Quiero un país a la altura de quienes están luchando por cambiarlo.
Estos días, las acampadas por la vivienda me han devuelto las ganas de esperar más. De exigir que nuestro trabajo nos permita pagar una casa y nos deje tiempo para vivir. Que podamos cuidar de quienes queremos sin agotarnos. Que miremos al futuro con ilusión porque sabemos que podemos mejorarlo. Quiero que esa confianza vuelva a unirnos. Que quienes hoy alzan la voz puedan reconocer mañana su esfuerzo en un derecho conquistado, en un alquiler que puedan pagar, en un barrio del que puedan seguir formando parte. La democracia tiene que hacer posible esa vida. Y nosotros tenemos el poder de exigirla y construirla juntos.
Hemos aprendido a recortar nuestros deseos para que quepan en lo que podemos pagar. A retrasar la vida, a irnos más lejos, a aceptar que el esfuerzo no basta. La emergencia habitacional tiene esa crueldad: te obliga a renunciar poco a poco y después te pide que lo llames madurar. Una generación que trabaja y sigue sin poder emanciparse tiene derecho a enfadarse. Y a exigir que su país responda.
Quiero que una casa vuelva a significar que puedes quedarte. Que puedes conocer a tus vecinos, ver crecer a tus hijos y envejecer cerca de quienes te quieren. Que una niña se despida de sus amigos al terminar el curso sabiendo que volverá a encontrarlos en septiembre. Que una persona mayor pueda seguir viviendo en su barrio. Eso defendemos cuando reclamamos vivienda pública y protección frente a las subidas que nos expulsan de casa: la posibilidad de echar raíces y de contar con otros.
Quiero que recuperemos tiempo para esa vida. Para acompañar a alguien sin mirar continuamente el reloj. Para descansar sin culpa y participar sin tener que elegir entre cuidar a nuestros hijos y defender su futuro. Los cuidados hacen posible que este país funcione; tenemos que repartirlos y sostenerlos entre todos. Ganar tiempo para encontrarnos, escucharnos y hacer algo juntos es ganar también la libertad de implicarnos.
Quiero que mis hijos puedan mirar el mundo con curiosidad. Que conozcan un bosque por sus árboles y sus animales antes que por el miedo a verlo arder. Que disfruten de un verano sin que nos preguntemos cuánto calor tendrán que soportar cuando sean mayores. La emergencia climática exige actuar ahora. Podemos proteger el mundo en el que vamos a seguir viviendo y hacer que la transición ecológica mejore nuestras vidas, acompañando a quienes más apoyo necesitan.
Quiero que volvamos a contar con los demás. Que quien pierde el trabajo, necesita cuidados o teme quedarse sin casa encuentre una comunidad a la que acudir. Una sociedad se hace más fuerte cuando alguien descubre que su problema importa también a otros. Podemos reconocernos en la preocupación de quien acaba de llegar y de quien lleva aquí toda la vida. Ninguna salida merece llamarse solución si consiste en dejar fuera a quienes también necesitan protección.
Suturar la democracia empieza por reconstruir esa confianza. Por hacer que los derechos protejan cuando más falta hacen y que las instituciones respondan cuando alguien llama a su puerta. Quiero representantes que escuchen lo que contradice su discurso y defiendan decisiones que incomodan a quienes tienen poder. Garantizar una vida digna exigirá dedicar recursos y limitar privilegios. Hagámoslo. El mandato de quienes gobiernan debe medirse por las vidas que consiguen mejorar. No por los votos que consiguen rascar.
Creo en quienes se organizan incluso cuando están cansados. En quienes encuentran un rato para ayudar a otra persona y descubren que juntos pueden cambiar algo. La protesta necesita instituciones capaces de convertir esa exigencia en garantías. Y las instituciones necesitan una ciudadanía que siga implicándose cuando termina la campaña. Ahí hay esperanza: en comprobar que participar sirve para mejorar nuestras vidas.
Llevemos esa esperanza también a las urnas. Exijamos soluciones a la emergencia habitacional y un compromiso con el futuro que sobreviva a la campaña. Podemos discrepar y seguir reconociéndonos como parte de un país que merece nuestro esfuerzo. La democracia nos ofrece la posibilidad de decidir cómo queremos vivir juntos. Ejerzámosla con la ambición de quienes saben que todavía hay mucho por construir.
Suturemos la democracia para que vivir con dignidad esté al alcance de cualquiera. Para que podamos quedarnos en nuestros barrios, cuidar de quienes queremos y mirar al futuro con confianza. Para que cada derecho conquistado nos recuerde cuánto podemos conseguir juntos. Este país merece que demos un paso al frente. Convirtamos nuestra rabia en organización y nuestra esperanza en decisiones. Votemos y sigamos exigiendo al día siguiente. Que nuestra fuerza se note en las leyes, en las instituciones y en la vida de quienes hoy sienten que nadie cuenta con ellos. Tenemos derecho a esperar más. Y tenemos poder para hacerlo posible. Hagamos de este país un lugar en el que podamos vivir mejor, juntos. Suturemos la democracia.

