Los resultados del nuevo informe PISA 2025 de la OCDE han caído como una losa sobre las cabezas de nuestros jóvenes en la gran evaluación internacional de competencias educativas. España vuelve a caer en lectura y matemáticas y se sitúa por debajo de la media de la OCDE en las tres principales competencias evaluadas.
Automáticamente ha sonado la señal de alarma. Se buscan culpables, se señala al sistema educativo, a sus profesores y protocolos, a los padres y a esa creciente subcontratación de la educación a otros, a Instagram y TikTok cada vez más adictivos, a la pujante inteligencia artificial o al uso de los móviles durante las clases.
Detrás de estos resultados y tanto revuelo en redes y televisiones, hay muchas preguntas aún sin resolver y cada vez menos tiempo a dedicarles. ¿Estamos enseñando a nuestros hijos a pensar o simplemente a encontrar respuestas rápidamente? ¿Cuánto peso tiene en la caída la cada vez menor capacidad de concentración de los alumnos en las aulas? ¿Y la cultura de las prisas en la era de Google, YouTube o Chat GPT? Sin olvidar la autoridad cada vez más desdibujada de los padres o de los propios profesores. El informe PISA habla de educación, pero ¿no deberíamos estar preocupados por la sociedad que les estamos dejando a las futuras generaciones?
Los números duelen, pero tampoco lo explican todo
Casi 30.000 estudiantes españoles de 15 años participaron en PISA 2025. España se sitúa por debajo de la media de los países de la OCDE en ciencias, matemáticas y lectura. Además, los resultados son entre los más bajos registrados en nuestro país. Por si fuera poco, el porcentaje de alumnos que no alcanza el nivel mínimo ha aumentado 15 puntos porcentuales en lectura, 11 en matemáticas y seis en ciencias respecto a 2015.

¿Mal de muchos, consuelo de tontos? Vivimos en un mundo globalizado y la caída afecta a buena parte de los países desarrollados. Uno de cada cinco estudiantes de la OCDE presenta ya un rendimiento bajo simultáneamente en ciencias, matemáticas y lectura, frente a uno de cada seis en 2022.
Algo está ocurriendo más allá de las políticas educativas nacionales. En España existe además otro dato que preocupa especialmente: tenemos menos alumnos de alto rendimiento que la media de la OCDE. En matemáticas, por ejemplo, apenas un 4% alcanza los niveles más altos, frente al 8% de la OCDE. Al margen de colores políticos, esto no es un dato fruto de la gestión de los últimos gobiernos. Es una tendencia que viene lentamente confirmándose desde hace más de una década.
Las prisas hasta para aprender y saber
Audios de WhatsApp al doble de velocidad, vídeos que aburren antes de terminar, pantallas simultáneas abiertas, multitasking generalizado, atención compartida y esa extraña sensación de que veinte minutos es una espera eterna. “Los Fasters, esa generación de las prisas” forman parte de este nuevo paisaje. Padres y referentes sociales son los que marcan el paso y las costumbres. Esa sensación permanente de falta de tiempo también se la hemos transmitido nosotros.
Contestamos mensajes durante la cena, miramos el móvil mientras nuestra hija nos cuenta su día y convertimos el estar eternamente ocupados en una especie de satisfacción y reconocimiento personales. No sorprende que luego se mimeticen y hagan exactamente lo mismo que sus referentes. Pero de forma todavía más exigente.

Comprender un teorema necesita tiempo y paciencia. Resolver un problema requiere equivocarse y dedicarle varias horas. Leer necesita tiempo; resumir lo leído aparentemente ya no. La fórmula del ensayo y error va perdiendo terreno frente a lo que diga la IA. Y enterarme de algo, mejor que me lo cuenten en vídeos o carruseles de fotografías. La experiencia digital que hemos construido entre todos promueve conseguir recompensas, una tras otra. Premios en forma de estímulos, atajos y esperas cada vez más cortas.
Los distintos informes de la OCDE destacan también el crecimiento de la denominada “lectura apresurada”, alumnos que recorren textos demasiado rápido y terminan dando respuestas incorrectas. Ya representan el 9% del total. Confundimos velocidad con eficiencia y estamos empezando a pagar la factura.
