Crisis migratoria

Kadija, Said, Aymanne, Saad: mil historias sin final en el limbo de Ceuta

Artículo14 visita el campamento ilegal de los migrantes en las playas ceutíes de Benítez y el Trampolín, donde jóvenes africanos viven organizados pero hacinados en condiciones de insalubridad mientras los vecinos afirman "no poder más"

“Ven, pasa. ¿Quieres un poco de agua?”. Said ofrece lo poco que tiene a quien cree que lo necesita. Frente a la playa del Trampolín, escalando entre las rocas, un grupo de amigos marroquíes ha establecido sus chabolas dejando un espacio central a modo de patio común. Tienen algunas sillas y banquetas; también una sartén con restos de comida y un espejo colgando de una de las ramas. En las tiendas, construidas a base de ramas y juncos y cubiertas con telas, toallas e incluso bolsas de basura, algunos dormitan, otros tratan de poner orden dentro del caos. “Esta es nuestra ‘nevera'”, explica Aymanne a Artículo14 mientras abre un pequeño armario en el interior de una de las tiendas para descubrir un batido de fresa y plátano y algunos paquetes de galletas, latas de atún, piezas de fruta y yogures. Aquí todo es común.

Esta es la situación que viven desde el 30 de julio muchos de los migrantes que cruzaron la frontera con Marruecos y que hoy, en situación irregular, continúan deambulando por las calles de Ceuta sin una solución a la vista. ¿Qué solución esperan? Entrada en el CETI o traslado a la Península, solicitud de protección internacional. Pero ninguna de las tres parecen factibles. Algunas de sus historias son trágicas (violencia, pobreza extrema, crímenes de guerra, trata de personas), otras simplemente tristes, pero ninguna es fácil. Entre los vecinos crecen la exasperación y el miedo, mientras las soluciones administrativas continúan bloqueadas. “¿Qué van a hacer con nosotros?”, pregunta Yassin. Los jóvenes, algunos de ellos menores, viven en un constante presente continuo en el que sólo les queda esperar: “Vamos a comprar, cocinamos y comemos juntos, dormitamos, paseamos por la playa, jugamos al fútbol, nos bañamos en la playa… Así, un día tras otro”.

Un grupo de marroquíes invitan a Artículo14 a su chabola frente a la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano
Un grupo de marroquíes invitan a Artículo14 a su chabola frente a la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano

Las manifestaciones que cada día se convocan en la Plaza de los Reyes de la ciudad autónoma han llegado, en los últimos días, hasta la playa de Benítez, donde algunos de los manifestantes decidieron quemar las chabolas de los migrantes con sus pertenencias dentro. “¿Y si alguno de nosotros hubiera estado dormido? A un amigo mío le han quemado los papeles, yo he perdido una foto que tenía de mi madre. Cruzamos con muy pocas pertenencias, y encima nos las queman”, explica un joven magrebí que prefiere que no aparezca su nombre porque, dice, no quiere “más problemas”. “Solo queremos una solución”.

La protesta del jueves 27 de agosto había comenzado como una nueva movilización vecinal contra la gestión de la crisis migratoria, convocada de manera espontánea a través de grupos de WhatsApp y redes sociales. Cientos de personas se desplazaron hasta la playa de Benítez y, en un momento de creciente tensión, algunos manifestantes rompieron el cordón policial, accedieron a los asentamientos y destrozaron y prendieron fuego a varias chabolas y enseres de los migrantes. La Policía Nacional reforzó el dispositivo antidisturbios y terminó cargando para dispersar a parte de los concentrados. Después, un grupo se dirigió hacia El Trampolín, donde bloqueó durante un tiempo el acceso de un camión de Cruz Roja que transportaba comida y quemó también dos sombrillas de paja de otro pequeño asentamiento.

