Imaginemos una escena aparentemente sencilla. Es de noche y hay que atravesar un camino del campus para llegar a casa. Hay una zona iluminada delante, algunos árboles, arbustos y rincones oscuros alrededor. No hay nadie a la vista. No ocurre nada. Ahora imaginemos que dos personas recorren exactamente el mismo lugar: un hombre y una mujer.
Los dos tienen delante la misma fotografía, pero el estudio revela que sus ojos imaginan cosas distintas. Él tiende a concentrarse en el sendero, en la luz o en algún elemento concreto que encuentra en su recorrido. Ella, en cambio, parece ampliar el campo de vigilancia: además del camino, presta atención a lo que queda fuera de él, especialmente a los arbustos y las zonas oscuras.
No es una impresión subjetiva convertida en una frase. Los investigadores consiguieron plasmar esas diferencias en mapas de calor, una representación visual de los puntos de la imagen que más llamaban la atención de cada participante. Y el resultado es llamativo: sobre la misma fotografía aparecen, literalmente, dos maneras diferentes de recorrer el espacio.
Cómo consiguieron medir el miedo
El trabajo, titulado “Gender-Based Heat Map Images of Campus Walking Settings: A Reflection of Lived Experience”, fue publicado en la revista Violence and Gender en 2024.
Los investigadores reunieron las respuestas de 571 estudiantes universitarios adultos. De ellos, 276 eran mujeres, 219 hombres y 71 se identificaron como no binarios. Para el análisis comparativo entre hombres y mujeres se utilizaron los datos de los dos primeros grupos.
A los participantes se les mostraron 16 fotografías de diferentes espacios de cuatro campus universitarios del norte de Utah. Las imágenes combinaban dos variables: el momento del día, día o noche, y el nivel de posibilidad de quedar atrapado en el espacio, es decir, si resultaba fácil escapar de la zona en caso de necesitarlo o si, por el contrario, el entorno dificultaba la salida.
La instrucción era sencilla: imaginar que caminaban solos por ese lugar y señalar en la pantalla las zonas que más les llamaban la atención. De esas respuestas nacieron los mapas de calor.

Cuando el camino deja de ser solo el camino
La diferencia apareció una y otra vez. Los hombres tendieron a fijarse principalmente en el camino que tenían delante. Las mujeres seleccionaron con mayor frecuencia elementos situados fuera del sendero, como arbustos o zonas oscuras. Y esa tendencia se hizo especialmente evidente cuando las fotografías representaban escenas nocturnas o espacios con mayor sensación de atrapamiento.
Los datos estadísticos respaldaron esa diferencia. El estudio encontró una relación significativa entre el género y la selección de puntos dentro o fuera del camino, y también diferencias especialmente claras cuando se combinaban género y nivel de atrapamiento. En este último caso, la asociación fue estadísticamente significativa con p < 0,001.
Hay una imagen que ayuda a entenderlo sin necesidad de fórmulas. Para una persona, el sendero puede ser simplemente el lugar por el que debe avanzar. Para otra, el sendero es solo una parte de la escena. También importan aquello que queda a ambos lados, quién podría esconderse detrás de un arbusto, qué zona queda fuera de la iluminación o desde dónde podría aparecer alguien. Es una diferencia de atención, pero también puede ser una diferencia de experiencia.
No es solo una cuestión de iluminación
El estudio plantea una idea especialmente importante: mejorar la iluminación puede ayudar, pero no basta por sí solo para resolver el problema.
Los investigadores comprobaron que, incluso en algunas imágenes en las que los caminos estaban iluminados, las participantes seguían dirigiendo parte de su atención hacia las zonas exteriores del sendero. Para los autores, esto apunta a un problema más profundo relacionado con la manera en la que hombres y mujeres experimentan los espacios construidos.
Por eso, el trabajo no propone simplemente poner más farolas. También invita a quienes diseñan campus, calles y espacios comunitarios a tener en cuenta cómo distintas personas perciben esos lugares y qué elementos pueden generar sensación de vulnerabilidad.
La arquitectura, recuerdan los autores, no es el único factor. También influyen las experiencias sociales y culturales y los sistemas en los que se construyen esos entornos.
Caminar sola también puede significar estar en alerta
La parte más reveladora del estudio quizá no esté en una fotografía concreta, sino en lo que ocurre antes de que suceda nada.
Una mujer que camina sola puede no estar siendo perseguida, acosada ni amenazada. Sin embargo, puede estar pendiente de los espacios que la rodean. Puede elegir una ruta distinta, evitar una zona oscura o modificar su comportamiento porque considera que determinados lugares presentan un riesgo.
El propio estudio recoge investigaciones anteriores que relacionan la percepción de inseguridad con cambios en las rutas y conductas de desplazamiento, especialmente para evitar lugares mal iluminados o considerados peligrosos. También señala que sentirse insegura al desplazarse de noche puede afectar a la salud física, emocional y social, así como al sueño y al rendimiento académico.
Es decir, el miedo no tiene por qué aparecer únicamente cuando ocurre una agresión. Puede instalarse antes, en forma de precaución.
La pregunta que queda al final
Los investigadores son conscientes de que su trabajo tiene límites. Los datos proceden de una población universitaria concreta, se recogieron durante la pandemia de COVID-19 y las fotografías correspondían a campus situados en una zona geográfica limitada de Utah. Por eso plantean que futuras investigaciones deberían ampliar la muestra y preguntar directamente a los participantes qué vieron y por qué determinados elementos captaron su atención.
Pero las imágenes dejan una pregunta difícil de esquivar. Si dos personas atraviesan el mismo espacio y una puede concentrarse únicamente en llegar a su destino mientras la otra necesita vigilar también lo que ocurre a su alrededor, ¿están realmente recorriendo el mismo lugar?
El estudio no pretende responder que todas las mujeres miren de una determinada manera ni que todos los hombres lo hagan de otra. Lo que muestra es una diferencia de patrones en un grupo concreto de participantes. Pero convierte en visible algo que durante mucho tiempo ha sido difícil de explicar: cómo una experiencia de miedo puede cambiar incluso aquello que buscamos con la mirada.
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