Cuando el profesor competía solo contra Wikipedia
Durante siglos, el profesor ostentaba algo que sus alumnos admiraban o temían. Autoridad, estatus social, valores y, sobre todo, un gran respeto. Los estudiantes necesitaban su conocimiento para poder ser “alguien” en la vida. Luego llegó Internet y esa potestad empezó a ponerse en duda. Google comprobaba en unos milisegundos lo que decía. Lo que decía Wikipedia casi “iba a misa”. YouTube nos enseñó a resolver ecuaciones, hacernos ricos o freír una tortilla. Las redes sociales propulsaron nuevos líderes de opinión que ni siquiera necesitaban títulos ni años de estudios.
Hoy además tienen la IA. Un adolescente va a todas partes con Claude o Chat GPT en el bolsillo y le pregunta todo lo que no sabe o entiende a su gemelo digital. Debería parecernos extraordinario, pero poco a poco ha dejado de serlo. Cuando sustituye la palabra “ayúdame” por “házmelo”, deja su aprendizaje y su desarrollo cognitivo a merced de la tecnología.
Eso sí, el informe PISA revela que el 54% de los estudiantes de nuestro país utiliza chatbots de IA para aprender una vez por semana, frente al 46% de la OCDE. España siempre ha sido uno de los países más rápidos en adoptar nuevas tecnologías y abrazar las últimas tendencias de consumo digital. El 42% utiliza esos chatbots para realizar una primera investigación y un 33% para redactar trabajos.
Pero hay un dato que llama la atención y es que el 40% utiliza la IA para resumir textos que antes tenía que leer, diez puntos más que la media de la OCDE. ¿Para qué leérmelo todo si con un resumen me conformo?
Conseguir el resumen y perderse por el camino
Resumir un texto es una tarea habitual que formaba ya parte de la educación de nuestros padres y abuelos. Parece un ejercicio banal y que carece de sentido en nuestra época, hasta que entendemos lo que pasa en nuestro cerebro cuando lo hacemos. Leer, comprender una narrativa, establecer conexiones, jerarquizar ideas y finalmente reconstruirlo todo bajo nuestro prisma y nuestras propias palabras. Una IA puede hacerlo maravillosamente en unos segundos, pero está claro que algo hemos perdido por el camino.

Hace más de un año me preguntaba aquí ¿Y si la inteligencia artificial nos hiciera más bobos? a raíz de una investigación del MIT sobre los posibles efectos cognitivos del uso de Chat GPT.
Los estudiantes que acuden a la IA para determinadas tareas, como la de resumir textos o redactar un trabajo tienden, efectivamente, a presentar peores resultados que quienes no la usan. Sin embargo, los alumnos que utilizan la IA semanalmente con carácter general obtienen resultados similares a quienes no la utilizan. De hecho, se observan resultados incluso algo mejores cuando ese uso va acompañado de una formación adecuada para manejar prompts y el lenguaje de las máquinas. Es un matiz importante. No importa únicamente cuánto utilizamos la IA, sino cómo y para qué la usamos. PISA no demuestra que la IA esté detrás del deterioro educativo. El deterioro de la educación empezó antes de la llegada de esta revolucionaria tecnología y afecta a países, sistemas educativos y contextos muy diferentes.
La IA no parece ser el único problema. Como tampoco lo fueron Internet, Google o la calculadora. El problema podría residir en ese entusiasmo tan humano que nos lleva a utilizar cada nuevo avance para usos para los que quizás ni siquiera fue concebido.
Profe, ¿para qué tengo que aprender esto?
“Profe, ¿puedo usar Chat GPT?” es la primera duda cuando empieza cualquier curso. ¿Para qué tengo que aprender esto? Es otra pregunta que escuchamos cada vez más quienes damos clases. Y confieso, como docente, que algunas veces es difícil responderla. Entendí muy pronto que prohibir la herramienta tampoco solucionaba nada. Al contrario, podría generar una brecha frente a quienes ya la utilizan cada día. Lo que sí decidí fue enseñarles cómo usarla, de A a Z, explicando cuándo sirve para algo y cuándo desvaría.
