Las secuelas que deja medio siglo de maltrato: cómo reconstruir una vida después de décadas de violencia machista

Condenan a 19 años de prisión a un hombre que maltrató y agredió sexualmente a su mujer durante más de cinco décadas. Los expertos advierten de las profundas secuelas psicológicas de la violencia prolongada

Las secuelas que deja medio siglo de maltrato: cómo reconstruir una vida después de décadas de violencia machista
Las secuelas que deja medio siglo de maltrato: cómo reconstruir una vida después de décadas de violencia machista
KiloyCuarto

Una mujer conoció a su marido cuando tenía 17 años. Durante más de cinco décadas sufrió insultos, palizas y agresiones sexuales. No pudo denunciar hasta los 71, cuando temió que una nueva paliza pudiera acabar con su vida. Ahora, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha confirmado una condena de 19 años de prisión para el agresor.

Pero la historia no termina con la sentencia. Después de décadas de violencia, las consecuencias pueden permanecer mucho tiempo después de que cesen las agresiones.

Los informes psicológicos incorporados al procedimiento diagnosticaron a la víctima un trastorno depresivo y estrés postraumático moderado-grave, compatibles con el maltrato continuado. El caso vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que trasciende el ámbito judicial: qué ocurre con la salud mental, la identidad y la autonomía de una mujer que ha vivido durante buena parte de su vida bajo el miedo.

La violencia prolongada no deja únicamente lesiones físicas. También puede erosionar la autoestima, alterar la percepción del peligro y condicionar la capacidad de tomar decisiones. Cuando las agresiones se repiten durante años, el control y la amenaza pueden terminar impregnando la vida cotidiana de la víctima, desde sus relaciones personales hasta la manera en que se percibe a sí misma.

Deshumanizar para poder ejercer control

Para el médico forense y exdelegado del Gobierno contra la violencia de género, Miguel Lorente, es fundamental comprender que el maltrato no consiste en una sucesión de agresiones aisladas. “No es el golpe cada vez que se produce, sino una manera de entender la relación en la que el agresor busca deshumanizar a la mujer para poder ejercer ese control”, explica.

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El objetivo, señala, no es únicamente causar daño mediante una agresión física o psicológica, sino someter a la mujer a los espacios, los tiempos y las funciones que el agresor decide. La violencia se convierte así en una forma de organizar la relación y limitar la autonomía de la víctima.

Ese proceso puede tener consecuencias profundas sobre la identidad. Según Lorente, la exposición continuada al maltrato deteriora progresivamente la salud psicológica y la percepción que la mujer tiene de sí misma. La ansiedad inicial puede evolucionar hacia un cuadro depresivo, acompañado de estrés postraumático, baja autoestima y una sensación de impotencia ante la situación.

A este daño se suma la culpabilización. El agresor puede justificar sus acciones atribuyendo la responsabilidad a la mujer, un mensaje que encuentra respaldo en determinados estereotipos sociales sobre el comportamiento femenino dentro de la pareja. “Al final hay una especie de diálogo entre lo individual de la persona y lo social y cultural”, apunta Lorente.

La víctima puede terminar interiorizando esas explicaciones y cuestionándose tanto por las agresiones sufridas como por su propia capacidad para ponerles fin. El resultado es un deterioro que afecta no solo a su bienestar emocional, sino también a su manera de comprender la relación y su lugar en ella.

Por qué una mujer puede tardar décadas en denunciar

La duración del maltrato plantea otra pregunta: por qué una mujer puede tardar décadas en denunciar. En este caso, la víctima explicó que había disculpado a su marido durante años y que decidió dar el paso cuando temió por su vida. La demora no significa que la violencia no existiera ni que la víctima la aceptara libremente.

Lorente considera que la propia pregunta sobre por qué una mujer permanece tanto tiempo en una relación violenta puede desplazar la atención del problema principal. “No es que aguante tiempo, es que está atrapada en la violencia”, sostiene.

El experto señala que el aislamiento progresivo, la dependencia emocional, la pérdida de autoestima y la culpabilización dificultan la posibilidad de pedir ayuda. A medida que la violencia se prolonga, la mujer puede perder sus redes de apoyo y sentir que carece de recursos para construir una vida fuera de la relación.

