El Gobierno ha conseguido diseñar dos autopistas paralelas para el combate político, independientes en lo electoral. Por una circulan las autonómicas; por la otra, Pedro Sánchez. Las elecciones andaluzas son la paradoja de cómo ganar perdiendo: de cómo seguir cavando en el peor resultado histórico de la federación andaluza y, aun así, reforzar la estrategia nacional gracias al batacazo de las expectativas del PP y a la pérdida de la mayoría absoluta de Juanma Moreno. En Ferraz nadie oculta que el socialismo andaluz arrastra un problema profundo: un partido desmantelado en lo orgánico, en la estrategia, en el liderazgo, en la campaña y en el proyecto político. El ADN PSOE, el andamiaje desde donde se levantó el partido, está hundido. Pero el gran titular —la pérdida de esa mayoría de Juanma Moreno, el “Andalucía se mete en el lío”— opaca la debacle socialista. Desde Moncloa, la lectura es en corto: Alberto Núñez Feijóo no llega y las elecciones generales siguen abiertas.
Andalucía cierra el ciclo de las autonómicas diseñado por el PP y las debilidades de Feijóo son las que quiere aprovechar Sánchez. Desde antes de las extremeñas, el presidente ya señalaba la estrategia en los corrillos. Contaban con perder, pero también con la incapacidad del PP para gobernar solos. Cada cita donde han convocado, gobierna VOX. Los de Abascal estaban fuera desde 2024 por decisión propia y ahora vuelven a estar dentro. Con el PP sentado en la mesa de la ‘prioridad nacional’, atado a VOX en los pactos, Sánchez confía en movilizar a la izquierda en la gran cita. Al quedarse Juanma Moreno fuera de la mayoría, el PP pierde la centralidad. Cae la vía andaluza y, con ella, la apuesta por el centro político y la moderación.
La estrategia de la confrontación con la ultraderecha de Sánchez, metiendo al PP dentro, pasa por el abandono del centro liberal. Un precio para el PSOE en los territorios y un éxito en el cara a cara nacional. El Gobierno puede ahora señalar un mapa pintado de azul y verde, con Ayuso liderando la única mayoría absoluta influyente en Génova 13 y con el espectro de una derecha sociológica arrastrada hacia VOX. Andalucía ha frenado a los de Abascal, solo sube un 0,4% respecto a 2022, el 13,8%, muy lejos de su meta del 20%. Con todo, son condición de gobierno, la autonomía robada del PP que los gurús electorales sabrán explotar en la próxima cita. Además, está la realidad, gobiernos del PP tensionados por VOX o directamente mimetizados.
Desde La Moncloa contaban con las cuatro derrotas sin vincularlas con el adelanto electoral ni asumir responsabilidades por quienes han diseñado la estrategia territorial socialista. Detrás de Aragón y Andalucía está Sánchez —él las nominó— y miembros del Ejecutivo señalan la necesidad de repensar el caladero de candidatos procedentes del Consejo de Ministros. “Los ministros que quieran ser candidatos, que salgan del Gobierno o correrán la misma suerte que María Jesús Montero”, señalan fuentes del Ejecutivo.
Sánchez seguirá inmune a las derrotas. Nada cambiará la hoja de ruta. Los peores resultados llegaron en Extremadura (cayeron 14 puntos y 10 escaños) y Aragón (5 puntos y 5 escaños). En Castilla y León cierta remontada. El candidato más alejado de Madrid, Carlos Martínez, subió en votos (14.227) y dos escaños. El PSOE en Andalucía ha tenido peor resultado incluso que Extremadura. Pero quedará encapsulado en la ex vicepresidenta segunda que permanecerá en Andalucía al menos hasta las próximas elecciones. Se antepuso el control territorial al electoral y la permanencia es parte de ese dominio. Como no se asumirán responsabilidades, no habrá autocrítica ni consecuencias.
En la lectura de cara a las generales surge la pregunta ¿por qué, perdiéndolo todo, ven la cita abierta? Por la suma de todas las izquierdas. La fórmula Rufián, donde todos suman y nadie compite. Las izquierdas regionalistas han despuntado en Extremadura, donde Irene de Miguel, más allá del paraguas IU-Podemos, se ha consolidado como una diputada sólida, con identidad propia y dos legislaturas en la oposición. Lo mismo ocurrió con la Chunta y se ha replicado en Adelante Andalucía. Si Juan Ignacio García, heredero político de Teresa Rodríguez, se hubiera unido a Por Andalucía —la excepcional alianza IU-Sumar-Podemos—, el bloque de izquierdas no habría sumado 13 diputados. Hay sumas que restan.
Andalucía deja, además, otra cifra para la esperanza sanchista. El bloque de derechas baja cuatro escaños y el de izquierdas sube cuatro y dos puntos porcentuales. Con todo, la izquierda del Gobierno no remonta en ninguna cita electoral, incluída Andalucía, donde Antonio Maillo solo ha conseguido aguantar los cinco escaños que tenía. Hay desgaste, el PSOE territorial tiene su mayor fractura en Andalucía y, aún así, esa capacidad del PP para ganar gobiernos y perder independencia es la mayor baza de Sánchez.
La construcción de la narrativa del 17A querrá saltarse Andalucía, un “problema serio” —definen algunos cercanos al presidente— que, si no se remedia, puede llevarse por delante la identidad y las futuras victorias del PSOE. Mientras el Gobierno apuesta en corto, no habrá reconstrucción orgánica de los territorios hundidos en sus peores hitos. Es la virtud de la paradoja sanchista, allá donde se hunden los territorios, Sánchez gana terreno.