Padres sin tiempo, profesores sin autoridad y algoritmos que mandan
Sin darnos cuenta, hemos modificado lenta y profundamente quién educa a nuestros hijos. Los profesores, antes especializados principalmente en una materia, deben hoy saber de matemáticas, idiomas y literatura, pero también de nutrición, sexualidad, redes y conexiones, gestión emocional y convivencia social. Cuando intentan imponer disciplina, a menudo tienen que justificarse ante unos padres defendiendo a capa y espada la versión de su hijo.
Mientras los padres intentan conservar cierta autoridad, muchos jóvenes encuentran sus referentes fuera de casa y del colegio. Un streamer, un content creator o un influencer que comparte sus códigos, su lenguaje y muchas de sus actitudes tiene una ventaja considerable. Como no sean esos líderes los que les inculquen la pasión por las matemáticas o la lectura, difícil será hacerles cambiar de costumbres.
Los jóvenes no han perdido los valores. Han cambiado sus referentes, sus fuentes de inspiración y, con ellas, también su forma de determinar que está bien y que está mal. Los mayores seguimos intentando ejercer una autoridad basada en un mundo que ya no existe.
Otro dato que nos deja el informe PISA es para hacérselo mirar en casa. El porcentaje de padres que preguntan semanalmente a sus hijos lo que han hecho en el colegio ha caído en un 8% en los tres últimos años. Una falta de tiempo y de atención que lastima todo tipo de relaciones en los hogares.
¿Y si prohibir el móvil no fuera la solución?
El movimiento escuelas sin móviles y una infancia con menos pantallas avanza ya con fuerza en Inglaterra. Desde entonces, el Estado de Nueva York ha restringido también el uso de smartphones durante la jornada escolar. Y estos días la ciudad de Nueva York acaba de anunciar una moratoria de un año para determinadas herramientas de IA generativa entre los alumnos más jóvenes.

La carrera por actualizar las aulas, llenarlas de dispositivos conectados y demostrar que éramos modernos nos pilló desprevenidos. Primero llegamos tarde y ahora nos hemos pasado de frenada. Suecia ha dado marcha atrás en la implantación de las tablets en las escuelas y ha vuelto al bolígrafo y las libretas. Ahora conseguir la atención de nuestros alumnos se hace cada vez más cuesta arriba.
Según PISA, el 86% de nuestros jóvenes estudia en centros donde el móvil está prohibido, frente al 49% de media en la OCDE. Aun así, seguimos cayendo. Con lo cual, está claro que hay más factores en juego. Quizás centramos demasiado el debate en las horas que pasan en el colegio y demasiado poco en el resto del día.
Aprender a tomarse el tiempo
Uno de los problemas de nuestra sociedad actual es esa sensación permanente de aceleración, de agobio, de no llegar a nada. Un ritmo alimentado por la respuesta inmediata de las apps, los buscadores y las redes. Nuestros jóvenes han crecido en una cultura obsesionada con optimizar cada minuto, que choca frontalmente con algo tan poco optimizable como estudiar, comprender o leer un libro.
El informe que trae tanto revuelo no demuestra que la IA, los móviles y las redes sociales destruyan la lectura o hagan vagos a nuestros hijos, pero advierte de un deterioro importante en unas capacidades esenciales en la era digital: evaluar la información, relacionar hechos y fuentes, juzgar críticamente aquello que leemos.
Nunca una generación había tenido tanto conocimiento a su alcance ni había podido resolver dudas tan ágilmente. Y quizás nunca habíamos tenido tanta prisa por obtener una respuesta o dar una tarea por terminada.
No podemos pretender enseñar a los jóvenes españoles cómo funciona cada nueva pantalla o tecnología. Probablemente aprendan antes y sepan ya más que nosotros. Pero sí podemos enseñarles a administrar su tiempo. Volver a dedicar unas horas, incluso unos días, a leer un libro es tan importante como pasar unas horas en un gimnasio. Los resultados quizás no sean tan visibles, pero ese entrenamiento es igual de fundamental y necesario para su desarrollo cognitivo. Porque pensar, como casi todo lo importante en nuestra vida, necesita su tiempo.

