Las nuevas cárceles de la trata: así utilizan las mafias los pisos turísticos para esconder a sus víctimas

Las mafias han encontrado en los pisos turísticos, la movilidad constante y las redes sociales nuevas herramientas para esconder a sus víctimas

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Casi 2.000 víctimas de trata y explotación
KiloyCuarto

La imagen de la trata sexual asociada a un club de alterne o a un prostíbulo clandestino empieza a quedarse corta. Las redes criminales no han desaparecido, han aprendido a moverse. En España, la Policía Nacional lleva años siguiendo esa transformación y, según explicó recientemente el comisario Fernando Guerrero, jefe de la brigada central contra la trata, la movilidad se ha convertido en una de las principales armas de estas organizaciones. Cambiar de domicilio, de ciudad y de escenario permite romper cualquier posible vínculo de las mujeres con el exterior.

El objetivo es sencillo y devastador: que no conozcan a nadie, que no sepan dónde están y que tampoco sepan a quién recurrir. Los datos oficiales muestran la magnitud del problema. Durante 2025, Policía Nacional y Guardia Civil liberaron a 1.869 víctimas de trata y explotación, entre ellas 28 menores, en 413 operaciones contra estas redes. Se desarticularon 112 organizaciones y grupos criminales y fueron detenidas 1.056 personas. Pero detrás de cada cifra hay una historia de aislamiento.

El piso turístico como nueva frontera

Desde la pandemia, parte de la actividad se ha desplazado hacia viviendas particulares y apartamentos turísticos. No es casualidad. Para una organización criminal, un inmueble que cambia de ocupantes cada pocos días puede resultar mucho más difícil de investigar que un establecimiento dedicado abiertamente a la prostitución.

La propia Policía ha documentado casos en los que las víctimas permanecían en pisos turísticos de corta estancia y eran obligadas a prostituirse durante prácticamente todo el día, bajo vigilancia constante.

Uno de los ejemplos más recientes se conoció en marzo de 2026, cuando una operación conjunta entre España y Francia permitió liberar a 60 mujeres explotadas sexualmente por dos organizaciones criminales de origen chino. Las víctimas eran alojadas en pisos turísticos y trasladadas de unos inmuebles a otros para dificultar su localización.

La vivienda se convierte así en algo más que un escondite. Es una frontera. En un club, hay trabajadores, clientes habituales, vecinos y una actividad que puede ser observada desde fuera. En un apartamento, detrás de una puerta cerrada, la explotación puede quedar completamente fuera de la mirada de cualquiera.

Y cuanto menos tiempo permanece una mujer en el mismo lugar, menos posibilidades existen de que establezca un vínculo que pueda ayudarla a escapar.

Rotar para borrar las huellas

La movilidad cumple otra función: desorientar. Las víctimas pueden ser trasladadas entre ciudades, pisos o clubes, mientras las redes mantienen el control sobre sus movimientos. En algunos casos ni siquiera conocen el lugar en el que se encuentran. Si además no dominan el idioma, la dependencia se multiplica.

Ese aislamiento no siempre comienza en España. La captación puede producirse mucho antes, a través de falsas promesas de empleo, mejores condiciones económicas o una supuesta oportunidad para viajar a Europa.

Y las redes sociales han abierto una nueva puerta para los tratantes. La tecnología permite contactar directamente con mujeres jóvenes, construir perfiles falsos y presentar como una oportunidad lo que posteriormente se convierte en explotación. Un cambio que encaja con una tendencia internacional: Naciones Unidas advierte de que las mujeres y las niñas continúan representando la mayoría de las víctimas detectadas de trata y que la explotación sexual sigue siendo la principal forma de explotación entre las víctimas femeninas.

De víctima de trata a víctima de otros delitos

La violencia tampoco termina en la explotación sexual. La Policía encuentra con frecuencia drogas en las operaciones contra estas organizaciones. Algunas mujeres son obligadas a vender sustancias para aumentar todavía más los beneficios de las redes y pueden acabar desarrollando una dependencia.

Es una forma de sometimiento que añade otra capa de vulnerabilidad: primero son explotadas sexualmente y después utilizadas para cometer otros delitos.

Un caso investigado en Baleares en 2025 y culminado en enero de 2026 refleja hasta qué punto pueden llegar estas estructuras. Quince mujeres fueron liberadas después de ser captadas mediante anuncios en redes sociales, recluidas en pisos de alterne y obligadas a realizar servicios sexuales incluso a domicilio. Una de las víctimas consiguió escapar y acudir a la Policía, cuya investigación permitió reconstruir el entramado.

¿Cómo escapar?

La paradoja de estas nuevas formas de trata es que cuanto más sofisticado se vuelve el método de las mafias, más importante resulta algo tan básico como que una víctima pueda ser escuchada.

El teléfono de atención de la Policía para casos de trata recibe miles de comunicaciones cada año. Pero las organizaciones también conocen esa vía y ejercen presión para impedir que las mujeres pidan ayuda. Por eso las asociaciones especializadas desempeñan un papel fundamental. No solo intervienen después de una liberación: también pueden detectar señales que no aparecen en una inspección policial convencional.

Un informe de Naciones Unidas sobre trata subraya precisamente uno de los grandes problemas: en numerosos casos las víctimas tienen que dar ellas mismas el primer paso para entrar en contacto con las autoridades.

La trata cambia de lugar, de método y de lenguaje. Puede esconderse detrás de una oferta de trabajo, de un anuncio en redes sociales o de una vivienda aparentemente normal. Pero la lógica sigue siendo la misma: convertir la vulnerabilidad en negocio y el aislamiento en una herramienta de control.

 

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