Como hacen cada año miles de universitarios españoles, Claudia Tacoronte preparó la maleta, se despidió de su familia y se marchó convencida de que volvería unos meses después con algo de acento mexicano, nuevos amigos y muchas historias que contar.
Tenía 21 años, era canaria, estudiaba cuarto de Educación Infantil en la Universidad de Granada y había conseguido una plaza en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, en México. Cuatro meses y medio de intercambio. Llevaba solo uno cuando el sábado fue asesinada con arma blanca en Cuautla, en las inmediaciones de la Casa de la Cultura, donde se celebraba la Fiesta Nacional de la Planta Medicinal. La Fiscalía mexicana investiga lo sucedido aplicando el protocolo previsto para las muertes violentas de mujeres. El móvil todavía no está esclarecido.

Su muerte no significa que los intercambios universitarios sean una actividad peligrosa ni permite asegurar que una medida de seguridad habría podido evitar el crimen. Pero cuando una universidad anima a un joven de 20 o 21 años a vivir durante meses en otro país, ¿hasta dónde llega la protección?
En el caso de Claudia, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos figuraba entre los destinos oficiales ofertados por la Universidad de Granada para este curso. Había cuatro plazas y la propia convocatoria contemplaba la posibilidad de cancelar una movilidad si las circunstancias de seguridad de un país o una región la desaconsejaban.
Un destino arriesgado
Morelos, además, estaba señalado en las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores, a pesar de que antes de ella ya habían muerto violentamente otras tres estudiantes. La Universidad de Granada ha reconocido que desconocía los tres casos de 2026 anteriores al viaje de Claudia y asegura que la UAEM no le informó de ellos. Tras el asesinato ha cancelado la llegada de otros tres estudiantes a Morelos. La región tiene la segunda tasa de homicidios de mujeres más alta de México y hasta julio de 2026 habían sido asesinadas 69 mujeres en el Estado.
En la actualización del 24 de julio se advertía expresamente del incremento de la violencia ligada al narcotráfico y de los secuestros y se aconsejaba extremar la precaución. No existía una prohibición de viajar y las recomendaciones ministeriales tampoco tienen carácter vinculante. Nada permite afirmar que Claudia incumpliera esas indicaciones ni que seguir una pauta distinta habría cambiado su suerte. ¿Quién decide cuándo un destino pasa a ser desaconsejable para un estudiante?
Antes de marcharse, los estudiantes reciben una buena cantidad de información. Seguros, visados, documentación académica, becas, matrículas, vacunas. La Universidad de Granada exige a quienes participan en programas de movilidad disponer de asistencia médica y seguro de viaje, recomienda inscribirse en el Registro de Viajeros de Exteriores y localizar el consulado correspondiente. La Facultad de Ciencias de la Educación celebró en marzo una sesión obligatoria para los alumnos seleccionados para programas de movilidad. Se habló de documentación, plazos, trámites académicos y gestión del intercambio. La convocatoria no mencionaba expresamente formación sobre violencia sexual o riesgos específicos de cada lugar, aunque no se sabe si esas cuestiones fueron tratadas después en la reunión.
Para el alumno extranjero que llega a Granada, la universidad explica con bastante precisión qué hacer ante un robo, una agresión o un caso de violencia de género: teléfonos policiales, 016, AlertCops, Unidad de Igualdad o asistencia psicológica. Para quien sale de España, las indicaciones públicas descansan sobre el seguro, Exteriores y los consulados.
Europa establece que la protección, salud y seguridad de los participantes son principios fundamentales del Programa Erasmus y exige procedimientos efectivos de protección. La legislación española obliga también a las universidades a prevenir y responder ante la violencia y el acoso sexual. Lo que no existe es un protocolo estatal único para el estudiante que se marcha al extranjero que determine qué información mínima debe recibir, cuándo debe reconsiderarse un destino o quién responde al teléfono cuando algo sucede de madrugada en otro continente.
Más vulnerables lejos de casa
La guía actual de la propia Conferencia de Rectores (CRUE) para elaborar protocolos de emergencia considera a los estudiantes desplazados un “colectivo más vulnerable” porque, al irse, pierden el entramado de apoyo que proporciona encontrarse en un lugar conocido. En casa uno sabe dónde está Urgencias, qué barrio conviene evitar, a quién telefonear si ha perdido las llaves y qué amigo puede recogerle a las cuatro de la mañana. A nueve mil kilómetros, una pequeña emergencia se hace grande.
CRUE recomienda que las universidades dispongan de protocolos específicos y que, antes de viajar, los alumnos conozcan los números de emergencia, los servicios de la universidad receptora, el contacto consular, el seguro y las advertencias actualizadas de Exteriores. Incluso aconseja activar el botón SOS del teléfono. Entre las emergencias que deben contemplarse incluye expresamente las agresiones, la violencia de género, las desapariciones y la muerte de un estudiante. La guía no obliga por ley a todas las universidades a aplicar exactamente el mismo sistema.
Milán, Sevilla, Cádiz o Melbourne
Los sucesos conocidos de los últimos años aconsejan huir del alarmismo, pero también de la ingenuidad. Este mismo año, una universitaria española de 20 años desplazada a Milán denunció una agresión sexual grupal después de salir de una discoteca. En Sevilla, la Audiencia Provincial condenó en abril a siete años de prisión a un hombre que trabajaba para una organización dedicada a ofrecer actividades y servicios a alumnos Erasmus. El tribunal consideró probado que se aprovechó del estado de embriaguez de una estudiante alemana después de una fiesta. En San Fernando, otra estudiante Erasmus sufrió una agresión sexual en 2023 y el acusado fue posteriormente condenado a cuatro años de cárcel.
El caso más estremecedor ocurrió en Australia. Aiia Maasarwe tenía también 21 años y estudiaba temporalmente en Melbourne. En enero de 2019 regresaba a casa después de pasar la noche con unos amigos. Acababa de bajar del tranvía y hablaba por teléfono con su hermana cuando fue atacada. Fue violada y asesinada. Su agresor recibió una condena de 36 años.

