A mi querido cuñado Manel Palmeiro, que habita en el otro lado del espejo.
A mí me sucede con Argentina lo que a Jorge Luis Borges con Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; /será por eso que la quiero tanto”. Le rezo a un argentino: al papa Francisco, el papa villero; leo a un argentino: al bardo ciego bonaerense, ese otro Homero, e idolatro a un argentino: al futbolista que ocupa, junto a Rafa Nadal, los altares de mi alma de hincha. No sé la razón de este auténtico triunvirato porteño que rige mi vida, de esta auténtica trilogía argentina, tal vez sea porque soy gallego y ser gallego es otra forma de ser argentino.
La derrota en la final del Mundial ante España, mi España, ha sumido a la nación que acogió durante décadas a miles de paisanos míos con los brazos abiertos en un estado de depresión colectiva que quiero ayudar a superar. Es lógico el disgusto, la desilusión, la tristeza, pero no un victimismo incomprensible ni una delirante paranoia conspiranoica: Argentina no disparó en los noventa minutos reglamentarios ni una sola vez a la puerta de España. Unai Simón sudó menos en la portería española que Gianni Infantino en el palco, arrodillándose ante Donald Trump. La victoria fue incontestable para todo el mundo, incluido el imparcial marido de Melania. Es lógica la decepción, pero también un legítimo orgullo. La albiceleste tiene mucho de lo que enorgullecerse: el subcampeonato, la sobrenatural actuación de Messi y los versos de Borges, siempre Borges: “Yo sé (todos lo sabemos) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”.

El Mundial ha demostrado, por enésima vez, que el fútbol no es que sea otra religión, es que es la única religión universal y verdadera. Una religión que tiene en la patria de Jorge Mario Bergoglio, el Papa de los que sufren, la cuna de tres de los cinco pontifices maximi de su historia: Di Stéfano, Pelé, Maradona y Messi. El quinto, el quinto Beatle, que elija cada uno el que quiera. Yo elijo a Ronaldo Nazário de Lima, la sonrisa del mundo. El Mundial (con la portentosa actuación de Lionel Messi a sus treinta y nueve años) también ha demostrado que el rey de reyes, el GOAT, es argentino : ¿Messi o Maradona? El debate está abierto y la polémica promete ser formidable en los cafés porteños. Del Perón sí, Perón no, del ¿Menotti o Bilardo?, vamos a pasar a discutir si La Meca del fútbol es Rosario o Buenos Aires.
La disputa entre Lionel y Diego es la disputa entre lo cuantitativo y lo cualitativo, entre los números y las letras, entre la prosa y el verso; es la disputa entre la razón y el corazón, entre la perfección y la emoción, entre Aristóteles y Platón . La disputa entre Messi y Maradona es, en definitiva, la batalla entre el deporte y las Artes. Messi es Michael Jordan, Usain Bolt y Michael Phelps; un hombre derrotando a los rivales y a la historia. Maradona es Frank Sinatra cantando My Way, Marlon Brando interpretando a Vito Corleone y sir Roger Federer danzando en la hierba sagrada de Wimbledon; Maradona es un hombre pasmando a los rivales y parando la historia, parando el tiempo.
Unos dirán que Messi tiene más títulos; otros, que Lionel jugó en el mejor Barcelona de la historia y Diego, en cambio, en un Nápoles segundón al que no solo hizo campeón, sino que regaló la ciudadanía italiana a todo el Mezzogiorno. Unos dirán que la carrera de Messi fue infinita; otros que darle una patada a Lionel estaba penado en el Código Penal español y en el de la FIFA y, en cambio, el desembarco de Normandía fue una broma comparado con lo que Diego sufrió en los campos de fútbol. Unos dirán que uno fue el mejor por el día; otros, que el otro fue el mejor por las noches.
El mundial que acaba de concluir da la respuesta a la gran pregunta metafísica de nuestro tiempo. El fútbol es un deporte de equipo donde el conjunto está siempre por encima de las individualidades. Ni la Argentina de Messi, la Francia de Mbappé o el Portugal de Cristiano pudieron con la España de Luis de la Fuente. Los equipos los hacen los hombres, no los nombres. Únicamente en una ocasión memorable un futbolista ganó él solo un Mundial. Fue en México, en 1986, donde Maradona dio vida al verso de Borges: “Fue muchos hombres. Fue el cantor y el coro”.
Los griegos que son los padres de todo, los padres de toda la cultura occidental siempre conocieron la respuesta: Lionel Messi es el mejor futbolista de la historia, pero Diego Armando Maradona es Dios jugando al fútbol; por eso, en el Olimpo, Messi se cambia en los vestuarios de los mortales y Maradona en el de los inmortales.
Resuelta la gran pregunta, la madre de todas las preguntas, tengo que hacer una confesión a mis lectores: no solo los políticos cometen errores, los escritores también los cometemos, incluso más graves. En mi artículo Le football c´est moi, donde divagaba sobre el fichaje de Mbappé por el Real Madrid, hablé también sobre Maradona. Hoy descubro mi gran equivocación y voy a tratar de salvarla, colocando esas palabras, definitivamente, en el lugar que les corresponde. Mi apasionada letanía maradoniana tiene que cohabitar con un canto a Lionel Messi, porque solo él está a su altura, porque solo él es lo mismo que Diego: “Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino”, como canta Borges, siempre Borges. A Messi, que supo vivir con su sombra y vencerla, le dedico yo esta Milonga de Maradona:
«Todos los dioses del fútbol han jugado en equipos de leyenda. Todos menos uno, que lo hizo él solo, Solo ante el peligro, como Gary Cooper. Émulo de Miguel Ángel que, en una tórrida tarde azteca, volvió a pintar la Capilla Sixtina. Caravaggio del regate. Camarón de voz y alma rotas, de noches infinitas. El pibe que convirtió el fútbol en otra religión monoteísta.
El más grande de todas las épocas, de todos los tiempos, de todos los siglos. Mellizo inmortal de Nadia Comaneci: la mujer 10, el hombre 10. Príncipe y mendigo. Rebelde sin causa. Gardel infinito que cantó el tango más triste, el tango más hermoso: “La pelota no se mancha”, la piedra Rosetta del fútbol. Borges ciego para la vida. Borges luminoso y deslumbrante para los laberintos y espejos de los estadios y del balón. “Si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista… Soy un jugador que le ha dado alegría a la gente y con eso me basta y me sobra”. El ruido y la furia. El tormento y el éxtasis. Robin Hood de su alma, que solo se hizo daño a sí mismo y que nos hizo inmensamente felices a los demás.
Evita Perón de los descamisados y de los de traje y corbata. Evita de la camisola albiceleste a la que zurció en los altares de la eternidad. Evita que hizo llorar de emoción a toda Argentina. Esplendor en la hierba. Zurda mágica que mostró que la derecha solo sirve para apoyar y gobernar… ¿o no? Gaucho incansable que, con las únicas armas de su talento, su genio y su duende, demostró a los ingleses y al mundo entero que las Malvinas son argentinas.
El único enfermo con el que no se tuvo misericordia, el único enfermo al que no se perdonó su enfermedad. Un enfermo adicto a la vida y alérgico a la mediocridad. Príncipe de las tinieblas. Su satánica majestad. Titán que convirtió La Bombonera en la barra brava del Olimpo. Dios del fútbol que tiene a un Papa (el padre Jorge) de monaguillo. “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”. Cumbres borrascosas. Genio maldito. Baudelaire de los campos de Las flores del mal. El hombre que se creía Maradona».

