Se habían preparado para lo peor. Y ocurrió. Jonathan Andic entró engrilletado el pasado 19 de mayo en el juzgado de Martorell, Barcelona, año y medio después de la caída mortal de su padre. Y a las horas salió bajo fianza con un millón de euros menos que su defensa acaba de recurrir. Para la fiscal Teresa Yoldi no había duda: su destino era la cárcel de acuerdo con los indicios presentados por los Mossos contra él, al que acusan de matar a su padre Isak Andic, el 14 de diciembre de 2024. Para el equipo del reputado letrado Cristóbal Martell se trata de “una condena social anticipada” y han sacado la artillería pesada.
Por supuesto, no la acumularon en estos diez días. Llevan tiempo preparándose e incluso guardaban su particular bala en la recámara, una imagen captada por la cámara de videovigilancia apostada a la entrada del edificio de Mutua Universal Barcelona. Allí, el 20 de febrero de 2024, diez meses antes de caer al vacío en un sendero de Montserrat, el patriarca de Mango sufrió un tropiezo sobre el que ahora pivota parte de la defensa del primogénito. La caída, aseguran en un escrito presentado esta semana, explica por qué a su entender el cadáver no presentaba lesiones en las manos pese a precipitarse cien metros ladera abajo entre rocas. Están convencidos de que fue por el mismo gesto que han observado realizó en el tropiezo ante el edificio en el que aseguran “no existe posición defensiva”, como de echar las manos hacia delante para evitar el golpe de forma instintiva, sino que Isak Andic sufre una pérdida de equilibrio fruto de un “colapso articular”.

Detrás de su teoría está una enfermedad degenerativa de la que aclaran su hijo no estaba al tanto cuando lo llevó a dar un paso por la montaña, los dos solos y sin calzado adecuado. Jonathan desconocía que su padre sufría de gonartrosis bilateral en ambas rodillas. Un diagnóstico constatado por dos médicos en concordancia con el análisis que hacen en paralelo del vídeo, paso a paso, y que a su vez han recreado con un maniquí plagado de sensores al que incluso han tirado por el terraplén mientras lo grababan desde todos los ángulos con drones. “Y da el mismo resultado: es una muerte accidental”, sentencia el conocido detective Paco Marco de Método 3 encargado de la contrapericial. Y ha ido más allá. Señala al jefe de la investigación de forzar e inventar una línea argumental para avalar sus indicios.
Desmontado la acusación
De primero de estrategia: la mejor defensa es un buen ataque. Y en ello trabajan. Si el descubrimiento del vídeo del tropiezo anterior junto a la pericial del maniquí puede resultar visualmente efectista, en el redactado del contrainforme la defensa carga tintas. “Se trata, en suma, de una afirmación construida sobre el vacío, sobre la nada”, aseveran al referirse a los informes aportados por la Unidad de Montaña de los Mossos. Igual que les acusan de omitir información “relevante” del levantamiento del cadáver como el apunte de “que es una caída accidental”.

De segundo de estrategia: plantear que el acusado es la víctima. De ahí que en el escrito desvirtúen la instrucción al destacar que se ha llevado a cabo un “esfuerzo policial judicialmente asumido”. Como si policías y fiscal tuvieran un empeño expreso en acusar a Jonathan Antic de parricida, sin tener en cuenta lo que implica de por sí, que a su entender es “el más duro reproche, el más doloroso y socialmente vergonzante que pueda sufrirse”. Para la defensa, los Mossos no son conscientes de “los efectos devastadores que la sospecha misma causa”. Es más, hablan de una investigación policial “calladamente filtrada”, que no deja posibilidad de defensa. En definitiva, retratan a un inocente al paredón.
En casi 30 páginas, han replicado cada indicio incriminatorio. Sobre cuántas veces recorrió Jonathan el mismo sendero días antes de la caída aclaran que los investigadores confunden visitas con rutas. Sobre el móvil robado en Ecuador, que la policía desmintió, aclaran que las estadísticas sobre hurtos y robos en Quito avalan la posibilidad y que igualmente cambió de teléfono con la misma periodicidad que lo hizo antes de los hechos. Como aseveran que “no es exacto” que el terminal del día de autos fuera borrado. Precisan que Jonathan no tenía copia de seguridad. También encuentran una deficiencia en otro indicio clave para los Mossos: la pisada hallada en la zona cero. “Muestra su propia ineficacia probatoria”, apuntan ciñéndose a la información que aportan los investigadores sobre su intervención en una zona que no estaba “aislada ni acordonada”. Vienen a insinuar que esa huella la podría haber hecho cualquiera.
La idea freudiana de la muerte
Una a una, la defensa recoloca las piezas del puzzle para que la visión de conjunto sea otra. La de un hombre inocente acusado en falso, llegando a malinterpretarse sus palabras. Así, mientras los agentes deducen que Jonathan incurrió en contradicciones en las primeras llamadas a Emergencias sobre si había visto o no caer a su padre, la defensa recurre a la transcripción de las mismas para incidir en que, por contra, siempre repite lo mismo: “que se ha caído por un barranco” y que “cuando me he girado lo he visto gritar y caerse”. Incluso, cuando mes y medio después declara en comisaría réplica: “No pude ver nada. Únicamente, algo fugaz. De hecho, lo que sí recuerdo es el ruido de piedras, el impacto y el gemido”.
Lo que lleva a lo mollar: ¿realmente se llevaban mal padre e hijo? ¿Se podía deducir de alguna declaración del propio Jonathan o de su entorno que existía un roce o desavenencia entre ambos que fuera el móvil del crimen? De nuevo, la respuesta de la defensa es taxativa: no. Para ello, recurren a lo que declaró Jonathan un año después: “La relación con mi padre, desde hace un tiempo, era mejor que nunca”. Y no es lo único que presentan para, como dicen, dinamitar la tesis de cargo. Aluden al conjunto de mails y testificales del entorno para demostrar que no existe “ni un solo reproche” entre ellos. Igual que niegan la obsesión de Jonathan por el dinero o la idea freudiana de la muerte del padre.

El blindaje de la familia
“Algún rifirrafe, pero nada grave…”, declaró Judith. “Nunca los vi discutir”, la secundó Sarah. Las hermanas de Jonathan negaron por igual la supuesta mala relación que aducen los Mossos. A su padre lo definen como alguien “cristalino” y a su hermano como “una persona muy estable y poco impulsivo”. Y revelan que los tres estaban al tanto de las intenciones del patriarca de crear una fundación para personas necesitadas “en la que iban a ser patronos”. En ningún caso manifiestan una preocupación de Jonathan por la herencia. O al menos así lo hace constar la defensa en la selección de los extractos de las diversas testificales. Declaran en esa línea el tío paterno -“discusiones habituales”-, un amigo íntimo el padre -“muy buena relación, trabajaban juntos”-, la secretaria, el jefe de servicio, el chófer y hasta el presidente de Mango. Uno tras otro habrían desvirtuado cualquier tesis acusatoria, como a posteriori ha demostrado la familia en cada comunicado emitido hasta el mismo día de la detención, en los que han mantenido su apoyo férreo a Jonathan. Seguros, dicen, de una inocencia que clama un letrado que apunta alto. La batalla legal acaba de comenzar.

