“Los jueces que dejan libres a los maltratadores deberían ser condenados si asesinan a una mujer”

Charlamos con Sara, la mujer víctima de violencia de género con riesgo extremo a la que un juez de Zaragoza negó protección y que hoy vive encerrada por miedo a ser asesinada

La saturación de los juzgados deja desprotegidas a las víctimas
Hablamos con Sara, encerrada desde hace días por miedo a que su expareja la asesine
Shutterstock

Este lunes, Sara (nombre ficticio) tenían dentista, pero no pudo salir de casa. La ansiedad volvió a bloquearla. Dice que ya no distingue entre miedo y rutina. Vive pendiente de quién puede estar esperándola al otro lado de la puerta, mira varias veces antes de bajar al garaje y evita salir sola incluso para hacer tareas cotidianas. “No es vida”, repite. Lleva años atrapada en una rutina marcada por el miedo.

Hace diez días, la Policía Nacional activó para ella el nivel máximo del sistema VioGén: “riesgo extremo”. El informe policial calificó además el caso como de “especial relevancia”, una categoría que multiplica por ocho la probabilidad de reincidencia violenta con resultado de muerte para la víctima. Los agentes pidieron medidas urgentes de protección e incluso propusieron valorar una pulsera telemática para el agresor.

Pero el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Zaragoza rechazó imponer siquiera una orden de alejamiento. No hubo juicio rápido. No declararon ni Sara, ni el presunto agresor, ni la testigo que alertó de las amenazas de muerte. La decisión se tomó únicamente a partir del atestado policial y terminó dejando sin protección a una mujer cuyo agresor acumulaba ya varias condenas por amenazas, lesiones, violencia familiar, abandono de familia y reiterados quebrantamientos de medidas judiciales dictadas precisamente para protegerla.

“Nos dicen que denunciemos, pero cuando denuncias te quedas sola”

Es ahí donde Sara sitúa hoy gran parte de su rabia. “Los jueces que dejan libres a los maltratadores deberían ser condenados si luego asesinan a una mujer”, afirma. Dice sentirse abandonada por un sistema que pide a las víctimas que denuncien, pero que después las deja “solas y desamparadas”. “Nos dicen que denunciemos, pero cuando denuncias te quedas sola”, lamenta.

Cada vez que escucha en televisión que una mujer ha sido asesinada por su pareja o expareja siente una mezcla de miedo, impotencia y rabia. “Siempre dicen que el sistema ha fallado, pero es que el sistema lleva fallando mucho tiempo”, asegura. Ya no soporta escuchar discursos institucionales sobre protección a las víctimas mientras siguen muriendo mujeres que habían denunciado previamente. “Mientras ellos hacen minutos de silencio, nosotras vivimos encerradas y aterrorizadas”, resume.

Su historia comenzó hace más de dos décadas. Según relata, los malos tratos empezaron poco después de casarse. Primero llegaron los insultos, el control y las agresiones dentro de casa. Después, las palizas. Una de ellas terminó en el hospital cuando su hijo estaba a punto de cumplir cuatro años.

Recuerda que aquella noche él llegó borracho, destrozó la casa y comenzó a golpearla. En mitad de la agresión, enchufó una freidora. Ella consiguió desenchufarla antes de perder el conocimiento. “Cuando reaccioné, la freidora estaba ya ardiendo. Creo que aquel día me quería matar”, cuenta.

Durante años las agresiones se repitieron. Sara describe una vida marcada por el miedo, los insultos y las amenazas constantes. Recuerda otra paliza especialmente brutal en la que logró abrir la puerta de casa para escapar y pedir ayuda. Pero escuchó llorar a su hijo dentro de la vivienda y regresó. “Lo cogí, me lo puse en el pecho y me tiré con él al sofá para protegerlo”, relata. Allí volvió a recibir golpes mientras el niño estaba encima de ella.

“Cada vez que bajo al garaje pienso que puede pasar algo”

Pidió ayuda muchas veces. A familiares, vecinos y también a la Guardia Civil. Una vez acudió a casa de los padres de su entonces marido con el labio roto, la ropa destrozada y la vivienda completamente revuelta. “Me dijeron que me había casado y que era mi problema”, recuerda.

Durante años normalizó el miedo porque no veía salida. Volvió con él varias veces y no consiguió separarse definitivamente hasta 2016. Pero entonces, asegura, comenzó otra forma de violencia todavía más asfixiante. “Fue una tortura”, resume. Llegaron las persecuciones, el acoso constante y las amenazas de muerte. Dice que su expareja utilizaba a los hijos para seguir haciéndole daño y que incluso intentó llevárselos del colegio sin autorización.

También llegó a perseguirla en coche durante semanas, intentó atropellarla y manipuló los frenos de su vehículo mientras ella viajaba con uno de sus hijos pequeños dentro. “Cada vez que bajo al garaje pienso que puede pasar algo”, explica. Todavía hoy revisa el coche antes de arrancar.

“He estado encerrada en cocinas y bares esperando a que llegara una patrulla”

En varias ocasiones tuvo que esconderse durante horas esperando ayuda policial mientras su expareja permanecía fuera. “He estado encerrada en cocinas y bares esperando a que llegara una patrulla”, cuenta. Otras veces acudió a denunciar quebrantamientos de órdenes de alejamiento y, según relata, le respondieron que volviera otro día o que sin pruebas era difícil actuar.

El miedo acabó devorando también la vida de sus hijos. El pequeño prácticamente nunca ha tenido infancia fuera de casa. No juega en la calle, no quiere apuntarse a fútbol y evita salir solo por miedo a cruzarse con su padre. “Solo empezó a vivir un poco cuando él entró en prisión preventiva unos meses”, cuenta. Cuando salió, el niño volvió a encerrarse. El mayor, ya adulto, ha asumido durante años un papel de protector constante. “Tengo que obligarle a salir con sus amigos porque no quiere dejarme sola”, explica.

“Si me pasa algo también será culpa del juez”

La ansiedad se ha instalado también en toda la familia. “Cuando suena el timbre saltamos los tres del sofá”, relata. Sus hermanos la acompañan cuando necesita hacer gestiones o ir a comprar. Sus padres viven pendientes del teléfono y prácticamente encerrados por miedo. Su madre duerme con llave y su padre, asegura, “ha envejecido veinte años de golpe”.

Incluso rehacer su vida sentimental se convirtió en otro motivo de amenazas. Según relata, su expareja llegó a advertir a su nueva pareja de que tuviera cuidado al salir del trabajo porque pensaba atropellarlo con el coche. “Vivimos todos aterrorizados”, resume.

Ella apenas sale ya de casa. Tiene tratamiento psiquiátrico, acude regularmente al psicólogo y asegura sufrir problemas físicos derivados del estrés crónico. El miedo le provoca dolores constantes, gastritis crónica y crisis de ansiedad frecuentes.

Habla de su futuro con resignación. Dice que hace tiempo que dejó de preguntarse si su expareja puede llegar a matarla. “Yo sé cómo va a acabar esto”, afirma durante la conversación. Y añade que, si algún día ocurre, no será solo responsabilidad de él. “Una mano será de mi exmarido y otra del juez que lo dejó libre”, sentencia.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.