Parece ser que se ha vuelto complicado ser blanco en el siglo XXI. Al menos eso podría pensarse escuchando algunos discursos que recorren Europa, como si una parte de la población hubiera descubierto de pronto que está perdiendo algo que le pertenecía. Llegan personas de otros países, buscan trabajo, alquilan pisos, tienen hijos, montan negocios, llevan a esos hijos al colegio y, si todo va razonablemente bien, terminan envejeciendo en el mismo lugar al que un día llegaron. Nada especialmente extraordinario si no fuera porque hemos decidido convertir uno de los fenómenos más antiguos de la humanidad en una de las grandes amenazas de nuestro tiempo.
Y, sin embargo, si pienso en ello con cierta perspectiva, ser blanco no ha sido precisamente una desgracia. Más bien todo lo contrario. Ser blanco ha sido durante mucho tiempo un privilegio, aunque quienes hemos nacido dentro de él apenas hayamos tenido que pensarlo.
Recuerdo una frase aparentemente insignificante de mi infancia. «Qué bonita, qué rubita», me decían. Lo recuerdo sin reproche hacia quienes lo decían porque formaba parte de una manera de mirar completamente normalizada. Ser rubia, tener la piel clara, determinados rasgos, aparecía asociado casi espontáneamente a la belleza. Nadie necesitaba explicarnos que existía una jerarquía estética porque estaba incorporada en los comentarios familiares, en las muñecas, en las revistas, en las películas y en casi todas las imágenes que nos enseñaban cómo debía ser una niña bonita.
Años después, cuando fui a estudiar a Estados Unidos, ocurrió algo que entonces no interpreté de esta manera y que ahora recuerdo de forma bastante distinta. Cuando me preguntaban de dónde era o aparecía la cuestión de mi procedencia, aclaraba que era europea, no hispana. ¿Por qué necesitaba hacer esa precisión? En aquel momento seguramente habría dicho que simplemente estaba explicando de dónde venía, pero vista desde hoy aquella aclaración resulta bastante menos inocente. Yo había entendido, sin que nadie tuviera que sentarme a explicármelo, que en Estados Unidos ser europea y ser hispana no ocupaban exactamente el mismo lugar en el imaginario social.
Y lo había entendido muy rápido. Había prejuicios hacia lo hispano (hablamos de 1984) y yo, casi inconscientemente, buscaba colocarme en otra categoría. No recuerdo haber tomado la decisión deliberada de distanciarme de nadie; precisamente por eso me parece interesante recordarlo ahora.
Los prejuicios no siempre se manifiestan mediante un insulto o una exclusión explícita. A veces funcionan de una manera mucho más sutil pero eficaz: aprendemos dónde conviene situarnos y, si podemos elegir, nos situamos allí.
Aquella joven española que insistía en que era europea estaba utilizando, sin llamarlo así, una ventaja que tenía disponible. Podía ser española y al mismo tiempo presentarme dentro de una identidad europea que socialmente era percibida de otra manera. Otros no podían modificar con una aclaración la categoría en la que los demás los habían colocado.
Con los años comprendemos que esas pequeñas escenas cuentan cosas bastante más grandes. Nunca tuve que preguntarme si el color de mi piel podía dificultarme alquilar una vivienda, entrar en determinados lugares o hacer que alguien desconfiara de mí antes de conocerme. Tampoco tuve que demostrar que pertenecía al país en el que había nacido. Ser blanca no me garantizaba una vida fácil -ningún color de piel la garantiza-, pero había determinadas dificultades que sencillamente no estaban en mi camino. Y quizá una de las características más eficaces del privilegio sea precisamente esa: quien lo tiene puede pasar buena parte de su vida sin darse cuenta de que existe.
Lo curioso es que los europeos sabemos bastante de movernos. Durante siglos salimos de nuestros países por hambre, por guerras, por persecuciones políticas, por falta de trabajo o porque sencillamente esperábamos encontrar una vida mejor en otro sitio. También viajamos para conquistar, colonizar, comerciar y evangelizar, aunque esos desplazamientos hayan ocupado en los libros de historia capítulos bastante más nobles que los que dedicamos ahora a quienes recorren el camino en sentido contrario.
Hay además una cuestión de lenguaje que resulta reveladora. Un europeo que se instala en otro país suele convertirse en expatriado; alguien que llega desde Senegal, Marruecos o Bangladesh es inmigrante. El primero tiene una experiencia internacional; el segundo forma parte de un flujo migratorio. Uno se muda y el otro llega. Y si llegan muchos, la palabra puede acabar siendo avalancha, oleada o incluso invasión, términos que describen fenómenos naturales o militares y que, utilizados con suficiente frecuencia, consiguen que dejemos de imaginar personas para empezar a imaginar una amenaza.
