Cuántas veces al contestar una llamada notamos que la voz sale áspera, como si llevara varias horas guardada. Nada grave. Con un pequeño carraspeo aclaramos la garganta y por fin hablamos natural. Es la consecuencia de trabajar toda la jornada laboral entre pantallas, correos y mensajes escritos, pero sin una sola conversación cara a cara.
El teletrabajo ya no es una excepción en España, aunque tampoco la revolución masiva que muchos anticiparon tras la pandemia. Cinco años después del auge del trabajo remoto, el modelo híbrido se ha estabilizado como la fórmula dominante, especialmente en sectores tecnológicos y de servicios digitales. Y mientras la conciliación y la autonomía ganan terreno, muchos trabajadores empiezan a acusar el impacto emocional de trabajar en soledad, un riesgo sobre el que pone el foco Aleix Hildebrandt, profesor de Psicología de la Salud de la Universidad Carlemany.
Flexibilidad laboral
Los últimos datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que en 2025 el 15,6% de los ocupados trabajó desde casa, ya fuera de manera habitual u ocasional. Las mujeres mantienen una presencia ligeramente superior. El 16,9% frente al 13,5% de los hombres
Otra encuesta del propio INE sitúa la cifra en el 14,8% de los trabajadores entre 16 y 74 años, con una media de 2,9 días semanales de teletrabajo y una valoración muy positiva de la experiencia. 8,9 sobre 10.

El modelo que predomina es el híbrido. Según InfoJobs, el 19% de quienes teletrabajan lo hacen parcialmente desde casa y solo un 6% trabaja completamente en remoto. Además, cerca de la mitad de las empresas españolas ya ofrece algún tipo de flexibilidad laboral.
El fenómeno está muy concentrado en determinados sectores. Informática y telecomunicaciones lideran claramente la implantación del trabajo remoto. El 68% de las ofertas del sector incluye teletrabajo y algunos perfiles tecnológicos alcanzan porcentajes cercanos al 90%. También destacan áreas como comercial y ventas, atención al cliente o educación y formación. En cambio, actividades presenciales como turismo, sanidad, logística o cuidados continúan teniendo muchas más limitaciones.
“Conectados, pero solos”
Para Hildebrandt, el gran riesgo del teletrabajo es el factor humano. “El problema aparece cuando la flexibilidad se convierte en aislamiento sin que nadie lo haya decidido de forma consciente”. El psicólogo observa que la sustitución progresiva del contacto presencial por mensajes escritos está generando una “epidemia silenciosa” de desconexión emocional. Según explica, muchos profesionales pasan jornadas enteras interactuando únicamente mediante correos electrónicos, chats o videollamadas funcionales, sin apenas conversaciones espontáneas.
“La neurociencia social ha demostrado que el cerebro humano necesita contacto cara a cara para regular emociones, modular el estrés y sostener el sentido de pertenencia”, señala. La falta de contacto provoca que desaparezcan los llamados “lazos débiles”, que son esas pequeñas interacciones cotidianas aparentemente irrelevantes. Una conversación informal, un café compartido o un saludo en el pasillo son fundamentales para crear cohesión y bienestar psicológico.
La soledad, un problema de salud
La Organización Mundial de la Salud declaró la soledad como prioridad sanitaria global en 2023. En Estados Unidos se habla incluso de una auténtica “epidemia”. El profesor Hildebrandt recuerda además los estudios de la investigadora Julianne Holt-Lunstad, que relacionan la soledad crónica con un aumento del riesgo de mortalidad comparable al de fumar aproximadamente quince cigarrillos diarios. “La gente no enferma por trabajar sola; enferma cuando deja de sentirse acompañada”, resume.
En las consultas psicológicas, cada vez es mayor el número de profesionales altamente cualificados que presentan irritabilidad, dificultades para desconectar, obsesión por revisar los mensajes de WhatsApp y una sensación creciente de aislamiento y de desvinculación con el exterior. Muchos atribuyen el malestar al exceso de trabajo, aunque el problema, según el experto, es la pérdida progresiva de presencia humana en el entorno laboral.

Pese a estos riesgos, el teletrabajo sigue ofreciendo ventajas muy valoradas por los trabajadores: ahorro de tiempo y dinero en desplazamientos, mayor conciliación familiar, flexibilidad horaria y posibilidad de vivir fuera de grandes ciudades. Para las empresas, además, supone acceso a talento geográficamente disperso, reducción parcial de costes y, en determinados perfiles, mejoras de productividad. No obstante, gestionar equipos desde esta circunstancia y afrontar asuntos como la ciberseguridad o la cohesión interna implica para los empresarios un desafío continuo.
También lo es para los empleados, que a menudo se ver inmersos en jornadas más largas, dificultad para desconectar y la sensación de menor visibilidad profesional dentro de las organizaciones. El barómetro de Federación Española de Mujeres Directivas indica que el 54% de las mujeres considera que el teletrabajo puede volverlas “invisibles” profesionalmente y dificultar ascensos.
La evolución reciente del mercado laboral apunta hacia cierta estabilización del fenómeno. Entre enero y agosto de 2025, el 12% de las vacantes publicadas en InfoJobs incluía teletrabajo, aunque la cifra descendió un 19% respecto al año anterior.
Cómo evitar el aislamiento laboral
Hildebrandt defiende que la solución no pasa por eliminar el teletrabajo ni por regresar obligatoriamente a la oficina cinco días por semana, sino por rediseñar las dinámicas laborales para preservar el contacto humano. Entre las principales recomendaciones destaca recuperar llamadas telefónicas y conversaciones no estrictamente funcionales, mantener al menos un día presencial o en espacios compartidos cada semana, establecer rituales claros de inicio y fin de jornada y cuidar activamente las relaciones informales con compañeros y antiguos colegas. “La soledad laboral actúa como un goteo, invisible hasta que pasa factura. Nombrarla es el primer paso para dejar de normalizarla”, concluye Hildebrandt.