Ahora, la playa aparece limpia, despejada de migrantes e incluso se ve a algunas familias disfrutando del agua bajo el calor abrasador. Por el paseo que une Benítez con el Trampolín caminan decididos muchos jóvenes: unos transportan ramas y palmas para construir sus chabolas, otros vuelven del Mercadona de avenida de España, a unos tres kilómetros de camino, cargados de comida que han comprado tras hacer una cola específica “para migrantes” organizada por la policía. Según uno se acerca al pequeño malecón a mitad de playa, se ve a jóvenes nadando, lavando su ropa en las duchas para pies de la playa o secando su ropa al sol.

Saad, de 24 años, acarrea un gran edredón andrajoso y una almohada que ha conseguido en la basura. “Es para mi hermano”, explica mientras se abre paso entre la hilera de tiendas que, ordenadamente, aparecen tras dejar atrás la desalinizadora de Ceuta que separa Benítez del Trampolín. Por doquier se ven “puestos de barbería” improvisados donde los jóvenes se cortan el pelo unos a otros. Bromean, se ríen y no distinguen entre nacionalidades: aunque ahora mismo, y tras el desalojo de unos 3.500 migrantes hace menos de una semana, la mayoría son marroquíes, hay también jóvenes de Argelia, Sudán, Somalia, Senegal o Mauritania.

Jóvenes se cortan el pelo entre sí en una "barbería improvisada" en la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano
Jóvenes se cortan el pelo entre sí en una “barbería improvisada” en la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano

Ante la falta de una respuesta administrativa, los jóvenes han empezado a organizar una vida provisional en la playa. En cuanto oyen hablar español, preguntan: “¿Noticias? ¿Asilo?”. El mayor miedo de muchos de ellos es que les devuelvan a Marruecos. “Yo hui de Tánger. Mi sueño siempre ha sido venir a España. Cuando vi en las redes sociales que la frontera estaba abierta, no lo pensé: había tratado de cruzar muchas veces y ahora veía la oportunidad. En Marruecos no hay futuro, no puedo estudiar, ni trabajar, aunque es el país más maravilloso del mundo”. Saad llama “hermano” a todos los que duermen con él, aunque no lo sean de sangre. Sacan una pequeña caña de pescar que han confeccionado con una caña y un poco de hilo, y muestran el pescado que constituye la única proteína de su dieta actual.

Souleyman coge la caña y se acerca a la orilla, para exhibir la maña necesaria para pescar. Las condiciones en las que comen son insalubres: hacinados en tiendas en las que se alcanzan los 40 grados, sin capacidad para limpiar adecuadamente los utensilios y pescando lo que pueden, que cocinan después en pequeños fuegos que manejan con cuidado para evitar una tragedia. Explican que acuden a las duchas habilitadas al final de la playa y que hacen sus necesidades al otro lado de la carretera, en el monte. El campamento está razonablemente limpio dadas las circunstancias en las que viven, aunque han empezado a aparecer algunos brotes de sarna, además de anemia y desnutrición.

Muchos de los jóvenes reciben dinero de sus familias y acuden a los bancos a extraerlo. Con ese pequeño sustento (ya que son la esperanza, en muchos casos, de un pueblo entero) pueden subsistir, y en ocasiones incluso comprar una tienda de campaña razonable, como la que comparten Said, Nafie, Youssin, Mouhamed, Ahmad y Oussama. Electricista, albañil, cocinero, ‘plombista’ [fontanero]… “En Marruecos no hay nada para nosotros. Estamos sufriendo mucho. Cada uno tenemos una profesión, y no queremos problemas: no fumamos, no hacemos nada, solo esperamos a que nos digan qué hacer. Queremos trabajar y ganarnos la vida. Somos tranquilos”, explican abriendo las puertas de su tienda.

Saad, de 24 años, muestra lo que ha pescado en la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano
Saad, de 24 años, muestra lo que ha pescado en la playa del Trampolín, en Ceuta. María Serrano

Saben que en España las cosas tampoco son fáciles, pero prefieren tener una oportunidad, y saben que con esfuerzo y trabajo podrán salir adelante. “También queremos tener libertad. Es difícil, pero es mejor que morir en Marruecos. No puedes hablar, y si no tienes dinero, no eres nadie. Yo trabajaba en Tánger por cinco euros al día. ¿Sabes cuánto cuesta comer un día? ¿Cómo pagamos la casa? ¿Cómo sacamos adelante a nuestras familias? Muchos de nosotros hemos dejado atrás madres, hermanas, mujeres, hijos… Nuestra esperanza es poder reunirnos con ellas”.

