Cuando Montse llegó a la Guardia Civil apenas podía hablar. El miedo la bloqueaba. Fueron sus hijos quienes empezaron a explicar lo que ocurría dentro de casa.
Había llegado hasta allí después de años de una violencia que fue ocupando poco a poco cada espacio de su vida hasta hacerle perder su autonomía. “Durante mucho tiempo no fui consciente de estar secuestrada”, explica. El control había alcanzado incluso lo cotidiano: “No podía ir sola al médico. No podía manejar dinero. No podía decidir sobre mi propio cuerpo ni sobre el de mis hijos”.
El punto de inflexión llegó cuando entendió que sus hijos también estaban creciendo dentro de aquella realidad. Preparar la salida no fue inmediato. Necesitó tiempo para organizar una huida que no solo significaba separarse de su agresor, sino recuperar una vida que había dejado de sentir como propia.
Pensó que aquel paso abriría la puerta de salida, pero la denuncia no fue el final, sino el comienzo de una etapa marcada por procedimientos judiciales, declaraciones, decisiones sobre los hijos, dificultades económicas y la necesidad de reconstruirse mientras las consecuencias de la violencia seguían presentes.

Lo que le ocurrió a Montse también aparece en los relatos de otras supervivientes: denunciar no siempre marca el final de la violencia, sino el inicio de un recorrido que muchas veces no habían imaginado.
El momento de reconocer la violencia
María Elena tardó en llegar a una comisaría porque antes tuvo que entender qué estaba viviendo. En su caso, la violencia tampoco apareció de un día para otro. El control y las humillaciones fueron creciendo dentro de la relación hasta dejarle cada vez menos espacio para decidir.
Durante mucho tiempo pensó que podía salir sola, que la situación cambiaría y que todavía había algo que salvar.
La pregunta que cambió su forma de mirar la relación llegó en terapia: “¿Quieres seguir con tu marido o quieres irte?”.
Aquella frase, recuerda, “me abrió los ojos”. Hasta entonces había intentado encontrar una salida dentro de la propia relación. Incluso cuando decidió denunciar, el miedo y la culpa seguían presentes.
“Me daba pena, sabía que lo iban a detener, no quería follones, solo que se acabase todo, pero el agente que cogió la denuncia me convenció y la puse”, explica.
Su historia muestra que denunciar no es solo acudir a una comisaría. Es atravesar un proceso en el que muchas mujeres tienen que vencer el miedo, la dependencia económica, la preocupación por los hijos o la falta de una red de apoyo.
La vida que queda después de denunciar
La historia de Estela ha quedado marcada por años de procedimientos judiciales, por la lucha relacionada con sus hijos y por unas consecuencias económicas que todavía condicionan su día a día. “Esta es una vida atravesada por la violencia”, resume.
En su caso, la ruptura no supuso el final del conflicto. La batalla continuó en los juzgados y en la dificultad de reconstruir una estabilidad mientras las decisiones sobre su futuro y el de sus hijos seguían pendientes.
El dinero se convirtió también en una herramienta de desigualdad. “Me ha arruinado y yo no soy una opción económica viable para mis hijos y él tiene mucho dinero”, explica.
Su relato pone nombre a una de las partes más invisibles de la violencia: la vida que queda suspendida mientras los procedimientos avanzan. Los trámites, las resoluciones pendientes y la incertidumbre forman parte de una batalla que puede prolongarse durante años.
“Ha sido un secuestro”, cuenta al hablar de las consecuencias que esta situación ha tenido para ella y sus hijos. No habla solo de un conflicto judicial. Habla de tiempo, de autonomía y de la dificultad de recuperar una vida propia mientras la violencia sigue teniendo consecuencias.
Cuando el control encuentra otra vía
Rita pensó que la separación significaría recuperar su libertad. Pero descubrió que el agresor podía seguir presente de otra manera. “No es una pelea por una perra. Es una forma de seguir controlándome”, explica. Tina, su mascota, se convirtió en el centro de un conflicto que para ella nunca fue únicamente sobre un animal. “Siempre digo que es como una hija para mí”, cuenta.

Lo que desde fuera podía parecer una disputa puntual era, según relata, una forma de seguir presente en su vida y mantener el control que la ruptura había puesto en cuestión.
“Fue entonces cuando entendí que todo venía de mucho antes y que yo no me había dado cuenta”, explica.
Su historia muestra cómo la violencia continúa después de la ruptura. Cuando el agresor pierde el control que ejercía durante la convivencia, puede buscar nuevas formas de mantenerlo a través de los hijos, los procedimientos judiciales, los bienes compartidos o cualquier elemento importante para la mujer.
Cuando no encajas en la imagen de víctima
Rocío tuvo que enfrentarse a otra batalla después de denunciar: la mirada del entorno. No encajaba en la imagen que muchas personas tienen de una víctima de violencia de género. Era una mujer con carácter, independiente y con una vida aparentemente normal.
Precisamente por eso tuvo que escuchar dudas sobre su historia. “Con lo que tú eres… pero si tienes carácter… no te veo yo aguantando eso”, recuerda que le dijeron.

Su historia desmonta una idea todavía muy extendida: que existe una única forma de ser víctima.
La violencia machista puede afectar a mujeres con personalidades, edades y circunstancias muy diferentes. Después de denunciar, muchas no solo tienen que enfrentarse al agresor o al procedimiento judicial. También tienen que reconstruir la mirada de quienes no entendieron lo que estaban viviendo.
El camino que empieza después
Las historias de Montse, María Elena, Estela, Rita y Rocío son diferentes, pero todas llegan al mismo punto: denunciar es un paso decisivo, no la llegada.
Las cinco hicieron lo que se pide a una mujer que sufre violencia: pedir ayuda y denunciar. Sus historias muestran que ese paso es imprescindible, pero que la reconstrucción empieza mucho después.
Porque salir de la violencia no termina al cruzar la puerta de una comisaría. Para muchas mujeres, ahí empieza otro camino.
(Todos los nombres de las mujeres han sido modificados para proteger su identidad)
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

