Las nuevas víctimas de la violencia machista: adolescentes que confunden control con amor

La violencia machista también atraviesa las relaciones adolescentes, pero sus mecanismos no son idénticos a los de una mujer adulta. Las asociaciones reclaman prevención específica

Cómo detectar violencia de género en la adolescencia
Cómo detectar violencia de género en la adolescencia
KiloyCuarto

A veces una conferencia no termina cuando el último ponente abandona el aula. Para algunas adolescentes, puede ser precisamente el momento en el que comienza algo que llevaban demasiado tiempo callando. María Martín, presidenta de la Asociación de Mujeres La Volaera, lo ha vivido de cerca. Después de algunas de las charlas que la organización imparte en institutos, chicas jóvenes han esperado a las profesionales en la puerta, entre lágrimas, para contarles que se habían reconocido en lo que acababan de escuchar.

“No se puede esperar a que una adolescente llegue a denunciar para empezar a ayudarla”, viene a advertir la experiencia de La Volaera. El primer paso puede ser mucho más pequeño: escuchar una frase en un aula, reconocer una conducta, poner nombre a aquello que hasta entonces parecía normal.

Y ahí está una de las grandes diferencias respecto a la violencia sufrida por una mujer adulta. La adolescente todavía está construyendo su idea del amor, de las relaciones, del consentimiento y de sus propios límites. Puede no identificar los celos como control, el aislamiento como violencia o la presión sexual como una agresión. Puede incluso pensar que lo que le ocurre forma parte de una relación que debería protegerla. Por eso, abordar la violencia de género en menores exige algo más que trasladar los recursos diseñados para adultas.

El móvil también puede convertirse en el escenario de la violencia

En la adolescencia, además, existe un elemento que modifica completamente el escenario: la pantalla. El control puede ejercerse a través de mensajes, contraseñas, fotografías íntimas, amenazas con difundir contenido privado o presión para mantener relaciones sexuales. La violencia puede entrar en la habitación de una menor sin necesidad de que el agresor esté físicamente presente.

Martín alerta precisamente de esa dimensión digital y de la exposición de los menores a contenidos sexuales que pueden terminar distorsionando la forma en la que entienden las relaciones. En su relato aparecen adolescentes que se enfrentan demasiado pronto a la pornografía y a modelos de sexualidad que presentan a las mujeres como objetos disponibles.

Más allá de las aplicaciones concretas que menciona la asociación, el problema de fondo es otro: muchas familias desconocen qué consumen sus hijos, con quién hablan y qué ocurre cuando cierran la puerta de su habitación y encienden el teléfono. La prevención, por tanto, no puede dirigirse exclusivamente a los jóvenes. También tiene que llegar a madres y padres, que necesitan herramientas para detectar señales sin convertir la supervisión en una persecución permanente.

Una menor no reacciona como una mujer adulta

Cuando una adolescente sufre violencia sexual o de pareja, la vergüenza puede tener un peso enorme. También el miedo a que sus compañeros lo sepan, a convertirse en objeto de comentarios, a que las imágenes circulen por el instituto o a que sus propios padres descubran lo ocurrido. Ese miedo puede hacer que permanezca en silencio.

Martín relata casos especialmente graves atendidos por la asociación: menores que habrían sufrido agresiones sexuales por parte de sus parejas, situaciones de violencia grupal y posteriores amenazas con difundir grabaciones. Son escenarios en los que la víctima no solo tiene que enfrentarse al trauma de la agresión, sino también a la posibilidad de que esa violencia continúe en internet.

El silencio no puede interpretarse como consentimiento

Precisamente por eso resulta peligroso exigir a una adolescente el mismo tipo de respuesta que se espera de una adulta. Una mujer puede conocer determinados recursos institucionales, identificar antes una conducta de control o tener mayor autonomía para abandonar una relación. Una menor puede depender emocionalmente de su pareja, de sus padres, del centro educativo o de los adultos que la rodean.

Su capacidad para pedir ayuda también está condicionada por su edad.Para La Volaera, uno de los grandes problemas es la falta de respuestas coordinadas cuando una menor decide contar lo ocurrido. Martín reclama la implicación de familias, docentes, orientadores, educadores y administraciones. No como piezas aisladas, sino como una red.

Porque una adolescente puede hablar primero con una profesora, o con una amiga. Puede llegar a urgencias antes que a una comisaría y contar lo ocurrido meses después. Puede negarlo inicialmente y volver a pedir ayuda cuando se sienta preparada. Cada una de esas puertas de entrada debería activar una respuesta adecuada.

La presidenta de La Volaera denuncia que las menores atendidas por la asociación se encuentran, en ocasiones, con una respuesta institucional que no está a la altura de sus necesidades. Habla incluso de chicas que, después de denunciar una violación, han expresado que desearían no haberlo hecho porque sienten que el proceso no les ha ayudado. Ese sentimiento debería ser una alarma.

Prevenir no es dar una charla y marcharse

La prevención en adolescentes tampoco puede reducirse a una conferencia puntual sobre violencia de género. Una charla puede servir para encender una luz, como demuestran las chicas que han esperado a las profesionales de La Volaera a la salida de un instituto. Pero después tiene que existir un lugar al que acudir.

La educación afectivo-sexual, el consentimiento, la violencia digital, la pornografía, los mitos del amor romántico, los celos, el control y las relaciones saludables deberían formar parte de un trabajo continuado, adaptado a cada edad.

No se puede hablar del mismo modo a una niña de Primaria que a una joven de Bachillerato. Tampoco se puede esperar que una adolescente de 14 años comprenda y gestione una situación de violencia exactamente igual que una mujer de 35.

Por eso la intervención debería tener en cuenta su desarrollo emocional, su dependencia familiar, su entorno escolar y su exposición digital. Y, sobre todo, debería evitar culpabilizarla por no haber sabido identificar antes lo que estaba ocurriendo.

La pregunta que queda después de escuchar a estas adolescentes

Los testimonios que llegan a asociaciones como La Volaera plantean una cuestión incómoda: ¿cuántas chicas están viviendo situaciones de violencia que todavía no saben nombrar?

Quizá algunas estén convencidas de que los celos son amor. Quizá otras crean que enviar una fotografía íntima es una prueba de confianza. O que aceptar una relación sexual después de insistir durante horas no constituye una agresión. O que si su pareja amenaza con publicar una imagen, ellas son las responsables de haberla enviado.

Ahí es donde la prevención deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una herramienta de protección. Las adolescentes no necesitan únicamente que les digamos que denuncien. Necesitan saber que serán creídas, que no están solas, que lo que les ocurre tiene un nombre y que pedir ayuda no las convierte en culpables. Y necesitan adultos capaces de escuchar antes de juzgar.

 

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