“Vivo en modo supervivencia todo el tiempo. Pendiente de la alarma, mirando a todos lados y pensando que en cualquier momento me lo puedo encontrar”. Así resume Carla (nombre ficticio) cómo son sus días desde hace casi tres años. Fue entonces cuando su expareja, un agente de la Guardia Civil, fue condenado a llevar durante nueve años una pulsera antimaltrato conectada al sistema COMETA por un delito de violencia de género. Una medida poco habitual que refleja la gravedad del caso.
Pero ella asegura que la protección existe más sobre el papel que en la realidad. El pasado 29 de abril volvió a comprobarlo. Carla estaba trabajando en su tienda junto a su hija cuando, a las 19:29, el dispositivo alertó de que su agresor había entrado en la zona de exclusión y se estaba saltando la orden de alejamiento.
Poco después recibió la llamada de COMETA, el centro encargado del seguimiento de las pulseras telemáticas, para comunicarle que el protocolo seguía abierto porque el hombre continuaba apareciendo dentro del perímetro prohibido. Pero nadie más la llamó.

“La Guardia Civil me dijo que el aparato era una mierda y que fallaba”
Ni Guardia Civil, ni patrullas, ni ningún agente para explicarle qué estaba ocurriendo o si realmente estaba en peligro. Carla asegura que fue ella quien terminó telefoneando a los agentes para pedir información porque necesitaba saber si podía salir de la tienda o no. “No me moví. Pensé: si no sé dónde está, no voy a salir con la niña”, relata.
Según cuenta, cuando finalmente logró hablar con la Guardia Civil, la respuesta la dejó todavía más desconcertada. Los agentes le dijeron que el hombre estaba en su casa, que les había enviado vídeos para demostrarlo y que la pulsera “funcionaba mal”. “Me dijeron que el aparato era una mierda y que fallaba”, recuerda.
Pero mientras la Guardia Civil le transmitía esa versión, COMETA sostenía otra completamente distinta. Cuando volvió a llamar al centro de control, asegura que allí le dijeron que el sistema seguía marcando que el investigado estaba dentro de la zona de exclusión y que, además, el hombre no había comunicado ninguna avería ni abierto incidencia técnica alguna, a pesar de que es lo que dijo a los agentes que finalmente se personaron en su casa que haría.
“Ahí fue cuando pensé: ¿a quién creo?”, explica.
Según le detallaron desde COMETA, cuando el dispositivo pierde cobertura solo queda registrada la última ubicación detectada. Carla sospecha que el agresor habría aprendido a aprovechar precisamente esos momentos para moverse cerca de ella sin dejar un rastro claro en tiempo real.
“La alarma puede saltar y nadie me protege”
Aquella noche no durmió. Pasó horas dándole vueltas a una idea que, dice, ya no consigue sacarse de la cabeza: que la pulsera puede sonar, que el protocolo puede activarse y que aun así nadie haga nada realmente efectivo para protegerla. Ni tan siquiera una llamada.
La sensación de desprotección no nace de un episodio aislado. Carla asegura que acumula más de una docena de quebrantamientos de la orden de alejamiento. Muchos de ellos, según denuncia, terminan reducidos a “casualidades”, errores técnicos o dudas sobre el funcionamiento del sistema.

Sin embargo, un auto judicial de julio de 2025, al que ha tenido acceso Artículo14, sostiene que existen indicios sólidos de quebrantamientos reiterados y valida los registros del sistema COMETA. Además, una pericial independiente concluyó que las alertas detectaron distancias inferiores a los 500 metros establecidos judicialmente en prácticamente todos los casos analizados.
“¿Qué seguridad tengo?”
Aun así, Carla asegura que la sensación es siempre la misma: que cuando la alarma salta, todo depende de quién interprete lo que está ocurriendo. “Si COMETA dice que está dentro y la Guardia Civil dice que no pasa nada, ¿qué seguridad tengo yo?”, se pregunta.
Carla además denuncia que muchos de esos episodios han terminado archivados o minimizados mientras ella continúa viviendo en hipervigilancia constante, con miedo, ansiedad, evitando moverse sola y dudando incluso de dejar a su hija en actividades cotidianas. Así lleva cerca de tres años y todavía le quedan seis.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