Edward Said explicó hace décadas en Orientalismo hasta qué punto Occidente había construido una determinada imagen del otro para poder definirse a sí mismo. Aquella idea no pertenece únicamente al mundo colonial. Seguimos necesitando, de maneras más sofisticadas, establecer quiénes son «ellos» para sentir con cierta tranquilidad quiénes somos «nosotros». Y pocas cosas cohesionan tanto un nosotros como disponer de alguien a quien mirar con recelo.
La inmigración se ha convertido además en un recipiente extraordinariamente cómodo para depositar problemas que existían mucho antes de que llegaran quienes ahora parecen causarlos. Si el alquiler es imposible, la explicación puede ser la inmigración; si los salarios son bajos, también; si faltan médicos, si las aulas están saturadas o si aumenta la sensación de inseguridad, siempre resulta tentador encontrar una relación sencilla entre acontecimientos que tienen causas mucho más complejas.
Zygmunt Bauman escribió mucho sobre ese mecanismo. Las sociedades contemporáneas producen incertidumbres difíciles de localizar: precariedad laboral, miedo al descenso social, pérdida de expectativas, desigualdad, transformaciones culturales aceleradas. Son problemas abstractos y, sobre todo, carecen de rostro. El inmigrante, en cambio, tiene uno. Resulta mucho más fácil enfadarse con la familia que acaba de llegar al barrio que con un sistema económico, una política de vivienda que lleva décadas fracasando o una estructura productiva basada en determinados salarios.
Algo parecido ocurre con la delincuencia, probablemente uno de los terrenos donde la simplificación resulta más rentable. Aquí merece la pena abandonar durante un momento las impresiones y mirar los datos. Jesús Javier Sánchez Barricarte, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, analizó más de 5,5 millones de delitos con condena firme cometidos entre 2007 y 2023 en una investigación publicada en julio de 2026 en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas. Al ajustar las cifras por edad y sexo —algo fundamental cuando se comparan poblaciones con estructuras demográficas diferentes—, las diferencias entre españoles y extranjeros se reducen considerablemente.
El estudio ofrece además una comparación difícil de encajar en algunos discursos. Entre 2017 y 2023, mientras la población extranjera en situación irregular aumentó un 345 %, la tasa estandarizada de delincuencia de la población extranjera descendió un 2 %. Si la irregularidad migratoria condujera por sí misma a un incremento de la criminalidad, cabría esperar que semejante aumento hubiera dejado algún rastro en las estadísticas. No ocurrió. La investigación obliga a mirar hacia factores bastante menos cómodos para una conversación rápida: pobreza, exclusión social, edad, sexo, condiciones laborales, vivienda o determinados entornos urbanos. Incluso aparecen diferencias importantes según las nacionalidades, algunas con tasas inferiores a las de la población española. Los datos tienen a veces esa desagradable costumbre de complicarnos los prejuicios.
Esto no significa negar los delitos cometidos por personas extranjeras ni convertir la inmigración en un territorio donde cualquier crítica resulte sospechosa. Significa simplemente que utilizar la nacionalidad como explicación de una conducta compleja es bastante pobre y que quizá deberíamos exigir el mismo rigor cuando hablamos del extranjero que cuando hablamos de nosotros mismos. Cuando un español comete un delito no solemos preguntarnos qué revela aquello sobre la cultura española.
España ofrece, además, una paradoja particularmente interesante porque hemos pasado, en relativamente pocas décadas, de despedir emigrantes en estaciones y puertos a hablar de la inmigración como si fuera un fenómeno completamente ajeno a nuestra historia familiar. Millones de españoles fueron a Francia, Alemania, Suiza, Argentina, Venezuela o México. Muchos llegaron sin hablar el idioma, ocuparon los trabajos disponibles y enviaron dinero a sus familias. Si, ya sé lo que estás pensando íbamos con contrato de trabajo. Algunas veces fueron bien recibidos y otras no tanto. La memoria, sin embargo, tiene una sorprendente capacidad de adaptación cuando mejora la cuenta corriente.
También convendría preguntarnos qué extranjero nos molesta exactamente, porque no todos parecen provocar la misma inquietud. Adela Cortina acuñó el término aporofobia precisamente para señalar que muchas veces aquello que rechazamos no es tanto al extranjero como al pobre. El empresario extranjero que compra una vivienda de varios millones de euros no suele provocar debates sobre la pérdida de nuestra identidad. Incluso podemos encontrar bastante cosmopolita que una familia europea compre una casa en otro país y pase allí seis meses al año. Las fronteras culturales parecen volverse bastante más flexibles cuando quien las atraviesa dispone de patrimonio.
Mientras discutimos todo esto ocurre otra cosa menos vistosa: necesitamos a esas personas. Una parte considerable de quienes cuidan a nuestros mayores, trabajan en el campo, limpian nuestras casas, cocinan en restaurantes, construyen edificios o sostienen determinados servicios han nacido fuera de España. Nuestra demografía tampoco invita precisamente al optimismo y, aun así, mantenemos una relación bastante contradictoria con la inmigración: necesitamos trabajadores y contribuyentes, pero nos incomoda aceptar que los trabajadores y los contribuyentes tienen familia, religión, costumbres, hijos, necesidades y la comprensible aspiración de ser algo más que mano de obra.
