Con camisa blanca, pantalón azul con la raya planchada, mocasines, barba perfilada y “diez kilos menos” que los que tenía cuando murió Ana Buza, el 7 de septiembre de 2019. Siete años después, en el banquillo de los acusados donde nunca imaginó estar, Rafael Vicario se ha presentado maqueado como procede para ocasión. A sus 33 años, se enfrenta a una condena de tres a veinte años de cárcel por la muerte de su exnovia Ana Buza. La horquilla se debate entre el homicidio imprudente que pide la fiscalía y los veinte años por asesino que reclama la familia. Su defensa se ciñe a la absolución. Por un momento, al final de su declaración ante el jurado, ha parecido que incluso declaraba en calidad de víctima.
“En este tiempo, mi familia y yo hemos recibido amenazabas. Y desde que han publicado mi cara en redes sociales, tengo que ir con mascarilla a todos lados”. Con ella ha entrado y salido de la Audiencia de Sevilla. Entre una lluvia de cámaras y flashes, y por su propio pie. Hasta ahora, nunca ha entrado en prisión durante el proceso. De hecho, de no ser por el empeño de la familia de Ana Buza, y sus sospechas, ni siquiera habría habido una causa que juzgar. Tanto la Guardia Civil como los forenses y la jueza de Carmona le echaron el cierre como suicidio. En menos de 48 horas, llegaron a la conclusión de que Ana, de 19 años, saltó del asiento trasero del coche que conducía su novio a unos 120 kilómetros por hora.
Numerosas lagunas y una última versión del acusado
No se cuestionaron cómo era posible que ella terminase muerta sobre el asfalto mientras él salía del coche sin un rasguño –en el juicio ha aclarado que solo sufrió “una contracción” en la espalda–. O que no llamase a Emergencias –según él, porque no encontraba su móvil–. O que diera hasta cuatro versiones distintas de lo que pudo pasar. Hasta la fiscal le ha preguntado por ello. “Porque estaba en shock”, ha respondido de forma recurrente. Como sucedió en el cuádruple crimen de Pioz, con un Patrick Nogueira que presentó un cuadro de amnesia selectiva al rememorar cómo mató y descuartizó a sus dos tíos y sus dos primos menores, Rafa Vicario también ha recordado solo detalles concretos.
Entre otros, cómo levantó la mano para dar el alto a otros conductores en busca de ayuda, o que él repetía sin parar que quería encontrar “a mi niña”, y entonces la vio “tras la mediana (…), recuerdo que me tumbé al lado de ella”, ha añadido. También, que quería que alguien llamara a su madre con quien ha negado haber hablado antes de hacerlo con la guardia civil, como sospecha la acusación. Al margen de que la ley no castigue a los progenitores por encubrir a sus hijos, salvo que el delito sea por lucro.
Y al tercer sollozo, el acusado tampoco lloró
Si hay algo irrefutable es que del momento de los hechos solo existe la versión de Rafa. Pues la otra sería la de Ana. Y no hay más testigos. Además, ningún agente solicitó las imágenes de la única cámara de carretera que enfoca a la perfección la salida 511 de la autovía de Sevilla, a la altura de Carmona. “De ser así, nos habríamos ahorrado estos siete años de sufrimiento”, se lamenta una prima de la joven. Los Buza, grandes y chicos, han seguido todas las sesiones, intentando esquivar el roce frontal con los Vicario. Al menos en la sala. Sin embargo, en los pasillos de la Audiencia la tensión se ha notado especialmente durante la octava sesión.
Todos esperan con impaciencia el turno del último en declarar. Cada vez son más los abogados que eligen esta opción para su cliente, en lugar de hacerlo el primer día. Aunque sea antes o después, por lo general no falla la teatralización. Hay unas preguntas-respuestas mínimamente guionizadas, hasta el punto de que Rafa Vicario se ha adelantado a lo formulado por su abogado. Aun así, parecía tranquilo. Salvo algún acelerón al hablar que le ha corregido la jueza, y salvo los tres intentos de sollozo. El primero, al valorar lo “muchísimo” que ella lo ayudaba a estudiar –oposita para policía local–; el segundo, porque no podía olvidar la cara de Ana muerta; y el tercero, al relatar el estigma que ha supuesto este caso para él: “No voy al gimnasio y he perdido diez kilos”. Se ha lamentado sin llegar a soltar una lágrima. “Igual que en el tanatorio”, recuerda Lucía. Entonces tenía 16 años, pero no olvida a su madre impactada al observar los ojos secos de Rafa: “Hacía como que lloraba”.
La supuesta última bocanada de Ana Buza
En Sevilla no recuerdan un caso igual desde Marta del Castillo, con el que comparte dos semejanzas notorias: la investigación policial en entredicho y el acusado con múltiples versiones. Si Miguel Carcaño dio hasta siete, Rafael Vicario sumó cuatro en las primeras horas. Desde que la puerta se trasera se abrió de imprevisto saliendo Ana disparada al intentar recuperar su mochila; a que en realidad se suicidó aferrada a su mochila y su móvil; o que fue Rafa quien perdió el control del coche al cruzarse un animal; y hasta que iban discutiendo por culpa del padre de Ana.
