Ningún organizador, en ningún acto del mundo, deportivo, cultural, lúdico, presume del número de veces que ha intervenido un equipo médico o una ambulancia. Sin embargo, estos días hemos conocido que cerca de diez mil personas han pasado por el Punto Violeta de los Sanfermines, una cifra presentada como un éxito que nadie niega y que, sin embargo no deja de ser una paradoja.
El balance provisional de las fiestas que se cierran esta noche con el emotivo Pobre de mí enumera miles de consultas, información facilitada a quienes la han solicitado, acompañamiento y orientación. También incluye las denuncias por tocamientos y una violación investigada durante estos Sanfermines. El dispositivo ha funcionado, los protocolos se han activado, la respuesta institucional ha sido rápida y el agresor se encuentra detenido, pero lo que parecen buenas noticias se desinfla frente al objetivo.
El Punto Violeta nació para atender una necesidad concreta: que ninguna mujer se sintiera sola ante una agresión, un acoso o una situación de riesgo. Su existencia representa un avance indiscutible. Hace no tantos años, muchas víctimas ni siquiera sabían a quién acudir, cómo denunciar o qué derechos tenían y menos aún en el caos, la confusión y las circunstancias de una fiesta multitudinaria y proteica como San Fermín. Sería absurdo minusvalorar ese progreso, que ha permitido que hoy exista un espacio visible con profesionales formados y un procedimiento que evita que el daño se multiplique con la desorientación o la desconfianza.

Tan solo un recordatorio: cuando un recurso de ese tipo funciona dejamos de preguntarnos rápidamente, a una velocidad vertiginosa, por la causa por la que apareció, y empezamos a conformarnos con la eficacia del remedio. Las diez mil personas que acudieron a él no lo hicieron porque hubieran sufrido una agresión, sino que buscaban información, acompañaban a una amiga o querían saber dónde acudir si algo sucedía. Si eso sucedía.
Porque sigue sucediendo. Hemos incorporado a nuestro planificación de la fiesta la necesidad de localizar un lugar seguro, un espacio al que acudir si una mujer se siente intimidada, acosada o violentada, de una manera muy parecida a la que acotamos un puesto de primeros auxilios o una farmacia de guardia. Lo horrible como probable, la mitigación del daño como posible.

Los Sanfermines cambiaron para siempre desde la violación grupal de 2016. Aquella brutal agresión, más la revictimización posterior, obligó a revisar los protocolos, la legislación, la formación policial y nuestra conciencia social. El cambio ha sido enorme y, en muchos aspectos, ejemplar, pero existe una diferencia importante entre celebrar la eficacia de un sistema y resignarse a que ese sistema tenga que utilizarse permanentemente. Nadie desea que se llenen los hospitales, por imprescindibles que sean, nadie (y menos estos días, con sus terribles datos en Los Gallardos, el Matarraña y tantos otros focos) interpreta un incendio como una buena noticia porque la intervención de los bomberos haya sido impecable.
Ojalá los Puntos Violeta existan mientras sean necesarios, y cuenten con todos los recursos, la formación y el respaldo institucional, pero no confundamos nunca el éxito del dispositivo con aquello que la sociedad que lo necesita. El mejor balance de unos Sanfermines llegará el años el que el Punto Violeta apenas tenga trabajo. Ese día, que posiblemente no aparecerá en las noticias, será el que llevamos años esperando.

