El otro día, con mi compadre Carlos H. Vázquez, me planté en el Toni 2, el legendario piano-bar madrileño sito en la calle Almirante donde, hace más de quince años, le rompieron dos costillas a Hermann Tertsch. El Toni 2 era, hasta no ha mucho, un oasis de diversión, un abrevadero permanente –sobre todo de periodistas–, un pasadizo al país de las Maravillas en el que te podías encontrar a Soraya Sáenz de Santamaría desgañitándose por Rocío Jurado. La evolución del lugar se asemeja bastante a la de la capital del Reino. En 2013, la entrada con consumición costaba diez euros; en 2023, quince; la semana pasada, nos clavaron veinte. El perfil de los clientes también ha mutado: los parroquianos y las “gentes de cien mil raleas” (Serrat), de toda raza, condición y extracción social, han dado paso al predominio innegable de los latinoamericanos ricachos, sobre todo, mexicanos. Los pianistas que antes interpretaban canciones de los Beatles o de La Oreja de Van Gogh rara vez salen de Luis Miguel o de José Alfredo.
Este lunes, ya lo saben, me encontré con Marwán en la acampada de Sol. Talentoso cantautor y buen amigo, Maru, aparte de lamentar el terror inmobiliario que padecen no pocos españolitos, denunciaba en Artículo14 que “Madrid y otras muchas ciudades se han convertido en un parque de atracciones para turistas, mientras echan a los ciudadanos que llevan décadas y décadas viviendo en sus casas”. Algo parecido me contó hace unos años Daniel Bernabé, en una entrevista que le hice por su novela Todo empieza en septiembre (Planeta, 2023): “Esta ciudad –refiriéndose a Madrid– ha sido, sobre todo, su gente. (…) Y el gran problema, y por eso creo que está desapareciendo Madrid, no es tanto por las habitaciones turísticas o los especuladores. Esto importa, pero importa más cuando la gente viene al centro de Madrid a echarse fotos en sitios que han abierto con lucecitas: ahí es cuando estamos perdidos. Últimamente, paseo por el centro de Madrid y no sé si es un escaparate turístico o una ciudad”.
El desahucio de Maricarmen Abascal ha colocado en el escaparate mediático, agarrándolo del cuello, un tema –el tema– que, para la peña de mi generación, en Madrid y en Granada, en Barcelona y en Vigo, es un abrojo espinoso, permanente y metastásico. Desde diciembre de 2024, según el CIS, no hay mayor problema para los españoles que la vivienda. En España, de media, una casa que hace diez años costaba 200.000 euros hoy cuesta 150.000 lereles más; según la serie histórica de Idealista, el precio medio del alquiler pasó de 8,4 euros/metro cuadrado en diciembre de 2016 a 15,1 euros/metro cuadrado en agosto de 2026. Los hunos apuntan a los fondos buitre, a los grandes tenedores y, en definitiva, al “rentismo”; los hotros defienden que la solución pasa por construir más, liberar suelo y desregularizar. Qué sé yo. Mas sí creo –y digo creo, no sé– que la cosa, como los monstruos de Temblores, se desplaza bajo tierra, carnívora e indomable; que su naturaleza es harto compleja, y que su comportamiento es instintivo e inevitable: el desahucio de una señora de ochenta y siete tacos de calendario, allende detallitos y trapazas, encaja perfectamente en el signo de estos tiempos de ciudades para instagrameros y derivados. “¿Cuál es el problema –planteó el papa León XIV– en el sistema que permite que una anciana sea echada de su casa?”. La respuesta, amigo mío, está soplando en el Toni 2.