En algunas versiones, se quitaba el cinturón al girarse para mirar a Ana, sin por ello sufrir más lesiones; en otras llegaba a verla caer o hasta la agarraba de la camiseta que se desgarraba en su intento imposible por salvarla. Al parecer, dependiendo del oyente, la épica del instante variaba. Igual que ante el jurado ha sido la siguiente: “Ella no hablaba… Y yo escucho una bocanada de aire. Veo su cuerpo cayendo y hago por intentar cogerla. Tal cual hago el gesto, se desvía el coche”. Como ha reseñado la propia fiscal, esta es “la versión que da ahora”.
Masterclass de aerodinámica para desmontar la tesis del suicidio
El jurado no lo va a tener fácil. Lo componen seis mujeres y tres hombres, con una media de treinta años, que han seguido con diligencia un juicio convertido en una especie de masterclass sobre física, matemáticas y aerodinámica. En el que los peritos de la acusación han recurrido a ejemplos de andar por casa –con una báscula en la pared– para explicar la imposibilidad, de acuerdo con la ingeniería aeroespacial, de que Ana abriese desde el interior la puerta del coche en el que iban a 117 kilómetros por hora. “Siendo la hipótesis más favorable, solo podría haberlo tenido abierta lo que dura un parpadeo”, puntualizaron.
El culmen fue el careo entre cuatro forenses. De un lado, los del “suicidio impulsivo”. Del otro, los que sostiene que fue un atropello intencionado frontolateral, según el cual Ana llegó a bajarse del coche estando parado, y luego Rafa lo reinicio para golpearla contra el quitamiedos mientras ella caminaba por el arcén. Del impacto, ella no sobrevivió. A su lado, su mochila, sin mácula y con un pequeño roto. De su teléfono móvil, ni rastro. La tardanza en hallarlo, que lo recogiese el padre en la cuneta, a los 20 días, y no la guardia civil que lo había dejado de buscar, y que a posteriori se descubriera la manipulación del móvil y del ordenador de Ana, da para media temporada de CSI.
¿Y si Rafa sí tenía conocimientos de informática?
El peritaje del teléfono móvil de Ana es capítulo aparte. Apareció sin la carcasa, a 70 metros del lugar del impacto, sin marcas pese a salir supuestamente disparado del interior del coche y aún con batería, pese a los 20 días a la intemperie. Con lo que se sumó de inmediato a la larga lista de misterios por resolver acometida por la familia en su particular investigación en paralelo que les llevó a comprobar y demostrar la manipulación del dispositivo: se habían retocado fechas de búsqueda, borrados mensajes, alterado y sobrescritos otros. E incluso, aparecían aplicaciones descargadas con posterioridad a los hechos.
“O es mentira o es imposible”, ha declarado el acusado al respecto, tanto a las preguntas de la fiscalía y su defensa. Ha considerado necesario aclarar que no respondía a la acusación porque “prefiero no colaborar a imponer su mentira”. Como cuando José Bretón espetó en el juicio por su doble parricidio que le parecía “increíble” que en lugar de juzgarlo no siguieran buscando a sus hijos. Rafa Vicario hasta ha declarado en sede judicial que no tiene ningún conocimiento informático y, sin embargo, en una sencilla búsqueda en Google figuran tres aportaciones suyas en la web Github, un repositorio de de uso exclusivo para programadores.
“Yo sé que ella murió porque le dejó”
Ana tenía instalada una aplicación espía en su móvil. Por supuesto, sin su conocimiento. ¿Quién se espiaría a sí mismo? Lo que sí había desinstalado era el WhatsApp a los tres meses de empezar a salir con Rafa. En sí, la relación apenas llegó al año. Y a los seis meses, ella ya había detectado los primeros red flags. Suficientes para escribir un larguísimo y detallado correo a una psicoterapeuta con la que había tenido trato años atrás, y en la que pensó al darse cuenta que se había enamorado de un celópata: “Ana no podía más, pero tenía la esperanza de que con ayuda podría cambiar esa conducta machista, controladora y asquerosa de Rafa. Sabe que no cambiará, pero quería intentarlo (…) Yo sé que ella murió porque le dejó”, ha explicado tras aclarar que nunca vio en ella conductas automáticas y que descarta por completo el suicidio. Su testimonio fue crucial para abrir otra grieta en la confianza que los Buza aún depositaban en el exnovio de su hija.
Por si fuera poco, al mes de morir Ana, a través del decano el padre solicita entrevistarse con compañeros de la universidad, del Grado de Filosofía que estudiaba ella. Y así conoce a Susana. En el juicio ha definido al acusado como un acosador: “Entraba en clase aunque no estaba matriculado. Cuando Ana iba al baño, él iba detrás. Era muy intimídate”, ha contado ante un Vicario que se ha llevado las manos a la cara como si no diera crédito a lo que estaba escuchando. Su abogado le ha seguido en la escenificación. Mientras, la testigo contaba que llamó incluso al 016 pidiendo asesoramiento, pero que le dijeron que no podía hacer nada al no ser familia y ser Ana mayor de edad. Todavía hoy se arrepiente de no haber seguido buscando vías para evitar el desenlace.
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