Rocío Aguirre (62 años) es diputada por Madrid en el Congreso de los Diputados. Llegó a la política de la misma manera que llegan muchas cosas importantes en la vida: por una llamada de teléfono. Santiago Abascal, a quien conocía de hacía años, le contactó antes de las elecciones de 2023 para preguntarle si quería ir en las listas de Vox. Ella dudó. No por desconocimiento de lo que se iba a encontrar en política -su hermana, Esperanza Aguirre, fue presidenta de la Comunidad de Madrid-, sino precisamente por eso. “Sabía en dónde me metía”. Al final dijo que sí, y desde el 16 de enero de 2024 ocupa su escaño en la XV Legislatura.
Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense y con un MBA por el Instituto de Empresa, Aguirre llegó al Congreso con ilusión. “Los ciudadanos realmente no saben muy bien lo que pasa aquí”, admite. Lo que se encontró fue una doble sorpresa. Por un lado, para bien, el funcionamiento interno de la Cámara y las personas que trabajan en ella; para mal, el trato de algunos de sus compañeros de hemiciclo. “Hay muchos que vienen con camisetas, con zapatillas… No tienen ningún respeto por lo que esta institución significa”, dice. “Al final estás representando a mucha gente, y el aspecto es importante”. No lo atribuye a descuido sino a algo más profundo: “Creo que es que tienen muy poco respeto por los españoles”.
Su formación como historiadora le da una perspectiva particular sobre el lugar donde trabaja. “Lo que estoy viviendo va a ser parte de la historia de España”, dice, y no lo dice como un lugar común. Para ella, sentarse en un hemiciclo, donde han hablado figuras que estudiado durante años, es “un honor difícilmente explicable”. Un doble privilegio, en sus propias palabras.

En su charla con Artículo14, explica la rutina de un diputado. El mes se divide en tres semanas de pleno y una sin él. Las semanas de pleno exigen preparar intervenciones, asistir a comisiones -según dice, “como un mini pleno donde se debaten las leyes antes de pasar al hemiciclo”- y estar presente en la Cámara. Las semanas sin pleno sirven para ponerse al día, reunirse con asociaciones, organizar actos o recibir visitas. “Yo invito gente para que vengan a ver el Congreso”, cuenta. Una agenda menos visible, pero que constituye la mayor parte del trabajo real.
Con los diputados de otras formaciones mantiene, según sus palabras, una relación “más o menos cordial”. Casi. “Yo a los de Bildu no les saludo”, dice sin rodeos. Y en cuanto a la tensión que se percibe desde fuera, la matiza. Lo que ella siente no es exactamente tensión, sino algo que describe como “animadversión” o directamente “rechazo”. “A veces, les he visto caras de odio hacia mí“, afirma.
Su respuesta a quienes rechazan el proyecto de Vox es invocar a la democracia, ya que dice que “representamos a más de tres millones de españoles”. “Si de verdad son demócratas, deberían respetar nuestra libertad de expresión”, incide.
Sobre la actualidad política y judicial que domina los titulares, Aguirre tiene una percepción que define como “frustrante”. En el Congreso, dice, parece que no ha pasado nada. “Los plenos son los mismos, no ha cambiado nada absolutamente”. La estrategia de Vox pasa, según ella, por actuar en otros frentes, como estar presentes en los juicios contra el Gobierno, además pedir comparecencias de ministros y presentar iniciativas
Golf, flamenco y familia
Fuera del Congreso, Aguirre es golfista desde pequeña y también una apasionada del flamenco. Llegó a gestionar la Sala Caracol de Madrid. Los dos mundos, aunque aparentemente distantes, le sirven para lo mismo: desconectar. El golf, especialmente, le aporta algo que dice necesitar en el Congreso: “Esa serenidad que a veces necesitas cuando te están insultando. Es un deporte muy de introspección”.
Y luego está Esperanza, su hermana. No duda cuando se le pregunta qué mujer le ha inspirado. “Esperanza Aguirre. Muy fácil, claro. Ella para mí es una total inspiración”. Su hermana mayor revisa sus intervenciones, le da consejos de tono, la anima y teme “que me hagan daño, como típica hermana mayor”. Una red de apoyo que, dice Rocío, le ayuda a orientarse en un terreno que sigue siendo nuevo para ella.

A la hora de comer en familia, desvela que no tienen muchos rifirrafes. “Pensamos más o menos lo mismo en la mayoría de las cosas”, dice Rocío, y enumera los acuerdos: política exterior, posición ante la Unión Europea, bajada de impuestos. El principal punto de fricción con la lideresa del PP es sobre el papel de las comunidades autónomas. “A veces piensa que hay que ser un poco más de centro”, reconoce Rocío. Pero el denominador común de la familia, según cuenta, es el “rechazo” a Pedro Sánchez y a todas las “barbaridades” que hace. “No tenemos a nadie de izquierdas”, dice sin lamentar.
Esas comidas familiares tienen, según ella misma describe, una dinámica particular. Son muchos, hablan alto y son “muy vehementes”. La política, dice, siempre ha estado presente en su casa, y no solo por su hermana. Su abuelo materno fue diputado en los años veinte, su bisabuelo senador, otro bisabuelo diputado por Puerto Rico en las provincias de ultramar, y su padre ejerció como secretario de Estado de Información. “Está en la sangre”, resume, todos están “al tanto” de la actualidad política.
Por último, como suelen terminar estas entrevistas, comparte para qué debe servir la política: “Para estar al servicio de los ciudadanos. Nosotros tenemos que estar al servicio de los españoles”. Es, además, la frase con la que cierra casi todo lo que dice. Y también, en cierto modo, la que explica por qué aceptó aquella llamada telefónica de Abascal.

