan el velo, jóvenes que piden libertad, trabajadores que protestan por unas condiciones inhumanas— el silencio es ensordecedor. Ningún conflicto civil parece interesar si no encaja en el esquema del “imperialismo occidental”. Las masacres en Irán no despiertan la misma indignación selectiva que otras tragedias.

Ciudadanas iraníes pasan junto a una valla publicitaria que representa al difunto líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei.
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

En este contexto adquiere especial relevancia el testimonio de Mariam Namazie, fundadora de Ex Musulmanes de Gran Bretaña y una de las voces más valientes del exilio. En la conferencia “Free Expression and Consciousness” celebrada en Londres en julio de 2017, Namazie recordó una realidad incómoda: “Hay que defender el derecho de poder abandonar el Islam, de poderlo criticar, especialmente si esta es una razón para matarnos”. Denunció que 13 países bajo ley islámica castigan el ateísmo con la pena de muerte y explicó cómo el terror paraliza cualquier crítica interna. Su lucha por la libertad de conciencia, expresión y apostasía conecta directamente con el espíritu de Persépolis: la defensa de la individualidad frente al totalitarismo religioso. Las mujeres iraníes han sido protagonistas de esta resistencia. Desde las protestas masivas tras la muerte de Mahsa Amini hasta las manifestaciones diarias contra la policía moral, demuestran un coraje extraordinario. Satrapi, Namazie y tantas otras —periodistas, artistas, activistas— representan una tradición de disidencia que el régimen intenta borrar. Su obra y sus palabras recuerdan que la Revolución Islámica no liberó a Irán: lo encadenó a una ideología que sacrifica vidas en nombre de Dios y del poder.

Rindamos homenaje a Marjane Satrapi y a todas las mujeres valientes de Irán que se niegan a callar. Su legado exige coherencia moral: la defensa universal de los derechos humanos no puede depender de conveniencias geopolíticas ni de narrativas simplistas. Mientras en Teherán se apaga la vida de quienes sueñan con la libertad, el silencio cómplice de muchos en Occidente traiciona los valores que dicen defender. Persépolis sigue siendo un recordatorio urgente: la historia personal de la opresión debe iluminar la conciencia colectiva. Ignorarla es condenar a nuevas generaciones al mismo velo de miedo y silencio.

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