Hay algo inquietante en encontrar colgadas en un museo de Madrid variaciones sobre un paisaje junto al que una pasa, a veces, largas temporadas. En Vista de la viña o El Coto desde Sanlúcar reconozco ese lugar plasmado en la obra y, más que el propio lugar en sí, la luz o las distintas luces que lo bañan. Las emociones que me evocan. Esa perplejidad y fascinación por un sitio que contiene en sí mismo multiplicidad de paisajes, de colores y sombras. Un ser cambiante, dominado por el humor ciclotímico de las mareas, de los vientos y de los crepúsculos más salvajes que yo he contemplado.
El Museo es el Thyssen-Bornemisza de Madrid, y la exposición, Variaciones, de la pintora Carmen Laffón que se exhibirá hasta el 27 de septiembre. Quedan aún dos fines de semana para poder viajar a su mundo íntimo, a la naturaleza que esta mujer pintó durante toda su vida. Aunque sevillana de nacimiento, La Jara, en Sanlúcar de Barrameda, justo en la desembocadura del gran Guadalquivir y frente al imponente y misterioso Coto De Doñana fue el paisaje central de su obra.
En el año 2000 se convirtió en la segunda mujer en ingresar como académica en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Precisamente, dedicó su discurso de ingreso, titulado Visión de un paisaje, a estas bellas tierras y marismas que contemplaba desde su estudio.
Antes de saber todo esto, llegué a La Jara por casualidad hace unos tres años, a una casa alquilada para alimentarme de lo que significa ese sur *borgiano que tiene mucho de evasión y paraíso. Por un camino asfaltado, con la advertencia de que es privado, El Camino de la Caridad, se entra a un pasaje de casas con tapias asaltadas por buganvillas y adelfas gigantes. Entre ellas hay una de tapia baja, por la que, si te asomas, se ve una casa color sepia de grandes ventanales, unas hileras de viñas y lo que queda de un pequeño jardín y un invernadero. Es el estudio de la artista. Al lado, una casa blanca, su casa de la niñez, durante la que surgió la fascinación por este paisaje que habría de acompañarla toda su vida. Ella decía: «tengo mi viña, mis frutales, el mar, el Coto…». Parece un mundo pequeño a simple vista, pero solo hay que asomarse a los cuadros de Carmen Laffón para descubrir que es un mundo que se transforma. Durante décadas, la artista vuelve a la línea de tierra y dunas que es el Coto de Doñana desde su estudio, a los mismos armarios, cestos, cunas y montañas blancas de sal. La realidad cambia porque cambia la luz, la marea y porque cambiamos nosotros.
También los escritores regresamos obsesivamente a determinados lugares, recuerdos, personas y temas. Crear, crecer, es sobre todo regresar.
Hay artistas que inventan mundos y otros que consiguen que veamos por primera vez el mundo que tenemos delante. Que nos permitamos contemplarlo. Carmen Laffón pertenecía a los segundos.

