Inés Granollers (55 años) es diputada por Lleida en el Congreso de los Diputados. Es titulada en diseño de moda y patronaje industrial. Se dedicó al oficio hasta casi los 30 años. Entonces llegó la crisis del sector de la confección en los años noventa, con la deslocalización masiva de empresas, y el mercado la dejó fuera. “Mayoritariamente afectó a mujeres, muchas no estaban ni dadas de alta en la Seguridad Social“, rememora. “Pasó como desapercibida esta deslocalización que perjudicó a muchas familias, más de zonas rurales”.
Entonces, vio que su futuro cambiaba y apostó por el diseño gráfico. Se especializó, aprendió técnicas de impresión, se hizo maquetadora y abrió su propia empresa. Esa trayectoria, dice, es inseparable de su forma de hacer política. “Soy muy defensora de las industrias que mayoritariamente tienen mujeres trabajando. Todavía existen algunas que tienen mujeres trabajando en economía sumergida, desde sus casas, y sé las dificultades que pueden tener cuando se deslocalizan”, dice.

Granollers insiste en que el suyo es un perfil poco habitual en la Cámara. Nacida el 17 de septiembre de 1970, hoy preside la Comisión de Industria y Turismo, ejerce como portavoz en las de Transportes, Economía y Seguridad Vial. Viene de una zona rural, fue empresaria y conoce de primera mano las trabas que la administración y la banca ponen a quienes intentan sostener un pequeño negocio. “Creo que poder aportar esta mirada aquí me permite ayudar a mucha gente de mi territorio”, defiende.
Esa misma lógica la aplica en la Comisión de Industria, donde organiza visitas a empresas y trae debates que, en su opinión, dejan al descubierto lo masculinizado que sigue siendo el mundo laboral. “La mayor parte de los consejos de dirección del Estado son mayoritariamente masculinos”. La comisión, dice con cierta ironía, “es bastante femenina porque somos mujeres mayoritariamente, pero te puedes imaginar que es muy poco femenina”, por los temas que se debaten.
El ruido y el trabajo detrás
Granollers diferencia con claridad entre los titulares y la política real. Según cuenta, no es fácil trabajar con todo el ruido mediático imperante. Después de eso están los diputados no tan “populares” que trabajan en enmiendas, decretos, intentar que determinados artículos beneficien a la gente de Lleida “voten a quien voten”. “Me siento muy satisfecha del trabajo que estoy haciendo detrás”, dice.
El problema es que ese trabajo no llega a la gente. Cuando vuelve a Lleida, le dicen que todos los políticos son iguales. “Y dices, bueno, pues yo esta semana no me he dedicado a lucrarme, sino a intentar negociar enmiendas”. Las redes sociales agravan esa distorsión. Al principio le afectaban. Ahora le dan risa. “¿Cómo me va a afectar la opinión de una persona que se esconde bajo un pseudónimo y que por lo que dice no me conoce?”.
Lo que sí le preocupa es la desafección política que generan. “Me preocupa ver gente de posiciones más progresistas decir que no se ven representados y que se plantean no votar”, arguye.

Sobre la crispación en el Congreso, Granollers no tiene dudas sobre su origen. “Los partidos más conservadores, cuando no están al mando, el argumento que tienen es despreciar al que está al mando”. Un Parlamento fragmentado, dice, debería ser una ventaja: se parece más a la ciudadanía, puede legislar con miradas distintas. El problema es que la polarización convierte esa riqueza en parálisis y descrédito.
Consejo a las jóvenes
A las jóvenes que quieran entrar en política, Granollers les da un consejo directo: que vengan preparadas y que no se dejen pisotear. “Aquí lo más fácil es que el primer día te venga un señor e intente desestabilizarte”. Y añade algo que suena a convicción ganada con los años: “La política está por escribir y las mujeres tenemos mucho que decir”.
La diputada se pone como ejemplo. El primer día como presidenta de la Comisión de Industria y Turismo, cuenta como el diputado José María Figaredo (Vox) empezó a gritar hasta el punto de que tuvo que expulsarlo. “Aquí fue donde pasé mi primer examen de cómo aguantar”, dice sin rodeos. No reanudó la sesión ese día, ni al siguiente. Estuvo una semana aguantando presiones para retomar la comisión y cuando lo hizo, dejó claro que no toleraría más faltas de respeto. “No me ha pasado más”, zanja.
Para ella, la función de la política es sencilla de enunciar, aunque difícil de cumplir. “Al final somos representantes de unos territorios. Pues debemos servir para ayudar a que estos territorios puedan vivir mejor. Esta creo que debería ser la idea con la que todos viniésemos aquí”.
Tiempo libre
Fuera del Congreso, Granollers confiesa que el tiempo libre es un concepto que casi ha olvidado. Le gusta pasear, leer libros que no sean leyes ni boletines oficiales del Estado -dice entre risas-, y conversar con sus amigos. “Lo puedo hacer poco porque la verdad es que la vida política te absorbe mucho”, admite.
Ahora mismo está leyendo el Cándido de Voltaire, aunque no exactamente por ocio: estudia antropología y tiene que presentarse a un examen antes del 10 de junio. “Me entra en el examen”, explica con una sonrisa. Congreso, enmiendas, comisiones y exámenes universitarios. La agenda de Granollers no deja mucho hueco para los paseos, pero de todas maneras busca su espacio.

