Tendencias

El evangelismo está de moda… contra la mujer

El auge del trumpismo ha permitido que sectores antes periféricos encuentren representación institucional

Durante décadas, el evangelismo conservador estadounidense fue observado como una subcultura religiosa poderosa, pero relativamente encapsulada en sus propios códigos morales. Hoy, sin embargo, parte de ese universo ha dejado de actuar como una simple corriente espiritual para convertirse en algo más parecido a una comunidad de fandom ideológico político. Los nacionalistas cristianos han creado un ecosistema cultural autosuficiente, con sus propios gurús, publicaciones, canales de vídeo, consignas internas y una narrativa compartida que convierte la fe en identidad política total. En el centro de ese fenómeno emergen figuras como Douglas Wilson, pastor reformado de Idaho y uno de los referentes intelectuales de una nueva derecha cristiana que ya no oculta su deseo de reorganizar la sociedad bajo principios patriarcales.

Wilson, fundador de la Communion of Reformed Evangelical Churches, lleva más de medio siglo construyendo en Moscow, Idaho, una infraestructura cultural y religiosa destinada a difundir una visión teocrática de Estados Unidos. Su influencia, antes marginal, cuenta ahora con una editorial, un colegio, una universidad de artes liberales y una plataforma audiovisual. Incluso alcanza ya espacios institucionales. El actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, pertenece a su red e invitó este año al pastor a dirigir una ceremonia de oración en el Pentágono.

La radicalidad de sus postulados ataca los derechos de las mujeres

Wilson ha defendido públicamente la derogación de la Decimonovena Enmienda, que otorgó el derecho al voto a las mujeres en Estados Unidos. “Votaríamos por hogar”, explicó recientemente Wilson sobre su idea de retirar el voto a las mujeres, comparando el sistema político ideal con la estructura de autoridad de su iglesia. En ese esquema, el hombre se convierte en representante político y espiritual de toda la familia.

Trump
Un joven con su gorra MAGA en una fiesta republicana para seguir el recuento de votos
EFE/EPA/CAROLINE BREHMAN

La idea no es una excentricidad aislada. Forma parte de una arquitectura doctrinal más amplia conocida como “complementarianismo”, una teología argumentada en sectores evangélicos conservadores según la cual hombres y mujeres poseen “igual valor, pero diferentes roles”. En la práctica, esa diferencia suele traducirse en una jerarquía rígida donde los hombres ocupan todas las posiciones de autoridad y las mujeres son llamadas a la obediencia, la modestia y la subordinación doméstica.

El lenguaje empleado por Wilson revela hasta qué punto esa visión está atravesada por una misoginia explícita. En su blog, Blog & Mablog, lleva años publicando ataques contra feministas y mujeres independientes, utilizando expresiones insultantes y despectivas. Pero lo verdaderamente significativo es que estas ideas ya no son marginales dentro de ciertos sectores de la derecha estadounidense.

Según datos recientes del Public Religion Research Institute (PRRI), tres de cada diez estadounidenses pueden ser clasificados como adherentes o simpatizantes del nacionalismo cristiano, una ideología que sostiene que Estados Unidos fue concebido como una nación cristiana y debe volver a regirse por valores religiosos conservadores. Entre las afirmaciones utilizadas para medir esa afinidad aparecen ideas como que las leyes estadounidenses deberían basarse en valores cristianos o que Dios ha llamado a los cristianos a dominar todos los ámbitos de la sociedad.

La investigación muestra además un dato sorprendente para parte del feminismo liberal: las mujeres también participan de este imaginario. Las estadounidenses son casi tan propensas como los hombres a simpatizar con el nacionalismo cristiano, aunque sus posiciones sobre género suelen ser menos extremas. Muchas defienden un modelo familiar tradicional porque consideran que responde a un orden espiritual legítimo y no a una forma de opresión.

Los evangélicos operan como un fanzine

Ahí reside una de las claves culturales del fenómeno. El evangelismo contemporáneo funciona cada vez más como una comunidad de pertenencia emocional. Más que una institución religiosa vertical, opera como un fandom espiritual. Tiene sus textos canónicos, sus celebridades, sus circuitos editoriales y su producción constante de contenido. Los fieles consumen sermones, podcasts, debates teológicos, documentales y testimonios personales con la misma lógica con la que otros participan en subculturas digitales o comunidades de aficionados.

La propia estructura mediática del evangelismo favorece esa dinámica. Las librerías religiosas, las editoriales independientes y los canales de streaming crean una circulación continua de relatos sobre conversión, pureza moral y decadencia cultural. Cada polémica alimenta la cohesión interna. Cada ataque exterior refuerza la sensación de pertenecer a una minoría asediada.

En ese universo, la masculinidad tradicional ocupa un lugar central. La autoridad masculina aparece presentada como virtud espiritual. La esposa sumisa, el padre proveedor y el pastor como figura de mando constituyen personajes recurrentes de una narrativa que promete orden frente al caos contemporáneo. Es un fanzine espiritual postmodernista. Diversas mujeres que abandonaron comunidades vinculadas al nacionalismo cristiano han denunciado experiencias de abuso emocional, aislamiento y pérdida de autonomía personal. Algunas describen una cultura donde cuestionar al marido o al pastor equivale a desafiar a Dios.

Durante la pandemia, explicó el propio Wilson en una entrevista, muchas personas encontraron atractivo este modelo porque ofrecía certezas absolutas desde internet en un periodo de incertidumbre y aislacionismo colectivo. El nacionalismo cristiano proporcionó una lectura binaria del mundo con hombres fuertes frente a mujeres débiles, creyentes frente a seculares, orden frente a decadencia.

La dimensión cultural del movimiento es inseparable de su dimensión política. El auge del trumpismo ha permitido que sectores antes periféricos encuentren representación institucional. Las políticas contra el aborto, los ataques a los programas de diversidad y las campañas contra la llamada “ideología de género” son percibidas por estos grupos como victorias espirituales, además de electorales.

Trump
Una foto facilitada por la Casa Blanca muestra al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Sala de Situación de la Casa Blanca en Washington
Efe

Frente a ellos, también han surgido voces disidentes dentro del propio cristianismo evangélico. Pastores y teólogos conservadores rechazan que figuras como Wilson hablen en nombre de toda la fe cristiana. Argumentan que el mensaje evangélico ha sido instrumentalizado para legitimar proyectos autoritarios y estructuras patriarcales incompatibles con la igualdad democrática.

El conflicto, por tanto, ya no es solo teológico. Es cultural y político. La pregunta de fondo es qué ocurre cuando una comunidad religiosa comienza a comportarse como un fanzine, una subcultura identitaria total, capaz de producir sus propios medios, su propio lenguaje y su propia visión del mundo. Como en cualquier fandom, la cohesión depende tanto de la devoción interna como de la construcción de enemigos externos.

En esa lógica, el feminismo ocupa un lugar privilegiado como antagonista. La emancipación femenina es presentada como un desacuerdo político, pero también como una amenaza civilizatoria. De ahí que la batalla contra el derecho al aborto o la igualdad de género adquiera un tono casi apocalíptico.

Douglas Wilson no inventó esta tradición. Pero sí representa una de sus expresiones más radicales. Lo que ha cambiado no es su discurso, sino el contexto político que ahora le concede una audiencia nacional.

El riesgo, advierten sus críticos, es que la frontera entre fe y poder termine desapareciendo. Y que bajo el lenguaje de la restauración moral se normalice una visión de la democracia donde la igualdad deja de ser un principio universal para convertirse en una concesión condicionada por el género, la religión y la obediencia.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

TAGS DE ESTA NOTICIA