Hace diez años escribí un libro valiente. Se titula “Vivir después de matar” y recogía confesiones de terroristas de ETA que decidieron dar la espalda a la violencia, abandonar las armas y acogerse lo que todavía se conoce como la “Vía Nanclares”. Resumiendo se trababa de una fórmula de reinserción para miembros de ETA que decidieron romper con la banda y pedir perdón a sus víctimas a cambio de lo que se conoce como beneficios penitenciarios que recoge la ley estatal para todos los internos que cumplan condiciones. Y digo que el libro es valiente porque principalmente requiere lectores también valientes dispuestos a escuchar las historias de asesinos con muchos muertos a sus espaldas.
Más allá del dolor imposible de cuantificar después de tantas víctimas, este libro aborda cuestiones turbulentas, de muy difícil respuesta y que diez años después estamos viendo que siguen de plena actualidad tras los primeros permisos que se están dando en el País Vasco de etarras que llevan entre veinte y treinta años en la cárcel. ¿Puede reinsertarse un preso con delitos de sangre? ¿Debe una víctima tender su mano a quien busca redención? ¿Se trata de una nueva manera de entender el perdón? ¿Qué presión ejerce la gente sobre la familia de un supuesto “traidor”? ¿Realmente están arrepentidos o buscan beneficios penitenciarios? ¿Pueden rehacer su vida después de dos décadas asesinando? ¿Tenemos derecho como sociedad a no aceptarlos? ¿Es comprensible que nadie los quiera como vecinos o cuidadores de nuestros hijos? En definitiva, ¿se puede vivir después de matar?
ETA dejó las armas en el año 2011 y se disolvió en 2018 derrotada absolutamente por los demócratas y sin haber conseguido ni un solo de sus objetivos políticos. Esa es la verdad, por mucho que sectores de la derecha y de la ultraderecha se empeñen en negarlo con el único propósito de sacar rédito político. Igual que a Donald Trump no le importa demasiado el futuro de los iranies y solo busca intereses económicos a tenor de lo que estamos viendo en la guerra de Irán, los que defienden que ETA sigue viva solo buscan beneficio político. Atrás han quedado 50 años de terror, cuya expresión más atroz son sus 854 muertos aunque la memoria de las víctimas nos exige contar lo que realmente ocurrió para evitar que se repita. Por eso hay que aplaudir iniciativas como los testimonios que una veintena de víctimas han prestado durante los últimos tres años ante alumnos de secundaria y bachillerato en centros educativos de varias comunidades. Estos programas son vitales para deslegitimar el terrorismo y evitar que nadie utilice politicamente a los afectados. Creo que la sociedad siempre tendrá una deuda con las víctimas, sobre todo la sociedad del País Vasco y su testimonio es necesario para todas las generaciones que desconocen lo que no han vivido.
En los últimos días hemos conocido una veintena de cartas de presos etarras condenados por asesinato que confiesan que la reparación de las víctimas “debe ser un elemento central” para un futuro de paz. Esto era completamente impensable hace no tantos años. Las misivas las ha publicado el diario “El País” y son elemento indispensable para que la justicia pueda otorgar a los reos lo que se conoce como beneficios penitenciarios, que no es otra cosa que salidas de prisión durante el día o los fines de semana con presos cercanos al tercer grado, que hayan cumplido tres cuartas partes de su condena y que muestren arrepentimiento. Y eso que la primera vez que un expreso de ETA me aclaró por qué rechazan el término “arrepentido” dudé de que su voluntad de perdón para las víctimas fuera sincera. Su explicación me pareció muy simple, cargada de retórica porque simplemente me aclaró que el terminó en el terreno de ETA era tabú. Sin embargo en la Vía Nanclares, en el camino para dar la espalda a la violencia dentro de la cárcel, el arrepentimiento es prácticamente una cuestión formal. Una obligación que viene dada por el propio formulario para acogerse al programa. O te arrepientes por escrito o es imposible acceder a los beneficios penitenciarios que recoge la ley. Y esto genera varios interrogantes: ¿es sincero su perdón? ¿Se puede medir de alguna forma su disposición al cambio?¿Es suficiente arrepentirse cuando alguien ha hecho tanto daño? ¿Lo hacen desde el corazón o para conseguir los permisos penitenciarios que ETA les negaba?
El debate sobre la posibilidad de reinserción a los presos de ETA todavía perdura hoy en la calle. ¿Es bueno dar una segunda oportunidad a un etarra? ¿A una persona que una vez empuñó un arma e impuso con el miedo su voluntad sobre la del resto? ¿Hay que endurecer sus penas? La respuesta de hace diez años dista poco de la de ahora y confirma que hablamos de un dilema que no se ha resuelto porque aunque la Izquierda Abertzale ha dado pasos muy importantes de acercamiento a las víctimas los dirigentes más viejos que todavía continúan en puestos de responsabilidad dentro de la formación deben reconocer de forma inequívoca que ETA fue un grupo terrorista sin justificación alguna y condenar todo su historia criminal. Esto ayudaría a que desaparezcan de una vez de las calles de Euskadi los gestos de cercanía a ETA y a sus asesinos que todavía perviven y que suponen un dolor añadido a las víctimas.
A modo de resumen les diré que después de haberme sumergido en las aguas muy turbulentas de estos disidentes en “Vivir después de matar” creo que existe “justicia divina”. He tratado de entender que les llevó primero a ETA y que les hizo finalmente alejarse de ella. El resultado es impresionante en todos los sentidos de la palabra. Impresionantes los relatos personales con historias apagadas y muy tristes. Impresionante la memoria tan vaga que tienen de sus atentados, la poca personalización de las víctimas y su universo construido a base de dogmas. Impresionante lo que cuentan tras la salida de la cárcel, el descubrimiento de que la sociedad no es como creían y que ellos no son héroes, el reencuentro con su vida y la tristeza y desolación por el tiempo perdido. Lo que hicieron en su pasado además de inmoral fue totalmente inútil y ellos lo saben. La amargura de vivir en tierra de nadie, rechazado por los que aún quedan de los tuyos y por el resto de la sociedad a los que nos cuesta abordar este tema.
