Mientras miles de personas hacen las maletas para empezar las vacaciones, otras cuentan los días con miedo. Para muchas mujeres que sufren violencia machista, el verano no representa descanso, sino pasar más tiempo con su agresor, lejos de su entorno habitual y con menos oportunidades para pedir ayuda. Lo que para la mayoría significa desconexión, para ellas puede convertirse en un periodo de mayor control, aislamiento y riesgo. No es una sensación subjetiva: año tras año, las estadísticas vuelven a situar los meses estivales como los más letales para las víctimas de violencia de género.
Los datos oficiales muestran una tendencia que se repite desde hace más de dos décadas. Junio, julio y agosto concentran más del 30% de los asesinatos machistas registrados en España y julio es, históricamente, el mes con mayor número de feminicidios en el ámbito de la pareja o la expareja. Una realidad que obliga cada verano a reforzar la vigilancia institucional, pero que también plantea una pregunta inevitable: ¿Qué ocurre durante estos meses para que el riesgo aumente de forma tan significativa?
Más tiempo juntos, más oportunidades para el control
Uno de los principales cambios que trae consigo el verano es la alteración de la rutina diaria. Las jornadas laborales se reducen o desaparecen durante las vacaciones, aumentan las horas de convivencia y muchas parejas pasan días enteros compartiendo el mismo espacio. En relaciones sanas esto supone una oportunidad para disfrutar del tiempo libre; en relaciones marcadas por la violencia o el control, puede convertirse en un escenario especialmente peligroso.
Las discusiones aumentan, desaparecen los espacios personales que durante el resto del año ofrecían cierto respiro y el agresor dispone de más tiempo para vigilar, controlar o aislar a la víctima. Además, muchas mujeres se encuentran lejos de su entorno habitual durante las vacaciones, sin el apoyo inmediato de familiares, amistades o compañeros de trabajo, lo que incrementa su sensación de vulnerabilidad y dificulta la posibilidad de pedir ayuda.
A ello se suman otros factores habituales del verano, como los desplazamientos, los viajes, el incremento del consumo de alcohol o la celebración de fiestas y eventos multitudinarios. Ninguno de estos elementos explica por sí solo la violencia machista, pero sí pueden intensificar situaciones de tensión ya existentes y favorecer episodios de agresividad. El verano no crea al agresor, pero sí modifica el contexto en el que ejerce el control.
Rupturas, custodias y vacaciones: un momento especialmente delicado
El periodo estival también coincide con un aumento de las rupturas de pareja y con numerosos conflictos relacionados con la organización de las vacaciones o el cuidado de los hijos e hijas. Para muchos agresores, la pérdida del control sobre la mujer o la posibilidad de una separación supone un desencadenante especialmente peligroso.
Las entregas y recogidas de menores, los cambios de domicilio durante las vacaciones o las negociaciones sobre los periodos de custodia generan un mayor número de contactos entre víctima y agresor, incluso cuando existe una separación previa. Esa interacción, unida al sentimiento de pérdida de control que caracteriza muchos casos de violencia machista, puede incrementar el riesgo de amenazas, agresiones o feminicidios.
No es casualidad que cada verano las instituciones intensifiquen las medidas de protección. El Ministerio del Interior refuerza el seguimiento de los casos incluidos en el Sistema VioGén, especialmente aquellos considerados de riesgo alto o extremo, y pone el foco en situaciones especialmente sensibles como los periodos vacacionales, las altas temperaturas o los fines de semana.
El calor también influye, pero no es la causa
En los últimos años, distintas investigaciones científicas han analizado el efecto que las altas temperaturas pueden tener sobre los episodios de violencia. Estudios desarrollados por el Instituto de Salud Carlos III han encontrado una relación entre las olas de calor y el aumento de asesinatos machistas, denuncias policiales y llamadas al 016.
Los investigadores observaron que el riesgo de feminicidio puede incrementarse durante los días posteriores a un episodio de calor extremo y que las denuncias y consultas a los servicios de atención también aumentan. Entre las hipótesis planteadas figura que las temperaturas elevadas favorecen un mayor nivel de estrés fisiológico, alteran la regulación emocional y pueden intensificar conductas agresivas en personas con una predisposición previa.
Sin embargo, conviene insistir en una idea fundamental: el calor no provoca la violencia machista. Igual que ocurre con el alcohol, las vacaciones o las tensiones económicas, únicamente puede actuar como un factor que agrava una violencia cuyo origen sigue siendo estructural y responde al deseo de control y dominación sobre las mujeres.
Las cifras confirman una tendencia que se repite cada año
Las estadísticas reflejan con claridad que el verano concentra los meses más críticos del calendario. Desde que comenzaron los registros oficiales en 2003, julio acumula el mayor número de asesinatos machistas, con 137 víctimas, seguido de junio, con 122, y agosto, con 120. En conjunto, más del 30% de los feminicidios cometidos cada año tienen lugar durante el periodo estival.
Los recursos de atención también muestran esa realidad. Solo en agosto de 2025, el servicio 016 recibió más de 10.000 llamadas y cerca de 11.900 consultas entre llamadas, WhatsApp, correo electrónico y chat. Ese mismo mes, el Sistema VioGén contabilizaba más de 105.500 casos activos, un 7,5% más que un año antes, mientras que el servicio ATENPRO superaba las 20.000 usuarias activas.
Prevenir antes de que sea demasiado tarde
Frente a este incremento del riesgo, las administraciones refuerzan cada año las herramientas de prevención. El aumento de la vigilancia policial sobre los casos de mayor riesgo, la expansión de los Puntos Violeta en fiestas y festivales, el fortalecimiento del Sistema VioGén, los dispositivos telemáticos de control para agresores o campañas específicas de sensibilización forman parte de una estrategia que busca actuar antes de que la violencia alcance sus consecuencias más graves.
Pero la prevención no depende únicamente de las instituciones. El entorno continúa desempeñando un papel decisivo. Detectar cambios bruscos de comportamiento, situaciones de aislamiento, actitudes de control o señales de miedo puede marcar la diferencia.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