El entorno también puede reforzar esa dinámica

La normalización social del maltrato también desempeña un papel. Lorente recuerda que algunas víctimas describen las agresiones como algo “normal” dentro de su relación, sin que eso signifique que las acepten o estén de acuerdo con ellas. La familiaridad con una situación violenta puede hacer que se perciba como parte de la vida cotidiana, en lugar de como una realidad de la que es posible y necesario salir.

El entorno también puede reforzar esa dinámica cuando minimiza las agresiones o presiona a las mujeres para que no denuncien. Por eso, Lorente insiste en que la responsabilidad debe situarse en quien ejerce la violencia, no en quien encuentra dificultades para escapar de ella.

La experiencia de una mujer que denuncia después de medio siglo de maltrato no debería llevar únicamente a preguntarse cómo pudo permanecer tanto tiempo junto al agresor. También obliga a examinar qué factores personales, sociales e institucionales dificultan que las víctimas encuentren una salida.

Las secuelas psicológicas y el camino hacia la recuperación

Las consecuencias tampoco desaparecen automáticamente cuando termina la convivencia con el agresor. La sensación de inseguridad, los recuerdos traumáticos o las dificultades para recuperar la confianza pueden persistir y requerir atención psicológica especializada.

Noemí Álvarez Boyero, psicóloga experta en trauma, que trabaja con víctimas de situaciones traumáticas, subraya que es importante distinguir entre un trauma puntual y una experiencia de violencia sostenida durante años.

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“Hay que distinguir a una persona que manifiesta estrés postraumático como consecuencia de un acontecimiento impactante, de otra que ha estado sufriendo una dinámica de maltrato. En este segundo caso, las secuelas van a ser muchísimo más complejas”, explica.

Cuando una situación traumática se repite, la persona puede desarrollar lo que se conoce como indefensión aprendida: la sensación de que, haga lo que haga, no podrá cambiar lo que está viviendo. “La persona se bloquea y va teniendo la sensación de que no hay salida”, señala Álvarez Boyero.

Esta respuesta ayuda a comprender por qué algunas víctimas tienen dificultades para pedir ayuda o abandonar la relación. No se trata simplemente de tomar una decisión y marcharse, sino de afrontar una situación que puede haber deteriorado durante años la confianza en una misma y la percepción de las propias posibilidades.

El cuerpo permanece en alerta

La exposición continuada a la amenaza también puede mantener al organismo en un estado de alerta permanente. Entre las secuelas que describe la psicóloga figuran los pensamientos intrusivos, los recuerdos recurrentes de las agresiones, las pesadillas, los problemas de sueño y la hipervigilancia. También pueden aparecer desconfianza, miedo, embotamiento emocional y sentimientos de culpa y vergüenza, junto con un deterioro de la autoestima.

Lorente advierte, además, de que el impacto de la violencia no se limita a la salud mental o a las lesiones provocadas durante las agresiones. El estrés crónico asociado a una situación de amenaza prolongada puede tener consecuencias para la salud física y el bienestar general. Por eso, la atención a las víctimas debe contemplar el conjunto de los efectos del maltrato y no únicamente sus manifestaciones más visibles.

La recuperación, sin embargo, es posible, aunque no siga un calendario idéntico para todas las mujeres. El acompañamiento terapéutico, una red de apoyo segura y el acceso a recursos sociales pueden contribuir a recuperar la autonomía y reconstruir un proyecto de vida propio.

Volver a tomar decisiones sin miedo

Álvarez Boyero destaca también la importancia de la respuesta social. Los comentarios que cuestionan por qué una mujer no denunció antes o ponen en duda su relato pueden añadir dificultades a un proceso ya complejo. “Muchas veces ponemos el foco en la víctima y ponemos en tela de juicio la veracidad de su relato”, advierte.

La especialista defiende la necesidad de un acompañamiento que permita trabajar tanto los síntomas como las consecuencias emocionales de la violencia. Aunque las secuelas de una experiencia tan prolongada pueden persistir, el tratamiento puede ayudar a mejorar la salud mental y recuperar espacios de autonomía.

No se trata solo de dejar atrás al agresor, sino de volver a tomar decisiones sin miedo y recuperar una vida que durante años estuvo condicionada por la violencia.

La condena reconoce judicialmente la gravedad de lo ocurrido. La reparación emocional, en cambio, pertenece a otro proceso, más íntimo y a menudo más largo. Después de medio siglo de maltrato, salir de la violencia es un paso decisivo. Reconstruir la vida después de ella es el siguiente desafío.

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