En las guerras carlistas, los boinas rojas, cuando se encaminaban al combate, cantaban: “Cálzame las alpargatas, / dame la boina, dame el fusil. / Que voy a matar más guiris / que flores tienen mayo y abril”. De esta manera tan alegre y simpática, los defensores del Antiguo Régimen, los enemigos mortales de la libertad política y de la igualdad entre las personas, designaban a los liberales. La palabra guiri procede del vascuence (perdón, del euskera), y era una forma despectiva de referirse a los cristinos, es decir, a los liberales partidarios de la reina María Cristina.
Este vocablo despreciativo nacido en el siglo XIX volvió a ponerse de moda con el boom del turismo en la España de la década de 1960, si bien esta vez se referirá a los extranjeros, pues el desconocimiento de idiomas de la mayoría de los españoles les llevaba a decir que, cuando hablaban los turistas, formaban un guirigay, al expresarse con una lengua difícil de entender. Luis Carandell, en su genial libro de retales Celtiberia show, publicó una foto de la pizarra de un bar de aquella época donde podía leerse la siguiente frase escrita con tiza: “Se hablan idiomas por señas”.
El eslogan Spain is different! fue acompañado por campañas publicitarias en prensa, cine y televisión para enseñar a los españoles a tratar con respeto a los extranjeros que venían a nuestro país en busca de una nueva tríada capitolina: sol, sangría y olé. Estos anuncios —entre naif y pop—, que pueden verse en internet, trataban de desasnar a la población autóctona en el sentido de cuidar la limpieza de las calles y mostrarse educada con los turistas, considerados un maná, una gallina de los huevos de oro. Además de que la industria turística se convirtió a partir de entonces en el sostén económico del país, el contacto con los extranjeros modernizó a velocidades supersónicas las mentalidades de las generaciones más jóvenes españolas. El éxito colectivo de la Transición se gestó en buena medida merced al incremento del nivel de vida y el copieteo de las formas de vida de quienes venían a tostarse a nuestras playas.
Sin embargo, en los últimos años se ha gestado un movimiento de turismofobia, de rechazo a los guiris que, como una rugiente marabunta, invaden determinadas ciudades españolas, colonizan los medios de transporte públicos, obstaculizan la circulación viaria, fomentan la apertura de pisos turísticos, disparan el precio de la vivienda y, sobre todo, cometen actos vandálicos con sus vociferantes borracheras de hooligans, sus meadas en plena calle y la conversión de la noche en una barra libre de juerga y griterío.
Vamos por partes. Orden en la sala. A ver.
Me repugnan los comportamientos bárbaros de quienes nos toman por una especie de colonia y osan comportarse de una forma que no se les ocurriría en sus respectivos países, donde respetan una ley que aquí ignoran. Mas lo cierto es que, hasta no hace mucho, en muchos centros urbanos se organizaban multitudinarios botellones de elevados decibelios que emporcaban las plazas, y la policía local no se atrevía a prohibirlos porque la muchachada y parte de sus progenitores votaban y porque las copas en los bares y discotecas eran muy caras y, claro, los chavales necesitaban pimplarse su generosa y barata ración de alcohol, como si fuesen cosacos de las estepas rusas. Es curioso, los de mi generación, cuando estudiábamos en el instituto, suplicábamos a los profes que nos pusiesen los exámenes los lunes para poder estudiar el fin de semana (también salíamos y nos divertíamos a tutiplén, ¿eh?); y desde hace más de una década, si a los profesores se nos ocurre poner un examen un lunes, estalla un motín a bordo, una rebelión que, impepinablemente, se sale con la suya.
Asimismo, algunos barrios underground (estoy finolis y no los quiero llamar de marginalidad cutre) de Barcelona, por ejemplo, padecen problemazos de delincuencia y degradación que los convierten en una olla exprés. Pero hay quienes, ¡halehop!, los conceptúan como barriadas contraculturales que, por supuesto, no serán recorridas por los pancarteros turismofóbicos. Y es que, al parecer, los problemas los traen en exclusiva los guiris que vienen a soltar guita.
Detesto la violencia gratuita, la chulería y ampararse en la masa para ofender. En el caso del affaire guirilandia, me pasmo al ver a manifestantes que insultan a los turistas mientras éstos consumen algo tranquilamente en el velador de una cafetería, que los rocían con pistolas de agua o que hacen pintadas exhortándolos a largarse. Los turismófobos pretenden imponer una suerte de númerus clausus de visitantes, gravarlos con más impuestos, hacerles pagar más caros los billetes de transporte urbano —o directamente impedirles su uso—. Me fascina cómo muchos de estos concienciados manifestantes parecen tener injertado un megáfono en las cuerdas vocales, pues hablan a gritos y con gesto crispado, como si, en el fondo, a estos savonarolas les fastidiase y soliviantase la alegría de vivir de los demás y, también, la democratización de los viajes: que el darse un garbeo por otras ciudades, paisajes y países esté al alcance de cualquiera, aunque se trate de personas humildes que han ahorrado para darse un capricho o cumplir un sueño.
Todos somos guiris.
Todos cogemos un avión (no pocas veces, una aerolínea de bajo coste) para viajar en un pispás por el mapamundi. En el cogollo de Londres, Roma o París, nos mezclamos con otros guiris y les fastidiaremos la vida a los londinenses, romanos y parisinos por copar sus calles y fotografiarnos delante de sus monumentos, llenar sus bares y casas de comida, comprar en sus tiendas de barrio y subirnos a sus buses, metros y tranvías.
¿O es que los pancarteros turismófobos y sus hijos nunca han volado en Ryanair ni han salido del perímetro de sus barrios? ¿Nunca han sido guiris? ¿Jamás se han montado en un metro extranjero o de otra ciudad española, quitándole la plaza a los obreros, pues se trata de su medio de transporte habitual?
Si nos miramos en el espejo, todos tenemos cara de guiris.

