Un faro es una torre enorme, solitaria, que alumbra y sostiene el porvenir de los marineros. Un faro es una referencia en la bruma, una mano que guía en la sombra, una luz que indica dónde está la tierra, que marca las coordenadas de la seguridad de los que andan en la mar, a la merced de los caprichos de la marea, ese ente voraz que cambia en segundos, que se embravece y deja a los que lo transitan en la suerte del peligro y de la incertidumbre. Por eso cuando se apaga un faro, cuando ya no se ve la sombra de sus haces, de esas vueltas luminosas y graduales, los que dependen de él quedan expuestos, completamente vendidos y huérfanos.
A José Luis Rodríguez Zapatero el Partido Socialista de Pedro Sánchez no solo lo rehabilitó como actor político, sino que lo nombró el faro moral y espiritual de la izquierda española. De hecho, gran parte de los satélites mediáticos que se dedican a tocarle las palmas a este Gobierno armaron un relato en el que se le presentó como el gran héroe de los comicios del 23 de julio, como el revulsivo imprescindible que ayudó a que Sánchez no se hundiera y pudiera alcanzar la segunda plaza para optar a ese pacto contra natura que hoy le mantiene en el poder.

De ahí, de esa narrativa del maestro que vuelve y se mete en campaña para ayudar a su sucesor a frenar a la turboultrameganaziderecha, nace el ensayo de la perplejidad y el inmenso ridículo que lleva perpetrando la izquierda de este país desde que la UDEF, la Fiscalía Anticorrupción y la Audiencia Nacional destaparan la verdadera cara del inefable Zetapé. La cara de la avaricia de un tipo que predicaba lo contrario que hacía, que blanqueaba dictaduras, que actuaba como un comisionista cualquiera que se aprovechó de su posición para hacer negocios oscuros.
José Luis Ábalos, antigua mano derecha de Pedro Sánchez, hoy en prisión, antes de ir a la trena contó que su caída dentro de la organización coincide y viene provocada por el ensalzamiento de Zapatero. Es muy llamativo como el presidente del Gobierno siempre ha ido laminando a sus estrechos colaboradores para poner a otros, que han terminado igualmente entrampados. De Ábalos, a Santos Cerdán, de Santos Cerdán a Zapatero. A todos los defendió en su día. A Zapatero lo sigue defendiendo hoy. Igualmente sorprendente es que todo ha sido una inventada hasta que se ha demostrado lo contrario, y como han sido incapaces, desde Ferraz y desde Moncloa, de explicar por qué están en manos de personajes como Aldama, con quien la mujer del presidente se reunía para hacer negocios, o de Leire Díez, que trataba con Santos Cerdán y más miembros del Gobierno, y cuya principal función era torpedear las investigaciones judiciales, ejerciendo torpemente el chantaje y la extorsión a servidores públicos.

Este martes, Julito Martínez, su socio y antiguo amigo, lo delató a él ante la Justicia y desmontó las coartadas de negativa que el expresidente del Gobierno venía manteniendo hasta ahora. No se debe olvidar que días antes de que Martínez fuera detenido, El Debate publicó que Zapatero y Julito se reunieron en mitad del campo, en un lugar sin cobertura, y con un amplio dispositivo policial custodiándolos. Zapatero está en un callejón sin salida, en el que también ha metido a sus hijas, implicadas desde el cobro de la ya célebre empresa What the fav.
El hombre de la ceja no puede explicar nada. Ni su relación con Julito, ni por qué éste dice que cobró el uno por ciento del rescate de Plus Ultra, ni el origen de las famosas joyas que se encontraron en la caja fuerte de su despacho. Han pasado ya más de cincuenta días desde aquella entrada y registro, desde aquel comunicado en el que Zapatero decía que aclararía todo a la mayor brevedad posible. Y la realidad es que no ha explicado nada, que los indicios son cada vez más firmes y su futuro más negro.

Cada vez lo defiende menos gente, pero el PSOE y los deslavazados escombros de una opinión sincronizada siguen defendiendo su inocencia. Han decidido inmolarse en la colina del sinsentido, la misma en la que reposan las teorías de lawfare, conspiración y toda esa morralla con la que intentan crear una realidad paralela. El Gobierno y sus satélites son como esos argentinos frustrados que están inventándose historietas para no aceptar que perdieron una final en la que no olieron el balón, en la que no tiraron a puerta. Y lo hacen porque están perdidos, porque navegan ya en una balsa que no resistirá el naufragio que está por venir. Y, para colmo, se han quedado sin faro. Ya no hay luz, ni al principio ni al final del túnel. Sigan, boludos, sigan.