En Sevilla, Lauren Bajorek, una estudiante estadounidense de 21 años que había llegado a la ciudad pocos días antes a través de un programa de intercambio murió en julio de 2015 al precipitarse desde la terraza de la vivienda de Manuel Blanco, propietario de una empresa que organizaba viajes y actividades para estudiantes extranjeros. La vía penal consideró la muerte accidental y quedó archivada, pero la familia continuó litigando durante años. En mayo de 2026, el Tribunal Supremo confirmó en vía civil la responsabilidad de Blanco por haber dejado sola a Lauren, prácticamente al borde del coma etílico, en una terraza que no reunía las medidas de seguridad adecuadas, y mantuvo una indemnización de más de 52.000 euros. Blanco fue condenado después por delitos sexuales cometidos contra otras estudiantes extranjeras en viajes organizados a Marruecos y Portugal.

Una de cada cinco universitarias
Un estudio realizado con 2.428 universitarios estadounidenses que pasaron varias semanas estudiando en doce países encontró que más de uno de cada cinco declaró haber experimentado alguna modalidad de violencia sexual. Incluía desde contacto sexual no consentido hasta coerción verbal. No significa que el 21% sufriera una violación. Las mujeres, los alumnos más jóvenes y quienes consumían más alcohol presentaban mayor riesgo. Tampoco es una cifra que pueda extrapolarse directamente a los Erasmus españoles.
La muerte de la joven estudiante canaria obliga a revisar las costuras del sistema. La Universidad de Granada contemplaba la suspensión de destinos por razones de seguridad. Exteriores había advertido del aumento de la violencia en Morelos. La CRUE reconoce que lejos de casa los estudiantes son especialmente vulnerables. Queda por saber cómo se enlazan esas tres cosas en la vida de una alumna que había salido de casa para aprender, conocer otro país y regresar con algo más de mundo.

