Cada nuevo asesinato machista irrumpe en la actualidad con una lógica que empieza a resultar demasiado conocida: Una mujer asesinada, declaraciones institucionales, condenas, un minuto de silencio y, poco después, la noticia desaparece del foco. El siguiente crimen ocupará su lugar. Para quienes han vivido la violencia en primera persona, ese mecanismo no es neutro. Cada asesinato puede remover recuerdos, miedos y preguntas que nunca terminan de desaparecer.
María, superviviente de violencia de género, reconoce que percibe una creciente insensibilidad social ante estas muertes. “Sí creo que somos insensibles ante cada asesinato. Hay reacción puntual en su entorno más cercano y minuto de silencio, pero luego seguimos con nuestras vidas”, afirma. Aunque hace mucho tiempo que dejó atrás su propia situación de maltrato, cada nuevo caso vuelve a tocar una herida que conoce demasiado bien. “Como víctima me siento muy mal y triste. Pienso que podría haber sido yo”, explica.
Su reflexión apunta precisamente a una de las claves del problema: mientras la violencia machista siga percibiéndose como una sucesión de casos aislados que afectan a determinadas mujeres, será difícil comprender su verdadera dimensión. “Hasta que no se asuma que es un problema de todos y no solo de las mujeres maltratadas no se avanzará”, sostiene.
La violencia que no siempre se ve
Para María, uno de los grandes errores consiste en pensar que abandonar una relación violenta es una decisión sencilla. Desde fuera, explica, es fácil preguntarse por qué una mujer no se marcha antes, por qué no denuncia o por qué permanece junto a su agresor. Dentro de la relación, sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
“Desde fuera siempre se ve todo diferente”, señala. En los espacios de apoyo a víctimas, asegura, las mujeres pueden hablar de sus experiencias sin miedo a ser juzgadas. “En los cafés de MUM las mujeres charlamos de nuestras situaciones sin miedo a ser juzgadas. La sociedad no comprende que de una situación de maltrato no es tan fácil salir y menos si tienes hijos pequeños”, cuenta.
Las señales pueden estar ahí desde el principio, pero no siempre son reconocidas como violencia. María recuerda insultos, infravaloraciones, control sobre las amistades, la familia, el dinero, las salidas o la ropa. Comportamientos que pueden presentarse disfrazados de preocupación o amor y que, poco a poco, terminan restringiendo la libertad de la mujer.
“Señales….muchas, pero cuando estás en la relación intentas normalizar todo por amor”, explica. Y lanza una advertencia que resume la frontera entre el afecto y el control: “Si alguien te quiere no te puede insultar, infravalorar, pegar, controlar”.
El momento de mayor riesgo
La violencia tampoco termina necesariamente cuando una mujer decide abandonar la relación. De hecho, María sitúa precisamente ahí uno de los momentos más peligrosos: cuando el agresor percibe que está perdiendo el control.
“El riesgo extremo llega cuando el maltratador percibe que ya no tiene control sobre la mujer. Y algunos deciden matarlas como forma de control. No soportan que su mujer decida irse y no necesitarlo”, afirma.
Por eso reclama una protección que sea percibida por las víctimas como verdaderamente efectiva. No todas las mujeres viven las mismas circunstancias ni todos los agresores reaccionan igual ante una separación. “En estas situaciones la mujer necesita protección real para evitar que la maten”, sostiene. A su juicio, el miedo a no sentirse suficientemente protegidas puede convertirse en un obstáculo para denunciar o incluso llevar a algunas mujeres a retirar una denuncia ya presentada.
“Yo pensaba que no lo iba a conseguir”
A la violencia se suma otro muro: la vergüenza y el miedo al juicio de los demás. María recuerda que muchas mujeres llegan a preguntarse cómo han podido terminar en una relación así, especialmente cuando tienen estudios, trabajo o una vida aparentemente independiente.
“Sentimos vergüenza de contar lo que nos está pasando. Todavía no somos entendidas en nuestras familias, nuestros trabajos, nuestras amistades”, relata. Frente a esa sensación de fracaso, reivindica la importancia de romper el silencio: “Hay que olvidarse del qué dirán y atreverse a dar el primer paso… denunciarlo y contarlo”.
Ella misma sabe que ese paso no es sencillo. Pero también sabe que es posible. “Yo pensaba que no lo iba a conseguir y aquí estoy viva y reconstruida. El camino hasta aquí ha sido duro, pero ha merecido la pena porque ahora disfruto de la vida”, afirma.
El vecino que “no se lo podía imaginar”
Hay otro elemento que María considera especialmente dañino cuando se informa de un asesinato machista: la búsqueda de testimonios entre vecinos que describan al agresor como una persona aparentemente normal.
“Cuando dan la noticia sobre algún nuevo asesinato lo que más me molesta es que se suele preguntar a algún vecino sobre el agresor y siempre dicen: ‘muy educado, parecían buena gente’”, señala.
Para una superviviente, esas declaraciones pueden contribuir a alimentar una idea equivocada, y lo peor, quitarle importancia. Que un maltratador debe responder a un perfil reconocible y que, si el entorno no había detectado nada extraño, quizá lo ocurrido era imprevisible. “El maltratador nunca muestra cómo es realmente fuera de su casa. Socialmente es simpático y agradable hasta que llega a su casa y se transforma en lo que realmente es”, explica.
Por eso considera que esas preguntas pueden terminar desplazando el foco de la víctima y sembrando dudas sobre una violencia que, precisamente por desarrollarse muchas veces en la intimidad, permanece oculta. “Las preguntas a los vecinos sobran y no hacen bien a la víctima. Provocan duda sobre lo ocurrido en casa, de puertas para dentro”, concluye.
María sobrevivió. Su historia, sin embargo, recuerda que sobrevivir no debería depender únicamente de tener la fuerza suficiente para escapar. Que cada asesinato machista que deja de ocupar titulares no es una historia que termina.
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