Delimitan las tiendas con piedras y algunos construyen incluso “un jardín”, dejando un pequeño espacio a la entrada donde dejan las zapatillas antes de descalzarse para entrar. Es un ritual que les da orden (y algo de higiene) en el caos. En el paseo se ha establecido también un “mercado informal” en el que se vende de todo, desde comida hasta paquetes de cigarrillos o baterías portátiles; la electricidad es, de hecho, uno de los bienes más demandados entre los migrantes. Mahdi, que tiene una herida infectada en la pierna y camina con muletas, es uno de los que vende paquetes de tabaco. Pero a alguno que otro le invita a un cigarrillo. Quiere saber qué hacer, cuáles son sus opciones, si tiene que seguir esperando. “Si hay algo que tengo ahora mismo es tiempo”.

Hacia el final de la playa aparece la explanada de hormigón en la que el Gobierno ceutí ha habilitado las duchas en las que cientos de migrantes se asean cada día. En esta zona, algo más resguardada, duerme la mayoría de las mujeres del campamento. Es el caso de Kadija, una joven de Tetuán que huyó de un matrimonio concertado. “Mi familia me casó con un hombre 40 años mayor que yo, que me pegaba y me obligaba a tener relaciones sexuales cuando él quisiera. Quería que me quedara embarazada, Intenté escaparme varias veces, y la última me dijo que si volvía a intentarlo, me mataría. Pero cuando supe que la frontera estaba abierta, salí corriendo. Nada de esto es peor que aquello”. La joven se cubre el rostro, nerviosa; no quiere fotos ni vídeos, y vive aterrorizada pensando en que la deporten a Marruecos y su marido la encuentre. “Prefiero morirme que volver”.

Ninguna de las mujeres duerme sola; aunque algunas lo están, se acompañan entre ellas. Se prestan vestidos, se peinan unas a otras, se consuelan y, explican, se defienden ante la inseguridad que sienten de noche. Conocen las noticias de las agresiones sexuales, y aunque ellas no han sufrido este tipo de violencia, permanecen en alerta. No quieren hablar con la prensa.

Algunos de los migrantes han conseguido adquirir tiendas de campaña para dormir en la playa de El Trampolín, en Ceuta. María Serrano
Algunos de los migrantes han conseguido adquirir tiendas de campaña para dormir en la playa de El Trampolín, en Ceuta. María Serrano

Cuando llegan las 18:00 h., los migrantes comienzan a encaminarse hacia el inicio de la playa. Allí, policías con mascarillas los agrupan y los hacen caminar en filas ordenadas, después de que en más de una ocasión se hayan producido altercados al aproximarse la comida. La ayuda humanitaria llega dos horas después, mientras esperan ordenadamente al sol para recibir una bolsa con agua, leche, zumo, galletas, fruta y algo de bollería. En varias ocasiones los ceutíes han impedido que la ayuda humanitaria llegara a los migrantes, razón por la que ahora las furgonetas de la Cruz Roja aparecen escoltadas por furgones policiales y por la Policía Militar.

Al caer la tarde, el asentamiento vuelve a llenarse. Las zapatillas quedan otra vez alineadas a la entrada de las tiendas, alguien prepara el pescado, otros cargan los teléfonos y los que han conseguido comida la reparten entre los demás. El pequeño armario que Aymanne llama “nevera” volverá a guardar lo que sobre hasta la mañana siguiente. Han construido una casa provisional sabiendo que ninguno quiere quedarse a vivir en ella. Said sigue ofreciendo agua a quien entra. Yassin sigue preguntando qué van a hacer con ellos. Mahdi, sentado junto a sus paquetes de tabaco y con la pierna herida, ya había resumido la única certeza que tienen en Ceuta: “Si hay algo que tengo ahora mismo es tiempo”. El problema es que nadie les ha explicado cuánto tendrán que seguir gastándolo allí.

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