Un bastoncillo por el interior de la mejilla, unas células, un laboratorio y una pregunta que no hace mucho habría parecido insólita en el deporte femenino: ¿es biológicamente una mujer la deportista que tenemos delante? Desde este verano, las tenistas profesionales están pasando una prueba genética que busca la presencia del gen SRY, normalmente localizado en el cromosoma Y y decisivo en el inicio del desarrollo sexual masculino. La tenista Jessica Pegula confirmó en agosto que los controles habían comenzado en el torneo de Cincinnati. Basta una muestra de sangre o un frotis bucal. La prueba se realiza una sola vez.

No es un capricho de la Asociación de Tenis Femenino (WTA). El Comité Olímpico Internacional (COI) aprobó el 26 de marzo una nueva política que, a partir de los Juegos de Los Ángeles 2028, reserva la categoría femenina a las mujeres biológicas y establece como primer método de determinación el análisis del SRY. El COI defiende que es la herramienta más precisa y menos invasiva para saber si se ha producido desarrollo sexual masculino.
El objetivo declarado es proteger la equidad, la seguridad y la integridad del deporte femenino. Pero la decisión ha vuelto a colocar sobre la mesa una pregunta que desborda las pistas de atletismo y las canchas de tenis: ¿es realmente tan sencillo determinar el sexo biológico de una persona?
Ari Berkowitz cree que no. Profesor de Ciencias Biológicas de la Universidad de Oklahoma y especialista en neurobiología, Berkowitz acaba de publicar The Binary Delusion: How Biology Defies the Myth of Two Sexes, (La ilusión binaria: cómo la biología desafía el mito de los dos sexos), un libro cuyo título ya es toda una provocación. Su tesis es que el sexo biológico es “multidimensional” y que ninguna característica aislada permite clasificar sin excepciones a todos los seres humanos. La oportunidad ha querido, además, que Berkowitz lleve meses enfrentándose a la nueva norma olímpica. Para él, convertir el SRY en el guardián de la puerta del deporte femenino ejemplifica el problema que denuncia en su libro.
No todo es XX o XY
En la mayoría de los seres humanos, las piezas encajan como aprendimos en el colegio. Las mujeres tienen habitualmente cromosomas XX, ovarios y genitales femeninos; los hombres, XY, testículos y genitales masculinos. Pero “habitualmente” no significa siempre. El desarrollo sexual depende de cromosomas, genes, gónadas, hormonas, receptores hormonales, genitales y caracteres sexuales secundarios. Existen diferencias del desarrollo sexual en las que algunos de estos elementos no coinciden de la manera habitual.
Uno de los ejemplos más reveladores es el síndrome de insensibilidad completa a los andrógenos (CAIS). Quienes lo presentan tienen cromosomas XY y el gen SRY, pero sus células no responden a los andrógenos. Desarrollan genitales externos femeninos y generalmente son criadas y viven como mujeres. Pueden descubrir su condición en la adolescencia, por ejemplo, al consultar por la ausencia de menstruación. Esta es una de las excepciones contempladas por la nueva política olímpica.
Berkowitz recuerda además que numerosos caracteres asociados al sexo se solapan. Los hombres son de media más altos y poseen mayor masa muscular, pero existen mujeres más altas o musculosas que muchos hombres. Lo mismo sucede con determinados niveles hormonales o con otros caracteres secundarios. Su conclusión es que el sexo no sería estrictamente binario, sino una combinación multidimensional de características biológicas. La gran mayoría de los biólogos discrepan de esa conclusión. Y parten de la reproducción. Los seres humanos producen dos tipos de gametos, óvulos y espermatozoides. Desde esta perspectiva, existen dos sexos organizados alrededor de esas dos funciones reproductivas, aunque determinadas personas presenten anomalías o variaciones en su desarrollo.
La línea del deporte femenino
La cuestión es que el deporte necesita trazar una raya. El COI indica que después de la pubertad masculina aparecen ventajas relevantes en deportes que dependen de la fuerza, la potencia, la velocidad y la resistencia y que proteger una categoría femenina basada en el sexo es necesario para mantener una competición equitativa. Su nueva política supone un giro considerable. Durante años, buena parte del debate se centró en la testosterona. Ahora la pregunta se desplaza hacia el desarrollo sexual masculino y el SRY.
El tenis femenino ya ha seguido ese camino. La WTA comenzó en Cincinnati a realizar una prueba genética única. Pegula contó que las jugadoras se estaban sometiendo a ella con un sencillo frotis de la mejilla. El debate divide incluso a las propias mujeres. La tenista bielorrusa Aryna Sabalenka defiende la necesidad de proteger la categoría femenina. Coco Gauff también considera importante garantizar la justicia competitiva, aunque ha advertido contra la utilización de la controversia para atacar a las personas trans. Martina Navratilova lleva años expresándose a favor de restringir a la participación de mujeres trans, mientras Billie Jean King se ha situado en posiciones mucho más inclusivas.

Actualmente no hay mujeres trans compitiendo en el circuito profesional femenino de tenis, pero la regulación se adelanta así al problema que pretende evitar.
La batalla de Caster Semenya
Hay casos más difíciles que el de las deportistas trans, como el de Caster Semenya. La doble campeona olímpica sudafricana de 800 metros nació y fue criada como mujer, pero presenta una diferencia del desarrollo sexual que produce niveles de testosterona dentro del rango masculino. Su extraordinaria carrera deportiva terminó en una batalla médica, jurídica y política sobre quién puede competir entre mujeres y bajo qué condiciones.

Semenya ha atacado las nuevas pruebas del COI porque considera humillante que las atletas tengan que demostrar que son mujeres. Su caso ilustra el dilema que ahora plantea Berkowitz. La inmensa mayoría de las personas encaja sin dificultad en las categorías masculina o femenina. Son las excepciones las que ponen a prueba cualquier definición, pero en el deporte de élite una excepción puede terminar decidiendo una medalla olímpica.
Las categorías masculina y femenina en el deporte existen porque hombres y mujeres presentan diferencias físicas medias muy importantes después de la pubertad. Si esas diferencias no existieran, separar las competiciones por sexo tendría poco sentido. No dividimos a los ajedrecistas por altura ni a los corredores por color de ojos. La categoría femenina pretende compensar una diferencia biológica que, de competir conjuntamente en numerosas disciplinas, dejaría a estas últimas en clara desventaja.
Por eso aceptar que el desarrollo sexual humano presenta excepciones no resuelve automáticamente el problema deportivo. La ciencia puede describir con enorme precisión todos los casos intermedios, atípicos o excepcionales. Pero alguien tiene que decidir después dónde coloca la frontera una competición y quién se coloca en la línea de salida. Por ahora, el deporte ha buscado la respuesta en cuatro letras: SRY.

