Opinión

Marruecos: una economía de dos caras

Marroquíes cruzando a Ceuta.
Miles de personas en la frontera entre Castillejos (Marruecos) y Ceuta
EFE
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Los sucesos intolerables de estos días viendo como decenas de miles de personas -las cifras oficiales hablan de 72.000- procedentes de Marruecos invadían el territorio español de Ceuta ante la pasividad incomprensible de nuestro Gobierno de progreso me retrotrae inmediatamente a la Marcha Verde de 1975. Como tantos otros jóvenes de aquellos años, que nos encontrábamos a las puertas de ingresar al servicio militar, veía lleno de inquietud como el rey Hassan II lanzó una horda de 350.000 civiles y militares para ocupar el Sahara, la 53ª provincia española. El régimen decadente y desconcertado de Franco no fue capaz de aguantar el desafío y cobardemente claudicó. Era noviembre de 1975, con Franco a punto de pasar a mejor vida, y en febrero de 1976 España ya se retiraba del Sahara sin honores.

Melilla pertenece a España desde el siglo XV y Ceuta desde el XVII. El Reino de Marruecos se constituyó en 1956, gobernado por la dinastía alauita, tras una prolongada etapa como protectorado conjunto de España y Francia. Marruecos no ha cejado en reclamar su soberanía sobre las dos plazas españolas, pese a sus escuálidos argumentos históricos y jurídicos.

Por tanto, no es de extrañar que muchos analistas vean en esta invasión de Ceuta un aviso a navegantes de la capacidad de Marruecos para hacer cumplir sus objetivos. Las modernas guerras híbridas son así. No se encuentran las armas y no hay forma humana de atribuir responsabilidad. Pero resultan enormemente dañinas para las potencias que las sufren.

Pero no voy a seguir por esos derroteros, me voy a centrar en la parte económica de esta paradójica situación. Marruecos está viviendo un estallido económico, pero su juventud no encuentra una realidad que les permita ver un horizonte hasta el extremo de poner en serio riesgo su vida para ganar otra hipotética en Europa.

Marruecos está inmerso en los preparativos de la Copa Mundial de Fútbol de 2030, junto a España y Portugal, disputando a Madrid el escenario de la final. Está edificando un monumental Estadio Hassan II en Casablanca, reformando los aeropuertos de Rabat, Casablanca y Agadir, ampliando su red ferroviaria Al Boraq de alta velocidad, levantando la “autopista del agua” para su trasvase y la monumental desaladora de Casablanca, construyendo la autopista Donald Trump que unirá el norte y el sur y el megapuerto de Dajla, a la vez que el gasoducto con Nigeria y la gigafactoría Gotion Power. Impresiona la relación.

A lo largo de estos últimos quince años se ha consolidado como una de las economías más dinámicas del norte de África. Estabilidad política, estado férreo, acercamiento a Estados Unidos e Israel, apertura comercial, bajos costes salariales, atracción de la inversión extranjera y desarrollo de las infraestructuras están detrás de este nuevo Marruecos. Ya no es un país que vive sólo de la agricultura y el turismo. Ahora posee una industria prometedora, con gran participación de la automoción, cuya producción se acerca al millón de vehículos y fuerte presencia de Renault y Stellantis. Pero también de sectores como el aeronáutico, la energía renovable y el químico. La agricultura emplea a un 30% de la población activa mientras el turismo supone cerca del 8% del PIB, al recibir a 17,5 millones de visitantes y proporcionar trabajo a medio millón de personas. Las remesas, esa fuente de recursos para los países en desarrollo, representan alrededor de otro 8% de su PIB, recibidas principalmente por su emigración en Francia, España e Italia.

No obstante, la comparación de sus cifras macroeconómicas con cualquier potencia media europea ofrece la realidad de un país pobre. Su PIB se sitúa en unos 175.000 millones de dólares y una renta per cápita de unos 4.500 dólares. Su crecimiento está siendo bueno, fue del 5% en 2025 y se espera que supere el 4% en este ejercicio, con una inflación contenida en un 1%. La deuda pública es elevada para un país de su potencial, al fijarse en un 70% del PIB. El desempleo se estima en un 13%, alcanzando el juvenil a un 30%. “Las familias gobernantes de Marruecos poseen una gran riqueza, y tal concentración de poder limita las posibilidades de acceso a los recién llegados. La clase media está creciendo, pero no a un ritmo lo suficientemente rápido”, apunta un informe de CIBOD

La población de Marruecos se sitúa por debajo de los 40 millones de habitantes, con una esperanza de vida de 77 años y una tasa de alfabetización del 80%. En estas últimas décadas, se ha reducido la pobreza extrema, se ha ampliado el acceso a la educación primaria y secundaria y se ha mejorado la cobertura sanitaria. Pero la desigualdad es el epíteto que define al país. La tiene territorial, entre las grandes ciudades y las zonas rurales; la sufre de ingresos, pues la mejora de las clases medias urbanas no se ha visto extendida a las familias rurales; la experimenta las mujeres, por sus diferencias con los hombres en trabajo, salarios y promoción, y la padece los jóvenes, pues tienen enormes dificultades para encontrar empleo y vivienda. “Marruecos es un país de desigualdades flagrantes, como muchos lugares del mundo actual, lamentablemente, pero el aumento de las disparidades adquiere un ritmo cada vez más aterrador”, escribe el analista Zaynab El Bernoussi en “Política Exterior”.

El gran problema lo presenta la juventud, esa misma que se lanza consciente o inconscientemente a invadir Ceuta. Un informe del Banco Mundial señala que desde el año 2000 la población en edad laboral aumentó un 47%, pero el número de empleados sólo lo hizo un 20%. En 2025, de las 400.000 personas que llegaron a la edad de trabajar sólo 177.000 obtuvieron un empleo. Muchas actividades se desarrollan en la informalidad, sin contratos ni obligaciones, trabajando el 40% de los titulados superiores en puestos que no exigen cualificación. Por esto no es de extrañar que más del 50% de la juventud marroquí esté dispuesta a marcharse, aunque sea en condiciones de irregularidad.

Marruecos conoce un gran despegue económico, auspiciado por proyectos de envergadura. La fortaleza de su política exterior está respaldada por la cercanía con los Estados Unidos. Nombrar a su mayor autopista Donald Trump no es un dato anecdótico. Está llamado a convertirse en el puente entre Africa y Europa, con un fuerte respaldo americano. Pero al mirar hacia adentro aparece un país dominado por unas lacerantes desigualdades y unas enormes dificultades para que la juventud, en especial la alejada de las grandes urbes, halle un futuro que responda sus ambiciones. Por eso, se arrojan al mar; por eso, invaden Ceuta.

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