Generación conectada

Infancia y educación: del cero pantallas a las escuelas sin móvil en Reino Unido

Trece sociedades médicas estatales en España respaldan un compendio de 70 evidencias científicas sobre los riesgos del uso prematuro de pantallas

Durante años, Europa trató la digitalización en las escuelas como una asignatura pendiente, pero necesaria. Cuantas más pantallas entraban en nuestra vida cotidiana, más urgente parecía adaptar la educación a esta nueva era. Cuanto antes aprendiera un niño a moverse en entornos digitales, mejor parecía preparado para el futuro. Sin embargo, hoy ya no está tan claro que esa carrera hacia la digitalización de las aulas haya sido la solución más adecuada. Las dudas ya no surgen solo en corrillos y conversaciones de padres, sino también en gobiernos, en sociedades médicas y en la propia OCDE.

En España crece la preocupación

La Plataforma Control Z reúne a entidades médicas y psicológicas, fundaciones, asociaciones civiles y grupos mediáticos que reclaman una regulación más estricta basada en evidencia científica sólida. La plataforma ha vuelto a situar en el debate público y político un compendio de 70 evidencias científicas, publicado por la Confederación Salud Mental España, con el que reclama límites mucho más estrictos en el uso de pantallas en menores. Entre sus recomendaciones más llamativas figura el “cero pantallas” hasta los 6 años y una limitación muy estricta a partir de esa edad. Entre los 6 y 12 años, el tiempo no debería superar una hora al día. A partir de los 12 años, el máximo aconsejado sería de dos horas diarias.

Cada vez más estudios y posicionamientos profesionales alertan de que el exceso de exposición a pantallas puede afectar al lenguaje, la atención, el sueño, la memoria, la regulación emocional y el desarrollo cognitivo. El debate ya no gira únicamente en torno a si los niños deben aprender cuanto antes a usar la tecnología, sino también en torno a los riesgos que eso conlleva.

En abril, varios líderes europeos abordaron la protección de menores en entornos digitales y la necesidad de respuestas comunes frente a sus riesgos. En Inglaterra se está empujando una política de centros escolares phone-free durante toda la jornada, más allá de la simple prohibición del móvil en clase y a ir hacia escuelas sin acceso al teléfono durante el horario escolar. Aquí, comunidades como Madrid o Murcia han anunciado restricciones al uso de dispositivos en Infantil y Primaria. En algunos másteres, por iniciativa propia, ya nos vemos obligados a retirar los móviles a la entrada. Es una postura que adoptan cada vez más docentes, no solo por la falta de atención e interés en el aula, sino también por la caída del rendimiento en ejercicios y exámenes.

Noruega, pionera en digitalización, obligada a rectificar

El país escandinavo, como sus países vecinos nórdicos, siempre ha apostado por la innovación en todos los ámbitos sociales y económicos. Fue uno de los países europeos que más confió en la digitalización temprana y masiva de la educación. Años después, el Gobierno creó un comité para estudiar con más detalle sus posibles efectos sobre la salud, la calidad de vida y el aprendizaje. Durante la última década, Noruega impulsó con fuerza la presencia de dispositivos digitales desde edades muy tempranas. Hoy, a la vista de su impacto sobre el aprendizaje, la atención y los hábitos de lectura, el país ha empezado a revisar esa estrategia.

En una gran evaluación internacional sobre comprensión lectora en primaria, Noruega retrocedió con claridad y mostró además uno de los niveles más bajos de gusto por la lectura. El vínculo con los libros se ha debilitado. Solo un 13 % del alumnado afirmó que le gustaba mucho leer y un 63 % dijo dedicarle menos de media hora diaria. No es solo una caída académica. Refleja también un cambio cultural de fondo.

La respuesta noruega ha sido, desde entonces significativa. El país ha lanzado una estrategia nacional para hacer frente a ese deterioro. Reforzó su apuesta por bibliotecas escolares, libros impresos y trató de reintroducir buenos hábitos de lectura. Sin querer darle la espalda a la tecnología, el país admite que las pantallas no pueden convertirse en el único referente ni en la vida de los menores ni en las aulas. Los efectos sobre la atención y sobre varias capacidades cognitivas están hoy en el centro de un debate científico y social cada vez más intenso.

La OCDE también reacciona

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico también ha contribuido a enfriar el entusiasmo inicial por la digitalización educativa. En un informe reciente recordó que el uso excesivo de dispositivos conectados con fines no académicos perjudica el rendimiento dentro y fuera de la clase.

De media, el 59 % del alumnado en los países de la OCDE asegura distraerse en matemáticas por culpa de los dispositivos de otros compañeros. El 33 % de los adolescentes españoles mantiene activadas las notificaciones estando en clase. Son cifras que resumen bien el problema. Los jóvenes arrastran hábitos y disfunciones de atención que se prolongan del aula al patio y de ahí hasta la cama. También se erosiona la relación entre adultos y niños. En este contexto, la concentración sostenida juega cada vez con más desventaja.

La ironía es que pretendemos preparar a los niños para un mundo hiperconectado mientras debilitamos algunas de las capacidades más básicas para desenvolverse en él con criterio. Para muchos jóvenes, mantener la atención, leer en profundidad o memorizar empieza a parecerse a una prueba de fuerza, cuando antes eran habilidades básicas.

¿Una generación con más fatiga cognitiva que la anterior?

En ese debate encajan las advertencias del científico americano Jared Cooney Horvath ante el Senado de Estados Unidos. En su reciente intervención sostuvo que, en buena parte de los países desarrollados, las capacidades infantiles y adolescentes se han estancado o incluso han retrocedido. Citó caídas preocupantes en alfabetización, numeración, atención y razonamiento. La tecnología ya no se presenta como una solución casi automática. Empieza también a ser interrogada como parte del problema.

Durante años confundimos innovación con una preparación adecuada para un futuro cada vez más movedizo e incierto. Hoy varios países se ven obligados a rectificar. Europa, por ejemplo, intenta encontrar unas soluciones consensuadas, mientras algunos centros educativos se adelantan a las normas. No hay mucho tiempo que perder, porque los efectos son ya notables. Basta con observar los hábitos cotidianos de los jóvenes a nuestro alrededor para entender que el deterioro de la atención ya no es una teoría abstracta, sino una realidad visible, cotidiana y cada vez más concreta.