Queremos que trabajen, pero preferiblemente sin alterar demasiado el paisaje. Que cuiden a nuestros padres mientras nosotros trabajamos, aunque la llegada de los suyos pueda parecernos excesiva; que paguen impuestos, aunque después discutamos cuánto derecho tienen a beneficiarse de los servicios que esos impuestos sostienen; que aprendan nuestra lengua y nuestras costumbres, aunque sigamos preguntándoles de dónde son cuando llevan veinte años viviendo aquí. Incluso sus hijos, nacidos en España, pueden continuar durante años bajo esa curiosa denominación de «segunda generación de inmigrantes», como si la condición migratoria pudiera heredarse.
Tampoco conviene idealizar lo contrario. Integrarse no siempre es fácil. No lo es para quien llega y tampoco necesariamente para la sociedad que recibe. Hay diferencias culturales, religiosas y sociales que pueden generar conflictos; hay problemas de convivencia, barrios que cambian muy deprisa, servicios públicos sometidos a presión y personas que llegan con códigos que no siempre coinciden con los de la sociedad de acogida. Negarlo no ayuda a nadie, como tampoco ayuda pensar que cualquier preocupación sobre la inmigración convierte automáticamente a quien la expresa en xenófobo.
La solución no es fácil y probablemente ni siquiera exista una única solución. Harán falta políticas migratorias sensatas, recursos, educación, exigencias compartidas, derechos y deberes, tiempo y paciencia. Integrarse requiere un esfuerzo de quien llega, pero convivir también exige alguno de quien ya estaba. Y mientras encontramos todas esas soluciones que los gobiernos, los expertos y las sociedades llevan décadas buscando, quizá podríamos empezar por algo bastante menos ambicioso: ejercer de seres humanos. No parece una propuesta política particularmente sofisticada, pero tal vez debería ser una prioridad.
Porque antes de saber si alguien tiene permiso de residencia, qué religión práctica, de qué país viene o cuánto tardará en integrarse, hay algo que sabemos: tenemos delante a una persona. Alguien que puede equivocarse, trabajar, cuidar, molestar, enamorarse, delinquir, aprovechar oportunidades o desperdiciarlas, como cualquiera de nosotros. Convertirla de antemano en una categoría significa dejar de verla antes incluso de haberla conocido.
Hannah Arendt escribió sobre la fragilidad de los derechos cuando una persona deja de pertenecer plenamente a una comunidad política. Antes de discutir qué derechos tiene alguien aparece una pregunta anterior, mucho más profunda, acerca de quién consideramos que pertenece al grupo al que esos derechos corresponden. Es ahí donde la conversación sobre inmigración deja de ser únicamente administrativa y empieza a revelar qué idea tenemos de nosotros mismos.
Probablemente por eso me inquieta menos que Europa no haya encontrado todavía una buena solución a la inmigración —sería extraño que un fenómeno de esta magnitud tuviera una solución sencilla— que la facilidad con la que empezamos a acostumbrarnos a determinadas palabras, imágenes y discursos. Entre discutir cómo gestionar una frontera y dejar de conmovernos ante quien intenta cruzarla existe una distancia considerable.
Cuando recuerdo aquel «qué bonita, qué rubita» de mi infancia y, muchos años después, a aquella joven española en Estados Unidos explicando que era europea y no hispana, veo ahora una continuidad que entonces era incapaz de percibir. No creo que quienes alababan mi pelo estuvieran haciendo una declaración racial, como tampoco creo que yo pretendiera conscientemente despreciar a nadie cuando hacía aquella aclaración. Precisamente ahí está lo interesante. Muchas de las jerarquías que organizan nuestra mirada no necesitan ser proclamadas. Las aprendemos, las incorporamos y, algunas veces, incluso aprendemos a beneficiarnos de ellas antes de saber que existen.
Quizá por eso resulte extraño escuchar ahora que ser blanco se ha convertido en una especie de desventaja. Durante mucho tiempo ha sido exactamente lo contrario, y reconocerlo no significa avergonzarse de ser blanco ni sentirse culpable por haber nacido de una determinada manera. Significa simplemente aceptar que algunas puertas que para nosotros parecían puertas normales para otros nunca se abrieron con la misma facilidad.
Ser blanco en el siglo XXI puede que no sea, después de todo, tan difícil. Lo difícil quizá sea acostumbrarnos a que aquello que durante mucho tiempo vivimos como normalidad era también, en parte, una posición de privilegio y comprender que perder la exclusividad de ese lugar no equivale a perder nuestros derechos. Mientras aprendemos a compartirlo —porque tampoco sabemos muy bien cómo hacerlo—, ejercer de seres humanos quizá siga siendo el mejor lugar desde el que empezar.

